Lévi –Strauss vs. La Escuela de los Annales: “¡Increíble pero cierto!”


El debate entre antropología e historia fue inevitable. “Siguiendo su camino, este debate formuló las preguntas que los historiadores no se planteaban o, más bien, se planteaban de otra forma”.[1] ¿Es este debate la matriz de la “historia estructural” o el de una “antropología histórica”? Lo cierto es que existieron varias interpretaciones, debates, reformulaciones, malentendidos e incluso radicalizaciones entre las obras que trabajaron estas cuestiones, especialmente aquellas enfocadas a la noción de “estructura”. La práctica de la mirada distanciada, de la mirada exterior, “al ser llevada a la historia de los historiadores, los invitó a un desplazamiento de su punto de vista sobre su propio objeto. “A ver más lejos, a salir del único horizonte de Hegel y Marx, de un tiempo ritmado por el progreso y el acontecimiento y los llevó a interrogarse sobre eso que yo nombro régimen moderno de historicidad”.[2]

Las principales discusiones versaron sobre la noción de “estructura”, ¿cómo entenderla y quién fijó su uso correctamente? Según Hartog, para interrogarse sobre la historia, no sólo la de los historiadores ni para la historia de la segunda mitad del siglo XX, un buen método es, no sólo darle lugar a preguntas, objeciones y críticas que enuncian autores de otras disciplinas o dominios, sino también partir de ellas. Es la mirada exterior, la outsider, las que en ocasiones han pesado mucho más para los insiders. En este caso Hartog revisa las discusiones en torno a la noción estructura, así como los debates que generó en la disciplina histórica, partiendo de las reflexiones de Claude Levi Strauss y, en general, de la antropología y la etnología.

Primer acto

En 1949 apareció “Las estructuras elementales de parentesco” de Claude Levi Strauss y “El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II” de Fernand Braudel. Hartog advierte que este tipo de coincidencias y correlaciones no deben ser sobreinterpretadas, pues cada obra tiene su propia historia. Respecto a la expresión “historia estructural”, y en esto Hartog es muy enfático, su inclusión se dio hasta la segunda edición de esta obra, en la que se asocia la estructura, con una historia lenta.

Ese mismo año, la Revista de metafísica y de moral consagró un número a los “Problemas de la historia”. “Entre los colaboradores estaba Lévi Strauss, con un artículo titulado “Historia y etnología” y Lucien Febvre, quien tituló el suyo “Hacia otra historia”. En su artículo, Lévi Strauss parte, en efecto, de los debates de principios del siglo entre Simiand y Hausser, para valorar el contraste entre una historia que se mantenía en un “programa modesto y lúcido” que le había sido propuesto y la sociología que, a decir verdad, estaba mucho más desarrollada, pero que no había encontrado su fundamento.”[3]

Lucien Febvre en cambio, “comienza por una presentación de la “Apología para la historia” o “El oficio del historiador”, el último libro inacabado de Marc Bloch, antes de ir, justamente hacia Braudel. Al inicio el desequilibrio es pues patente: no hablan de la misma historia. Sabiendo que él escribe para filósofos, Lucien Febvre tiene mucho cuidado en presentarse sólo como “practicante” de la historia. Este adiós a Marc Bloch es también un saludo dirigido a Braudel, y el artículo vale como paso de relevo. Aunque hace más al esbozar a grandes pasos una reflexión sobre la situación presente de la historia.”[4]

Se interroga sobre el alcance de la historia, poniendo por delante el olvido. Olvidar era entonces según Febvre, “una necesidad para los grupos y para las sociedades que quieren vivir”. No hay que dejarse aplastar por la presión de los muertos, que se perpetúa, por un lado, en la tradición, y, por el otro, en la historia, aunque la “necesidad” es la misma pues la muerte forma parte de la vida. “Se puso de pasada en marcha una idea de la investigación colectiva y el problema enorme de la tradición.”[5] La función social de la historia se despliega en el ordenamiento del pasado para minar el pesar sobre las espaldas de los hombres. “Hacer frente a ese mundo trastornado que acababa de salir de la guerra era necesario y urgente.”

Continuación e intermedio

Lucien Febvre retoma su artículo en 1953, y lo incluyó como conclusión en “Combates por la historia” (Combats pour l’histoire) Más una conclusión en forma de apertura. Un libro prácticamente desconocido en su momento. Otra respuesta fue la de Fernand Braudel, con “La larga duración” (La longue durée) se trataba de una estructura asociada a la temporalidad, “un tiempo estructural, casi inconsciente”.[6]

En 1966, en las conclusiones de la segunda edición del Mediterráneo y, ya antes, Braudel se afirma como “un estructuralista por temperamento, poco dispuesto para el acontecimiento, y medianamente para la coyuntura”, con ello termina el coqueteo con la estructura y la larga duración.

