Vestirse de hombre verde, el oficio decente (Parte II)


En el ambiente se respiraba el olor a muerto, aroma a copal e incienso que a muy pocos les gusta por la picazón que les llega a provocar en la nariz o vaya a usted a saber que alguna otra molestia. Para mí, aquel perfume embriagante y ameno me parecía el propicio para comenzar a recordar.

Acababa de dejar atrás a la multitud enardecida de la calle de Madero cruzando Eje Central, y mi mirada traviesa, por no decir bizca (obviamente no lo soy), quiso llevarme a la entrada del patio entre la Torre Latino y la Iglesia de San Francisco. Sus arcos habían sido disfrazados de papel maché convertidos en flor de cempasúchil; atravesar aquel arco era la mayor travesía de mi vida, pues enormes calacas sonrientes flanqueaban la entrada. Había que penetrar sus entrañas y así lo hice.

La pared amarilla nos separaba entre la vida y la muerte a todos los ingenuos admiradores que la observábamos, contemplando y capturando con ojos reales o ficticios aquellas frases pegadas al muro como la siguiente:

“Siempre seré recordado como fui”, Carlos Fuentes.

Dicha frase trajo a mi memoria los recuerdos del día en que me convertí en un hombre verde, capaz de recolectar las voces de las piedras y de los hombres convertidas en éstas. Imaginé mi vida pasando por sus ojos muy al estilo de un viejo proyector de cine. Era apenas un pequeño hombre cuyo color aún no se alcanzaba a distinguir cuando por primera vez escuché hablar de la historia.

Ella era dibujada como un ente atrapado en un gran libro, impotente cada vez que mi mano tomaba la pasta principal y la dejaba caer bruscamente, petrificando a los hombrecillos blanco y negro, o tonos sepia, a los que daba asilo. Oculta en el fondo de mi mochila, y siendo aplastada por el libro de matemáticas, la historia era como la frase de Fuentes, un simple recuerdo que dormitaba en un compendio de hojas.

Dejé atrás a las catrinas sonrientes y me encaminé hacia la gran plancha del Zócalo capitalino, conforme avanzaba procuraba borrar las voces de los comerciantes interesados en reparar mis gafas por un módico precio y en un tiempo por demás sospechoso. Conforme me iba alejando de aquella tempestad, el libro que algún día había guardado en la mochila se abría de nuevo.

Para aquellos años de primaria, observar esas fotos era como ir caminando en ese corredor lleno de vendedores, lejano y remoto como un túnel del tiempo que me llevaba al pasado en donde los habitantes carecían de color, grises como el suelo,  todos vestían muy a la usanza de la época. Guaraches y sombreros de paja, los más catrines de traje y de bigote estirado hasta picar sus ojos; damas de vestidos amplios y pomposos, y, las más discretas, enlutadas de pies a cabeza.

Continué transformando la calle de Madero en parte de una foto vieja, esta vez el tramo se convirtió en color sepia. A punto estuve de quedar inmóvil entre los demás habitantes de ese extraño mundo, en donde yo era el único punto color verde que resaltaba de entre todos los demás, cuando de repente una voz advirtió:

—¡Cuidado!

A nada estuve de chocar con la espalda de uno de los muchos transeúntes que se detenían a cada instante a observar las tiendas de ropa y ver comer a la gente comida china en una de las plazas de aquella calle, el “Mac-Madero” [sic], establecimiento que mantenía una amistad forzada con los cuerpos inertes y fríos de edificios antiguos que habían sido olvidados por la historia, y que ahora servían como almacenes de mercancía, joyerías, puestos improvisados de elotes en sus esquinas, de relieves tallados en fina cantera,  y en el fondo, muy en el fondo, baños públicos.

Armas largas y chiquitas los acompañaban, municiones como agarraderas de sus pantalones los envolvían, entonces todos al paso del siga avanzaron. ¡Vivan los héroes de la Revolución: Madero, Zapata y Pancho Villa con sus dos viejas a la orilla!

Al escuchar aquellos gritos creí haber estado del lado de los buenos todo ese tiempo, no podía ser de otra manera, pues en la historia que yo había aprendido al compás de golpecitos en la cabeza, repitiendo nombres y fechas, siempre me pareció haber memorizado mejor a los héroes patrios que a los villanos. El mundo que yo había imaginado siempre era salvado por los buenos, pero en el mundo real en el que vivían los capitalinos “los únicos que abundan son los malos”, como todos los que viajan en el metro lo decían.

Recuerdo que él dijo:

—¿Historia?, ¿historia, para qué? ¿Por qué no Derecho o Comercio Exterior? ¡No!, la historia no deja nada bueno, mucho menos para comer, escoge algo mejor.

¿Algo mejor?, ¿qué podía ser mejor?

Busqué una respuesta mientras esperaba abordar el colectivo naranja, caminaba de un lado al otro del andén, veía el reloj descompuesto de la estación dirección Taxqueña, a los amorosos que se habían citado a las 4:00 (pe. eme) debajo de él, a la chica que los veía envidiosa mientras ella esperaba su turno para que llegara el pretendiente, amante, amigo a secas, con o sin derechos, o vaya usted a saber qué.

Abordo ya del vagón, la señorita de la voz mecánica anunció la llegada a mi destino.

—Próxima estación: Pino Suárez.

Me abrí paso entre el bullicio de las personas que se abalanzaban sobre los puestos ambulantes.

—¡Acérquese güerita; escójale, escójale!

Seguí avanzando cabizbajo recordando los días en los que buscaba un oficio decente en el cuál emplearme para poder comer por lo menos una vez al día. Llegué al cruce de República del Salvador, me topé con una piedra a la altura de mis rodillas y quise darle forma ¿qué haría aquella roca en la esquina de la acera con la que alguien podría tropezar?

