LOS USOS PÚBLICOS DE LA HISTORIA USO LEGÍTIMO Y RIESGOS DE SU MAL USO

La historia, como conocimiento del pasado de las comunidades es un saber invaluable. Conocer la historia propia nos permite saber dónde estamos parados a partir de la comprensión de cómo llegamos ahí; nos permite proyectar futuros posibles desde la certeza de dónde nos encontramos y de la toma de conciencia de  lo que los seres humanos somos capaces, para bien y para mal. También nos permite articularnos como comunidad, reconocernos frente a otras y sentir empatía por ellas y sus integrantes. La existencia de toda comunidad requiere de su historia, es parte constitutiva de su identidad y de su posibilidad de relacionarse con el mundo a su alrededor.

La historia puede tener usos públicos perfectamente legítimos. En las escuelas enseñamos historia patria que contribuyen a formar identidades. También organizamos festividades cívicas que participan en la construcción de nuestra memoria como comunidad. Pero si esos usos han de contribuir a formar comunidades que puedan orientarse a sí mismas con ciertas certezas, deberán atender a un imperativo fundamental: no traicionar el saber histórico. Será necesario a veces simplificar la manera de presentarlo, para hacerlo más accesible, o servirse de alegorías y permitirse ciertos juegos con las escalas, los tiempos y los espacios para facilitar su comprensión. Pero no falsear el saber. Si se miente, se crea una memoria ilusoria y se tomarán decisiones equivocadas frente a los retos presentes y futuros.

Servirse con ligereza de la historia, manipularla con fines político, es hacer un uso ilegítimo de ella. Y compromete futuros. ¿Fueron los médicos, higienistas, bacteriólogos, ingenieros de estructuras o economistas de finales del siglo XIX mexicano los pilares políticos e ideológicos del régimen porfiriano? Difícilmente podría sostenerse algo así. Los “científicos”, así, entre comillas, eran el mote que la prensa dio a un conjunto de políticos, intelectuales y docentes, efectivamente, pero sobre todo políticos, que se sumaron al régimen encabezado por Porfirio Díaz para la década de 1890. Era la época en que predominaban ideas científicas en torno a la manera de conducir la política y ellos abanderaban dichas ideas. Por eso el mote, aplicado por sus crítico. Esos “científicos” porfiristas, no eran la comunidad de científicos dedicados al estudio de las enfermedades y su trasmisión, de materiales y resistencias para la construcción de puentes o de métodos para tratar los metales. No. Eran representantes de un partido político aliado con el régimen. De manera que, identificar a aquellos “científicos”, a aquel partido político, con una comunidad de académicos de dedicación exclusiva al estudio y la trasmisión de conocimientos especializados en todos los campos del saber es una falacia. Y una injusticia mayor. No lo hagamos. No nos equivoquemos. El costo puede ser grande para el futuro de este país.

 

Alicia Salmerón

Fausta Gantús

Matilde Souto

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