El Fistol del Diablo: El monstruo de Fladwoods y otros eventos paranormales


Las historias de terror guardan una magia que las hace irresistibles para quienes las escuchan y se deleitan con la mística de la irrealidad que se vuelve posible. No por nada se vuelven los momentos más íntimos de la noche, cuando el silencio confabula para crear un ambiente de tensión que envuelve a los escuchas en un aura tenebrosa, perfecta para elevar los sentidos y la imaginación. Con cierta morbosidad, no dudamos en acercarnos para escuchar las vivencias de personas que se pierden en el campo o en el bosque y se encuentran con criaturas espeluznantes. Nos entretienen las experiencias del “amigo del amigo”, quien, al realizar ciertos rituales, invoca seres demoniacos que le traen desgracias. O las historias de fantasmas que recorren los pasillos de una casa, duendes que hacen travesuras, mujeres que gritan en la madrugada, bolas de fuego en el cielo, brujas que roban niños para chuparles la vida, demonios que quieren el alma de los vivos. La veracidad importa menos que las moralejas que se pueden extraer de aquellos relatos; ello sólo se piensa en la mañana siguiente, cuando la cordura regresa a los escuchas.

La historia del monstruo de Fladwoods es, como muchas de las de este tipo, un relato que, contado durante la noche, tiene todas las posibilidades para ser real, pero que al día siguiente se vuelve completamente inverosímil.

El contexto en que se desarrolla incluso suena a cliché de película de terror: en Estados Unidos, específicamente en Virginia —una de las trece colonias originarias—, en un condado sin mucho bullicio y rodeado de un bosque, se erige el pequeño pueblo de Fladwoods. La fecha en que se desarrolla el relato, 1952, recuerda el boom de los casos de avistamientos de objetos voladores no identificados (OVNI), pues el suceso acaeció apenas unos años después del accidente de Roswell, Nuevo México, el cual, sin duda, fue un parteaguas en la forma en que se comenzó a estudiar el fenómeno alienígena.

Todo comenzó una camurosa noche de verano acompañada por un cielo despejado. Los protagonistas fueron tres chicos de entre 13 y 10 años: los hermanos Edward y Fredy May, y su amigo Tomm Hyer. Según el parte de la Policía, ellos aseguraron haber visto descender un objeto resplandeciente sobre la granja de uno de sus vecinos, ante lo que inmediatamente buscaron a Kathleen May, madre de los dos pequeños, para buscar al objeto desconocido.  Acompañados de un soldado de la Guardia Nacional, llegaron a la propiedad de su vecino y comenzaron a buscar el objeto, internándose cada vez más en el bosque.

Una de las experiencias más terroríficas es adentrarse en un bosque en medio de la noche. Es común que la oscuridad propicie cambios en los matices de los colores de la vegetación hasta que todos adquieren tintes obscuros y pálidos. En este momento la pareidolia comienza a jugar con la mente, y las ramas de los árboles y los arbustos adquieren formas fantásticas que llegan a producir cierto delirio de persecución. Los sentidos se agudizan, pues al reducirse la capacidad de observar con eficacia, el cuerpo intenta compensarlo al sensibilizar el oído, el olfato y el tacto. De pronto, el bosque parece un mar de sonidos que se contraponen y cada superficie que se toca llega a sentirse con una mayor vitalidad que antes.

Este pudo haber sido el panorama en el que se encontraba este grupo después de internarse en el bosque. Según relataron los testigos, en algún momento antes de las 3:00 de la mañana, los jóvenes observaron un objeto brillante de color rojo que caía lentamente de entre los árboles. La forma únicamente es mencionada como “circular”, como una especie de burbuja de led brillante. En ese momento parece que el ambiente comenzó a ponerse borroso, como rodeado por una extraña niebla, seguida por un olor que les causó cierta picazón a los testigos.

En ese momento se produjo la parte más extraña del caso. Al lado de las luces que descendían, observaron una extraña criatura revestida de negro, con una enorme falda que le cubría los pies. Su cabeza era grande y sus manos pequeñas y delgadas. Su rostro era extraño, pues sólo tenía unos enormes ojos brillantes y saltones, parecidos a los humanos, pero más grandes. Su cabeza alargada era rematada con lo que parecía un extraño sombrero puntiagudo. Los dibujos hablados que se hicieron de la criatura la describen como una especie de bruja gigante de al menos tres metros de alto que flotaba sobre el suelo.

De un momento a otro la criatura lanzó un chillido que hizo correr a todos los testigos, quienes abandonaron el lugar inmediatamente y buscaron al Sheriff de la comunidad. Cuando regresaron, el monstruo y las luces habían desaparecido, pero el extraño olor metálico, así como una extraña sustancia verdosa, permanecieron en el lugar. El caso pasó a la historia como uno de los más extraños del fenómeno OVNI y, según algunos investigadores, el pueblo de Fladwoods no fue el único en que se reportó el avistamiento de dicha criatura.

Cincuenta años después del caso Fladwoods, en 2004, el mismo ser se hizo presente, pero ahora en Monterrey, Nuevo León (México). Un oficial cuenta que, en la noche, mientras hacía su rondín por alguna de las calles de la Sultana del Norte, notó cómo una criatura caía de un árbol frente a su carro. Inmediatamente frenó, pero el ser se lanzó directamente hacia el capó del coche, lo que apresuró al oficial a prender sus luces altas. Lo que observó fue muy parecido a lo que vieron los chicos en Fladwoods, sólo que esta vez lo describió como a una bruja, con la misma túnica negra, el mismo sombrero de punta y las mismas manos pequeñas. El policía relató que en ese mismo momento se desmayó. Los exámenes toxicológicos no mostraron alcohol o drogas en su organismo, pero lo más probable, como en el caso estadounidense, es que el monstruo o la bruja en realidad fuera en realidad una lechuza de buen tamaño, pues su semblante siempre se ha confundido con el de una bruja voladora.

El caso de Monterrey podría relacionarse con otro caso parecido que ese mismo año también se “filtró”. En efecto, en 2004 salió a la luz un video que pertenecía a la Fuerza Aérea Mexicana, en el que se observaba cómo unos aviones de reconocimiento seguían unas luces que aparecían en el radar de los pilotos, pero que sólo los podían observar con la cámara infrarroja. Ambos eventos tuvieron cierta trascendencia en los medios de comunicación (incluso el segundo salió en el noticiero nocturno más importante de aquel momento), y aunque hoy ya han quedado olvidados en la memoria colectiva de los mexicanos, sería interesante preguntarse hasta qué punto estos fenómenos podrían ser, como el chupacabras, una vieja técnica de distracción mediática en un momento en que la oposición al viejo régimen comenzaba a mostrar sus flaquezas.

El caso de Fladwoods es uno de los más extraños del fenómeno OVNI. Si bien la explicación versa en torno a que el monstruo en realidad era una lechuza, lo cierto es que en su momento atrajo la atención de investigadores del fenómeno paranormal. En México, la importancia que los medios le dieron al caso del video del ejército y de la bruja de Monterrey hace pensar en los motivos que tuvo el Gobierno mexicano, en caso ser los artífices de los casos, de darles tanta importancia. De cualquier forma, el morbo que toda historia de terrero despierta en los oyentes puede volverse un fenómeno casi hipnótico.

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José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

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