Consideraciones sobre el Porfiriato.
El Porfiriato, definido desde la perspectiva de Paul Garner, y visto a través de las acciones del propio Díaz, muestra su figura como la de un militar dedicado a su gobierno y a su patria (Garner, 2003). Ciertamente se ha desarrollado de tal modo en parte gracias a la historia estatal o del gobierno, en la cual se ha mostrado como una dictadura. Un claro efecto que procede de este análisis es el hecho de que se confirma a la figura de poder como el centro del periodo a través de un Culto a la personalidad; Garner hace mención a este concepto: “El deliberado culto de la personalidad se promovió de manera activa a lo largo del régimen, pero especialmente después de la tercera (y muy polémica) reelección de Díaz en 1892, y vio su apoteosis en las fastuosas fiestas del Centenario de la Independencia” (Garner, 2003).
El Porfiriato queda como un proceso histórico en el cual el hombre fuerte en el gobierno era representado por un personaje militar. En los procesos de construcción de las naciones debemos recordar, particularmente en el caso de México, el hecho de que no hay una estabilidad política debido a los conflictos desde la guerra de independencia. Es muy importante entender esto porque, como mencionan Friedrich y Claudio Lomnitz, no había un gobierno central que pudiera terminar su mandato, además de que hubo conflictos por todo el país y fuera de este que derivaron en una amplia diferenciación de ideologías, en contraposición de lo que pudo darse en el periodo que estamos analizando (Katz y Lomnitz, 1995).
Así, tenemos un país dividido entre liberales, conservadores, moderados y una amplia variante de ideales se estaban gestando para este momento, por lo que también surgían los grandes nombres y los grandes hombres. Es aquí cuando se empieza a escuchar de los Porfirios en Oaxaca, de los Zaragoza en Puebla, de los Juarez en el Centro, de los Maximilianos, de los Nepomuceno y los Miramón. De estas figuras no se realizan grupos de seguidores o grandes movimientos a favor de estos, simplemente sus acciones son los que los crean y los engrandecen. Así ocurrirá posteriormente en los periodos “Caudillistas” de la Revolución, ya con el culto a la personalidad expresado sin tapujos.
Posteriormente, al final de la Guerra de Reforma, cuando Díaz y Lerdo de Tejada compiten por la presidencia en 1871, se da una serie de cuestionamientos a Juárez por el hecho de conservar la presidencia tanto tiempo. Díaz desarrolla el plan de la Noria, mientras Lerdo no hace nada más que ser crítico con su mentor. El mismo Benito había coqueteado con la idea de una dictadura por una frase escrita en su lecho de muerte: “Cuando la sociedad está amenazada por la guerra; la dictadura o la centralización del poder pueden ser un remedio para aquellos que atentan contra las instituciones, la libertad o la paz”.
Con Juárez muerto, no había nada que se interpusiera en el camino de ambos políticos. Tanto Lerdo de Tejada como Díaz conocían el rigor de la guerra y por supuesto les agradaba la idea de dirigir el país; Lerdo ejercía como jefe del ejecutivo interinamente dado las circunstancias del fallecimiento del oaxaqueño. Para evadir algún conflicto con Porfirio, el presidente pacifica el territorio por medio de una ley de amnistía en la cual se fijaba una posición sobre las acciones de Díaz y sus allegados:
Animado de este espíritu, he creído que debía expedir hoy un decreto de amnistía por los delitos políticos cometidos hasta aquí́, sin excepción de persona alguna. Reprimido ya el principal esfuerzo de los sublevados, puede concederse la amnistía sin temor del menosprecio de las leyes, y sin mengua de la autoridad. La amnistía corresponde al anhelo general por la pacificación del país, y a una opinión profundamente arraigada en cuantos contemplan los espantosos desastres de la anarquía y las dolorosas ruinas de la guerra civil. Al abrirse ahora un periodo electoral, la amnistía es el único medio de que no haya quienes queden excluidos de dar sus votos, ni que nadie privado de los sufragios que puedan emitirse a su favor. He pensado que no podía hacer mejor uso de las facultades concedidas al ejecutivo, y que si por desgracia, algunos todavía quisieran afligir a su patria con las plagas de la guerra, e impusieran así la necesidad de nueva energía para someterlos, la opinión pública reconocerá que el ejecutivo ha tenido una sincera voluntad de no omitir nada para alcanzar el bien supremo de la paz, y dar toda amplitud a la libertad electoral.[1]
Posteriormente tuvieron que pasar de nueva cuenta por la aduana de las elecciones presidenciales. Es aquí donde ocurre lo impensable, Porfirio vuelve a ser derrotado, terminando con Tejada nuevamente en la presidencia. Con ello, Porfirio se subleva e intenta tomar el poder, este significativo acto lo convierte en el nuevo Caudillo y, siendo presidente constitucional (después de Iglesias), da paso al desarrollo del Porfiriato, el cual representa los intereses reformistas del 57 aunque con múltiples conciliaciones. Respecto a la Iglesia Católica, el secretario de gobernación, en ese entonces Protacio Tagle, emite una circular que anunciaba una nueva política de “tolerancia” que el estado Porfirista proponía. Esta no alejaba las Leyes de Reforma de la Constitución sino las motivaba como su complemento perfecto.