La observé de arriba abajo, franjas de dientes parecían sonreír, una especie de plumas lo cubría, descubrí que era un dios abandonado. Seguí contemplando a Quetzalcóatl y poco a poco le quité la basura que lo asfixiaba, bolsas de plástico, papeles remojados (vaya a usted a saber de qué fluido corporal). Finalmente limpié la huella del zapato de un oportuno caminante que ante el dilema de no encontrar dónde poner su píe para abrochar la cinta de su zapato utilizó a Quetzalcóatl para tal acción.

Recordé que a dicho personaje ya lo había encontrado años atrás cuando aún no era un hombre verde y buscaba emplearme en alguna actividad que fuese decente, quizás fue, no lo sé a bien, después de ese encuentro cuando me convertí en lo que soy, o mejor dicho, en un historiador.

Continué observando a aquel Dios abandonado, estaba en otro mundo cuando alguien dijo detrás de mí:

—Disculpe, ¿está usted usando a Quetzalcóatl?

—¿Perdón?—, me dirigí hacia él y lo único que respondió fue:

—Que si nos da permiso para tomarle una fotografía a la piedra.

Me hice a un lado y me fui alejando del lugar.

Me coloqué en la entrada del antiguo palacio ubicado en la calle de Pino Suárez #30, observé detenidamente y me di cuenta de que la historia no estaba en los libros. Michelet dijo una vez: “entonces cerré los libros y retorné al pueblo […] el escritor solitario se volvió a zambullir en la multitud, escuchó de ella los ruidos, tomó nota de sus voces”.[1]

Si antes yo pensaba que la historia era un cadáver ajusticiado por el arma de esos revolucionarios, un mundo ajeno al que yo habitaba, y para algunos otros, no tenía valor pues ¿Para qué sirve la historia? Ahora, lo único que tenía que hacer era escuchar las notas que el organillero uniformado de color beige tocaba en las esquinas de las calles de la ciudad, conjugar éste sentido con mi vista y encontrar una explicación al porqué las personas que circulaban velozmente por la acera del palacio donde me encontraba tomaban un minuto de aquella prisa, se ubicaban en la sublime fachada roja de la casa y dibujaban sobre sus rostros la señal de la cruz y después continuaban con su camino.

A la historia había que tomarla de la mano y seguir caminando con ella. Recorrer las calles como si fuéramos uno, historia y hombre verde trazando el camino que todos los transeúntes de antes y de ahora seguíamos construyendo. No un camino roto e incomunicado, más bien uno unido e inseparable al que podemos regresar únicamente para no olvidar que la historia no ha muerto, que no está en las academias o en las bibliotecas silenciosas que arrullan al lector (que no aguanta tanto silencio y soledad) y en unos casos al bibliotecario. La historia también estaba afuera, en las calles, en las piedras, en las personas que aún están de pie viviendo la ciudad.

Había que caminar con ella por Venustiano Carranza y encontrar la iglesia de Porta Coelí,  en donde lo que llama la atención no es únicamente su estilo arquitectónico, también los tamales de elote que se venden a la entrada del lugar, los fieles que le rezan al Cristo negro, y el bullicio de los que están afuera vendiendo los artículos de primera necesidad que todo mexicano compra y después arrumba en algún lugarcito de su pequeña morada.

“Los dos mundos”, una tienda especializada en telas ubicada en la misma calle, provocó mi interés por seguir abriéndome paso en aquel mundo del hampa y del comercio capitalino, e incorporarme a la calle de Jesús María, adentrarme por un instante en su convento y continuar mi trayecto por entre los puestos de comida y ropa que hay a los alrededores y que contrastan con la Academia de San Carlos.

Seguir por la calle de Moneda y pasar junto al Palacio Nacional en el que ya no están los héroes y villanos montados en sus caballos, pues hoy en día viajan sólo en caballos de fuerza revestidos de lujosos autos último modelo, personajes a los que éste tipo de historia a la que yo profeso no les interesa, y que llegan a encontrar más provocativos los gritos de los que andan a píe ya sea vendiendo o comprando productos importados, “Made in China”.

—Comprador de merca fina: ¿Y, sale bueno?

—Distribuidor del artículo importado: ¡Claro, pura calidad!

Finalmente, había que salir a un costado del Templo Mayor y de la Catedral sólo para descubrir que la historia es presente, que si a ésta y a su viejo acompañante (el hombre verde) se les preguntaba frecuentemente: ¿Historia?, ¿historia para qué? ¿Para qué convertirse en un hombre verde?, la respuesta era porque muchos la manoseaban, manipulaban o la convertían en la actividad más recalcitrante, provocando que muchos hombres verdes y no verdes llegaran a dudar de ella.

La calle de Tacuba estaba perfectamente iluminada por las luces que emite el cielo cuando la tarde comienza a caer sobre la ciudad, sus magnos edificios resplandecían ante aquella manifestación sobrenatural; a pesar de ello, mi fatiga era tanta que tomé cobijo a los pies de la figura del Caballito de Carlos IV. Pensativo, cerré los ojos por un momento, tomé el fresco de la tarde-noche, e imaginé que en algún tiempo, espero no muy lejano, ya nadie se preguntará: ¿Historia?, ¿historia para qué?

[1] Jules Michelet, El pueblo, México, FCE, 2005.

Flor Vanessa Peña del Río

Licenciada en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, es maestra de la materia de Historia a nivel Secundaria en la SEP. Recientemente cursó el Diplomado de Antropología de la Música: Contextos, Marcos Teórico y Metodológicos para el estudio de las Culturas del Rock y Músicas Urbanas.

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