María… ¡Bonita!


No atesorar el momento. Así es ella. Vivirlo, exprimirlo, gozarlo y luego dejarlo ir. Siempre me gustó eso de ella (y hasta en ocasiones llegué a envidiarla), porque no entendía cómo es que hacía para vivir tan intensamente cada segundo, cada risa, cada lágrima. Y es que me es tan ajena esa actitud. Soy tan diferente a ella. Me gustaba su otredad… Esa otredad que me atraía tanto y que tantas veces traté de mimetizarme –vanamente– con ella. Porque estaba (¿estoy?) tan acostumbrado a almacenar cualquier recuerdo y atesorarlo –cual vil anticuario– por el máximo de tiempo que me fuera posible. Esa naturaleza mía de vivir los recuerdos de a poco. Haciendo agonizar cada momento vivido y alargar su existencia innecesariamente, dejando aquellas vivencias (antaño “vivas”) desgastadas y sin sentido; vacías. Lo más triste es que al tratar de recordar lo vivido tal cual había sucedido, algo por demás pretencioso e imposible de lograr, se me olvidaba vivir de lleno tu presencia, la compañía de ella o cualquier otra cosa que sucediera a diario. Qué triste tu transcurrir. Anhelando, añorando, suplicando, soñando siempre con algo más.

Aprendizaje. Eso es lo que más le agradezco. Tal vez eso fue lo mejor que me pudo regalar, eso y su tiempo, su interés y atención. Ella siempre tuvo presente, en un mundo donde fácilmente se olvida, aprender lo mejor del otro. Aprehender las actitudes que más le atraían de las personas y hacerlas suyas (las actitudes). Pero bueno, ya basta de felaciones a terceros. Hablemos de la persona que fui a su lado. Aquel que saboreaba de la dulce sonrisa que dejaba en su cara cualquier acontecer, muchas de las veces causada por ella. Pero quiero hacer énfasis en la actitud que tomaba frente a las acciones de los demás. Esa interpretación de los hechos que era tan benevolente y que me hacía por demás feliz. Aquella felicidad que me daba tanto miedo alcanzar, y ya alcanzada, entraba en pánico al no poderla conservar, e incluso llegar a ahuyentarla con cualquier puntada que brotara de mi torpe actuar. Ese miedo que me invadía y que me impedía siquiera moverme. Ese cabrón miedo que me daba el que se alejara de mí esa felicidad desbordante, el que te fueras tú.

Pero era imposible seguir así. Compartir tareas, fiestas, sueños, desveladas, baños, charlas, risas, caídas, aburrimientos, mezcales y demás, en fin, vivir con ese miedo presente a cada momento, impidiendo que tomara la decisión más nimia sin antes consultarlo con aquel cabrón miedo. Era de empero necesario sacudirse esa dependencia a su presencia y a su ser. Sin quitarle valor a esa querencia que le profesé y que llegué a practicar a su manera. Con esa intensidad que tanto le envidié, y que ahora practico sin dificultad alguna. Te aprendí bien.

Diego Sebastián Jaime