Desprendiéndose de la intolerancia que en su momento surgió por parte de los liberales, Porfirio decidió prestar su apoyo a la causa eclesiástica y con ello se ganó más adeptos; en cuanto a la situación de la vida política, prestó una supuesta alternancia política con Manuel González, pero poco fue el gusto porque a raíz de su segundo mandato el poder no saldría de sus manos.
Siguiendo la corriente filosófica del positivismo, el Gabinete de Porfirio, sus consejeros, allegados y amigos, propusieron un gran avance en el territorio mexicano para lograr una mejoría en torno a cómo se administraban los recursos del país. Hablando institucionalmente, se crearon escuelas, Gabino Barreda llevó el concepto de la educación consolidando el proyecto iniciado con Juárez de la Escuela Nacional Preparatoria, propiciando un promedio de 170 profesores por entidad que para el momento resultó un gran logro[2]; así mismo, tuvo un gran acierto al finalizar la construcción del ferrocarril (el cual ya estaba en planes de los anteriores presidentes) tras la búsqueda por consolidar un proyecto económico que permitía la inversión extranjera, así como la producción para poder exportar. Finalmente, la idea de una pacificación permitió el desarrollo del país sin un nuevo modelo que pudiese entorpecer el de Díaz, gracias a su completa oligarquía y al proyecto de comercio libre. México fue permisivo con las privatizaciones, lo que promovió el despojo de tierras y la emigración en masa (Santos, 2011). Gracias a esto Díaz, fue dejando al país con un PIB de aproximadamente 144.3 pesos, lo que representaba en ese momento el crecimiento del 256%, esto antes de 1910 (Santiró, 2008), pero con una pobreza social y política que se convertiría en un vacío, el cual le costaría caro al presidente.
Culturalmente hablando, la misión de Porfirio de afrancesar al país no era un secreto ¡y mucho menos la modernización! Modernizarse significaba mejorar, se refería a ser como lo grandes (Inglaterra, Francia… Europa). Había ciertamente una desconfianza de Díaz con respecto a los Estados Unidos, por esto la famosísima frase: “Pobre México tan lejos de dios, tan cerca de Estados Unidos”.
Por supuesto en materia social el país fue un desastre, la preocupación de Díaz en el sector político y económico provocó miles de disgustos; la sociedad se sentía excluida por los “científicos”, los cuales despotricaban contra la creciente clase media y por supuesto contra la clase baja; llamándolos por apelativos indignos tales como: populacho, plebe o pueblo bajo. En cuanto a los crecientes mexicanos con hambre de justicia y de igualdad, varios deseaban ver a Díaz fuera de la política a la cual nunca pudieron acceder debido al manejo de los comicios por parte del hombre fuerte.
Las familias norteñas importantes y ricas por supuesto (Maderos y Carranzas), preparaban sus mejores campañas para terminar con la sequía política que padecían, lamentablemente para ellos siempre terminaban quedando como hombre en el desierto en busca de un oasis. Para los mexicanos que no tenían la posibilidad de recrear el juego político, las máquinas de escribir, las cartas y las imprentas eran su forma de justificar sus levantamientos. El fin del gobierno de Díaz llega por supuesto a raíz de estas acciones dejando al país a merced de un gran número de movimientos que buscaban una mejor calidad de vida para sus respectivas comunidades. Al final, el gobierno de don Porfirio resulta un gran periodo para ser analizado porque cuenta con una gran importancia para la historia de México, mostrando la Pax Porfiriana como la calma antes de la tormenta que significaría la Revolución.
Referencias
[1] LERDO DE TEJADA Sebastián, “Manifiesto de Sebastián Lerdo de Tejada a sus conciudadanos” en Arts & Humanities Research Council, Julio 1872 Ciudad de México.
[2] Secretaría de Economía (Dirección General de Estadística), “Estadísticas Sociales del Porfiriato: 1877 – 1910”, México 1956, Talleres Gráficos de la Nación.
[note]Garner, Paul, “PORFIRIO DÍAZ: ¿HÉROE O VILLANO?” en http://csh.izt.uam.mx/departamentos/economia/crea/historia/PorfirioDiaz(1).pdf , México D.F.; Septiembre del 2003, UAM Iztapalapa.[/note][note]Katz, Friedrich y Claudio Lomnitz Claudio, “El Porfiriato y la Revolución en la historia de México: Una conversación”, México 1995.[/note][note]Santos Gonzalo, “La economía política. Del Porfiriato y el desarrollismo nacionalista al neoliberalismo, en el contexto de las transformaciones globales” en el diplomado “Una perspectiva histórica de México, a la luz de la coyuntura actual”, Los Ángeles, CA, 25 de Enero, 2011.[/note][note]Santiró Ernest Sánchez, “Ingresos fiscales y economía en México, 1790-1910” ponencia presentada en el IX CONGRESO INTERNACIONAL DE LA ASOCIÓN ESPAÑOLA DE HISTORIA ECONÓMICA, Murcia 2008.[/note]