El fistol del Diablo: Redes sociales y medio ambiente, o cómo no hacer nada ante la crisis ambiental.


La última contingencia que se vivió en el Valle de México fue, a todas luces, la más preocupante que hemos tenido hasta ahora. A pesar de que se aplicaron medidas para reducir los altos índices de contaminación en el aire, la forma de vida se alteró drásticamente: se suspendieron clases en todos los niveles, se prohibieron todas las actividades al aire libre, y se amplió el llamado “Hoy no circula”. Faltó poco para que se instaurara un toque de queda general, como si estuviéramos en un estado de guerra. Pero, ¿cuál es realmente nuestro enemigo? ¿La contaminación, como ese ser abstracto que nos permite unirnos contra un mal común? ¿Aquellos que producen la contaminación? ¿El gobierno por no hacer nada? ¿O nosotros mismos por ser indiferentes ante estas problemáticas?

Lo cierto es que desde hace casi diez años se ha udo augurando el colapso de la Ciudad de México. No sólo en materia de contaminación, sino también en la escasez de agua, trata de basura, colapso de movilidad, falta de espacio privado. Somos tantos y cada día se construyen más edificios, se mudan más personas, el paisaje urbano se come al espacio de las áreas verdes. Según estimaciones, se ha excedido la capacidad de suministrar agua (de hecho muchas colonias y varias delegaciones viven en un estado de incertidumbre respecto al líquido vital) y lo más probable es que en cinco años tengamos la peor crisis de agua de la historia.

La trata de desperdicios es igualmente alarmante, pues no existen políticas serias para atacar el problema de las toneladas de basura que producen los ciudadanos. Se les incentiva a reciclar y a separar la basura, pero ello se vuelve irrelevante si el mismo camión que las transporta no está capacitado para dicha separación.

Es catastrófico lo que vivimos hoy día, y es desesperanzador porque realmente a nadie le interesa atacar los problemas de fondo. Pensemos en las redes sociales y la falacia que busca considerarlas como verdaderos termómetros sociales. Algunos meses atrás se puso en boga una campaña para dejar de consumir popotes, con el argumento de que afectaba a ciertas criaturas marinas. Aunque la intención era buena, sa caía en la idea de que con pequeñas acciones se puede cambiar nuestro planeta. Nada más inocente que ello. Las campañas siguientes fueron un poco más sensatas, por ejemplo, recomendando usar tuppers y envases reutilizables cuando se pidiera comida para llevar o durante las idas al cine, pero, de nuevo, no trascendieron más allá de algunos ejemplos fuera de las redes sociales.

El problema ya no es qué tanto podemos hacer como individuos, sino más bien, qué no queremos hacer. No queremos abandonar nuestro estilo de vida moderno, guiado por el consumismo y por una falsa idea de libertad individual y de originalidad. No queremos abandonar la comodidad que durante años nos han vendido como uno de los grandes beneficios del sistema económico que nos rige. No nos interesa preocuparnos por el medio ambiente, y cuando lo hacemos, es por moda, como una tendencia más de las muchas que surgen cada semana en Facebook o Twitter.

No queremos tomar verdaderas acciones para resolver nuestros problemas medioambientales, porque eso significaría abandonar nuestro estilo de vida actual. Reciclar, ya no tener hijos, consumir menos carne, no usar estuches de unicel, no usar popotes y todo ese tipo de acciones minúsculas que circulan por las redes sociales parecen la solución a nuestros problemas porque, en efecto, no se tiene que hacer nada. No se tiene que cambiar el sistema económico, no se tiene que obligar a los países a tomar acciones reales y globales contra el cambio climático, no se tiene que obligar a las empresas a pagar por su impacto al medio ambiente, no se nos tiene que obligar a nosotros a cambiar.

Como pesimista e historiador que soy, no veo una salida a este problema. Lo que sí puedo asegurar es que el mundo no se va a acabar. El mundo continuará, con o sin nosotros, porque eso siempre ha hecho. La humanidad, en cambio, no parece estar en camino de lograr su salvación. Resignémonos a contemplar nuestra propia extinción.

Dejemos atrás la inocencia.

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José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

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