La historia detrás de Game of Thrones: la elección de un nuevo rey


Tras casi una década en nuestras pantallas, el fenómeno televisivo Game of Thrones llegó a su fin el pasado domingo. Mucho se ha dicho sobre si cumplió o no las expectativas de todos aquellos que seguimos la serie a lo largo de los años. Lo cierto es que los showrunners prometieron desde hace tiempo otorgarnos un final agridulce, al estilo de Lord of the Rings, y lo han entregado.

El episodio final nos otorgó el cierre, bueno o malo, de las historias individuales y colectivas de los personajes que nos han acompañado desde 2011. Esta conclusión nos brinda una última oportunidad de analizar la correlación entre la ficción del mundo de Westeros y la historia de nuestro propio mundo.

El último capítulo fue construido alrededor de dos grandes acontecimientos, con paralelos históricos indiscutibles: el asesinato de Daenerys y la elección como monarca de Brandon de la casa Stark, el primero de su nombre.

La historia de Daenerys es la de una revolucionaria. Recordemos que la vida de la reina dragón la llevó a romper tradiciones sociales y políticas en todos los lugares por donde pasaba: siendo mujer lideró a los dothraki, fue la madre de dragones cuando llevaban siglos extintos, liberó esclavos, crucificó esclavistas, impuso su voluntad política en un mundo gobernado por hombres. Su objetivo final era “romper la rueda”, esa rueda que todo el tiempo oprime a los más desafortunados, la rueda de poder donde los grandes señores hacen lo que quieren a costa de sus siervos, imponiendo su voluntad a sangre y fuego.

La “revolucionaria” de Westeros siguió la máxima de que “el fin justifica los medios”, lo que por sí mismo la llevó por el camino de la tiranía. Esto recuerda a la Unión Soviética estalinista o la China maoísta. Ambos Estados surgieron de una revolución, ambos fueron gobernados por tiranos que asesinaron a millones de personas con la justificación de defender los logros revolucionarios, tal como Daenerys lo hizo con la destrucción de Desembarco del Rey.

Cuando se confrontó a la reina dragón sobre la masacre de los habitantes capitalinos sólo respondió: “I know what is good”. De la misma manera reaccionó ante la posibilidad de que surgieran señores descontentos con sus formas políticas: “They don’t get to choose”.

Esas palabras recuerdan a las vertidas por el revolucionario francés Maximilien Robespierre: “El terror no es otra cosa que justicia: rápida, severa e inflexible.” La virtud y el terror eran los elementos fundamentales, según el revolucionario, para conservar con vida la llama de la revolución francesa de 1789.

Así, la única manera de afianzar la revolución después del derrocamiento de un tirano era mostrarle a todos aquellos que sirvieron al antiguo gobierno el destino lleno de castigos que les esperaba. Y el mayor castigo era la guillotina. Fiel al estilo de Daenerys –cuando asesinó a los esclavistas de Meereen–, Robespierre decía que la muerte de los antirrevolucionarios era “misericordia para el inocente, misericordia para el débil, misericordia para el desafortunado, misericordia para la humanidad.”

El pensamiento de Robespierre de infundir terror en los corazones de sus enemigos y de los servidores del viejo régimen con el fin de mantener pura a la revolución, se asemeja mucho a las acciones de Daenerys. La masacre de nobles y plebeyos por igual es una manera de asegurar su gobierno mediante la imposición del terror a la muerte.

Una escena común durante la época del Terror en 1790

Una escena común durante la época del Terror en 1790

Mucho se ha especulado sobre la supuesta “locura” de la reina Targaryen. Para algunos seguidores de la serie, el actuar de Daenerys se debe a la herencia de su padre Aerys II el Rey Loco. Los que siguen está tendencia, argumentan que el desarrollo de la reina dragón a lo largo de la serie no justifica la brutalidad mostrada en los últimos capítulos. Sin embargo, parece que sus decisiones pueden entenderse mejor por razones políticas, como las que he expresado líneas arriba, ya que sus acciones son racionales en términos de asegurar su reinado y de eliminar potenciales amenazas antes de que aparezcan o se desarrollen por completo, tal como lo hicieron Robespierre, en el siglo XVIII, Stalin y Mao en el XX.

Para comprobar la racionalidad de las acciones de Daenerys basta con decir que a lo largo de la historia han existido varios “reyes locos”, como Carlos VI de Francia, de quien se dice que corría alrededor de su palacio embarrado con su propio excremento, o que vivía espantado de su esposa porque estaba convencido de que ella estaba hecha de vidrio. Otro caso es el de Jorge III de Gran Bretaña cuyo gobierno tiránico sobre sus colonias americanas es a menudo confundido con la locura –muy probablemente demencia senil– que lo acompañó hacia el final de sus días.

En todo caso, el paralelo medieval de Daenerys no es ningún monarca loco. Las acciones de la reina dragón guardan una gran similitud con las de Margarita de Anjou quien, durante la Guerra de las Rosas, creía que la mejor manera de pacificar al reino era destruyendo a sus rivales y a sus familias, arruinando por completo el legado de sus enemigos.