En “Raza e historia”, obra financiada y publicada por la UNESCO en 1952, Lévi –Strauss asumió que la humanidad formaba parte, de ahí en adelante, de una civilización mundial. Para hacer justicia a la diversidad de culturas, había que comenzar por reconocer que todas las sociedades están en la historia, pero también que el tiempo no es el mismo para todos. De ahí primero la crítica al “falso evolucionismo”, denunciando como actitud del viajero occidental que consiste en creer que, por ejemplo, se “reencuentra”, la edad de piedra en los indígenas de Australia o en la región de Papúa”.[7] Strauss abandona y critica la idea de una humanidad “en progreso”, pues además no existe sociedad ni historia acumulativa, las formas de civilizaciones deben ser vistas desplegadas en el espacio.

Lévi Strauss para 1955, “se reconcilia con Montaigne, Léry y Rousseau, sobre todo en este último, y “considera para la antropología la siguiente empresa, “renovar y desagraviar el Renacimiento, para ampliar el humanismo a medida de la humanidad”.[8] “Muchos textos, escritos en los mismos años, van en esta dirección. Se trata de rechazar no a la historia (que en realidad “consiste totalmente en su método”) sino la equivalencia entre la noción de historia y la humanidad, que se pretende imponernos al volverla objetivo, desde luego oculto, que hace de la historicidad el último refugio de un humanismo trascendental”.

Lévi Strauss, en 1958 hizo de Historia y etnología su introducción de su “Antropología estructural”. Se trataba de una apertura pues ingresaba al Colegio de Francia, con un libro que se veía como manifiesto y evento. En 1960, aparece “Antropología estructural. Mito, sociedad, humanidades”, en donde Strauss declara: “La antropología una profesión de fe historiadora”.[9]La respuesta desde la historia vino desde Braudel y Annales, con Gauss, en el que se relegaba la antropología social a una suerte de ciencia natural. El artículo de François Simiand “Método histórico y ciencia social”, publicado en 1903, es retomado de manera íntegra y publicado tal cual en 1958.

En 1962, Strauss publica “El pensamiento salvaje” y ese mismo año Roland Barthes organiza un debate, “Las ciencias humanas y la obra de Levi –Strauss”, la cual parecía entonces una reunión ilusoria debido a que ningún historiador y sólo un antropólogo.

Segundo acto y final

En 1971, aparece un número especial de Annales, que marca el regreso de la “estructura”, titulado “Histoire et structure” que comienza así: “La guerra entre la historia y el estructuralismo no tendrá lugar”, el objetivo era introducir la historia cultural. Aquella que según André Burguiére, la que puede tener un desarrollo estructural de mayor eficacia.[10]

En 1983, Lévi Strauss, en ese momento presidente de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHAESS, su sigla en francés), fue invitado por François Furet, a pronunciar la 5ª Conferencia Marc Bloch, bajo el título “Histoire et etnologie”. La estructura “ha sido un recurso para mirar de otra forma, en otros lados, con otras preguntas qué plantear a las fuentes inéditas o renovadas”.

Este recorrido antihistorista, como lo nombra Hartog, le permitió desprender más claramente que el tiempo era un problema para nuestras sociedades y preguntarse cuándo nuestras relaciones con el tiempo, perdieron su evidencia. “En esta gran “tentativa intelectual” percibí, entendí cada vez con más claridad, al hilo de los años, el regreso de una misma frase musical, este cuidado por el tiempo, es decir, los diversos modos de temporalidad: eso que he terminado por llamar regímenes de historicidad.”[11]

Fuentes de consulta 

[1] Hartog, François, Evidencia de la historia, México, UIA, 2011, p. 168.

[2] Idem.

[3] Ibidem., p. 170.

[4] Idem.

[5] Ibidem., p. 171.

[6] Ibidem., p. 173.

[7] Ibidem., p. 175.

[8] Ibidem., p. 174.

[9] Ibidem., p. 176.

[10] Ibidem., p. 178.

[11] Ibidem., p. 181.

Rebecca Grafía

Maestra en historiografía. Cursa el doctorado en la UAM-A. Formada académicamente a la vieja usanza, pero sacando lo mejor de las nuevas generaciones tiene el objetivo de difundir un poco más la historia y la historiografía, aprovechando las plataformas digitales. Sostiene en Facebook, YouTube y Twitter 'Rebecca Grafía'.

Comentarios