Por otra parte, el asesinato de Daenerys –a través de una daga en el corazón por Jon Snow– nos recuerda al de Julio César, el gobernante romano apuñalado en 44 a. C., justo en el momento en que parecía que se estaba acercando al totalitarismo. Si bien Dany no dijo nada cuando la hoja afilada se deslizó en su corazón, las últimas palabras de Julio César fueron, según Shakespeare: “Et tu, Brute?”; aunque historiadores romanos como Suetonio expresan que César sólo gruñó y murió.

Asesinato de Julio César

Asesinato de Julio César

Tras el asesinato de Daenerys, quedó la incógnita de cómo organizar al nuevo Estado de la posguerra. Tyrion tomó la batuta y expresó a los grandes señores y damas de Westeros que ellos debían decidir el destino del continente. Samwell Tarly se levantó de su asiento y opinó que todas las personas, nobles y comunes, deberían votar en la elección de un nuevo monarca. Es decir, Sam estaba creando la democracia representativa y popular, una idea muy moderna y, por lo mismo, extraña y ajena para tiempos medievales. La idea de Tarly de un voto por persona se comenzó a aplicar en tiempos tan recientes como 1893 en Nueva Zelanda. Lo más parecido en la Edad Media a la idea de Sam fue la Rebelión campesina de 1381 en Inglaterra, durante la cual los alzados exigieron el fin de los títulos nobiliarios, la abolición de la aristocracia y la redistribución de las tierras. Como resultado, muchos campesinos fueron condenados a la horca por su impertinencia.

Finalmente, los nobles de Westeros eligieron a Brandon Stark como el nuevo monarca de los seis reinos. Ese sistema electoral es muy parecido al del Sacro Imperio Romano Germánico, donde un grupo de electores aristócratas elegían de entre ellos a un nuevo emperador que posteriormente sería coronado por el Papa.

Por otra parte, Tyrion argumentó que Brandon Stark sería un buen rey, pues no tenía ninguna ambición de gobernar. Con esto, pareciera que Tyrion y los nobles de Westeros estaban siguiendo el antiguo consejo de Sócrates. En la República de Platón, Sócrates expresaba que el gobernante ideal sería el rey filósofo. “El Estado cuyos candidatos a gobernantes cumplan sus deberes con el menor entusiasmo es el que tendrá el mejor y más tranquilo gobierno.” Por el contrario, “el Estado cuyos gobernantes estén ansiosos de mandar, será el peor.”

Con la coronación de Brandon Stark, quedó al frente del continente un gobernante que antepone el deber sobre la ambición personal. Este es un tema recurrente a lo largo de toda la serie, lo hemos visto cuando Eddard Stark asumió el puesto de Mano del Rey, y con las guerras que libró Stannis Baratheon para hacerse con el Trono de Hierro, que le correspondía por derecho, a pesar de que él no tenía ambición de gobernar.

Tyrion argumentó que con la elección de Brandon como nuevo monarca se rompió la rueda que Daenerys buscaba destruir. Sin embargo, esta idea quedó al aire, pues no se mencionó cambio alguno que a la larga creara un gobierno más justo. Sólo se ideó un dudoso sistema electoral y se eligió a un nuevo monarca, sin mecanismos que limiten el poder y abuso de los nobles.

Digo que el sistema electoral es dudoso porque la experiencia histórica de las monarquías electivas como la del Sacro Imperio Romano Germánico o la del Imperio Bizantino, muestra que siempre hay una tendencia en la que una sola familia se beneficia de la mayoría de los puestos de poder, con lo que las elecciones se corrompen y se vuelven una mera simulación. Así, pareciera que la rueda no se ha roto, sólo se le dio una nueva capa de pintura. Ese es, a mi parecer, el final agridulce de Game of Thrones: en realidad nada ha cambiado, a pesar de las guerras, de los asesinatos, de la destrucción de varias grandes familias.

Siete electores del Sacro Imperio Romano Germánico

Siete electores del Sacro Imperio Romano Germánico

La serie ha terminado, pero la historia de Westeros continúa más allá de la pantalla. El gran acierto de Game of Thrones a lo largo de casi una década fue mostrar, a través de la ficción, la ambivalencia humana, lo complicado y a veces azaroso de la historia, y la ética o la falta de ella en situaciones políticas.

Nos despedimos de una serie que se ha inspirado en numerosos acontecimientos del pasado y en la condición humana, y en ese sentido fue una verdadera maravilla. Es por ello que el show seguirá siendo recordado mucho tiempo después de haber finalizado.

 

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Eduardo A. Orozco Piñon

(Ciudad de México). Es pasante de la licenciatura en Historia que imparte la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha participado como organizador y ponente de un puñado de eventos académicos relacionados con la historia militar y política mexicana del siglo XIX, temática y periodo de la que es especialista. Asimismo, es miembro fundador y activo del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval, cuyas sesiones se llevan a cabo en Palacio Nacional el último viernes de cada mes.

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