El fistol del Diablo: La sobreimposición de la política en la cultura, o cómo la dictadura se apropia del arte


La política y la cultura siempre han mantenido una estrecha relación en la construcción de la cultura material de las sociedades, a tal grado que todo producto artístico no puede existir ajeno a esta dialéctica. Tener en cuenta este vínculo no es malo, de hecho, es sano, pues permite generar críticas razonadas en torno a las representaciones materiales que se producen en un momento histórico concreto. Ignorar esta afirmación es el primer paso que le permitiría a las dictaduras imponerles a los pueblos una manera unidimensional en la que deben penar.

Y no es para menos, pues pareciera que hoy día los argumentos políticos intentan determinar la forma en que se debe construir la cultura, y con ello se ha afectado la forma en que se piensan las producciones artísticas, pues éstas han terminado por convertirse en la mejor herramienta del discurso ideológico de las organizaciones progresistas.

El cine de superhéroes, especialmente el universo cinematográfico creado por Marvel, es un buen ejemplo de esta tendencia a crear metanarrativas construidas para justificar la imposición de ciertos argumentos ideológicos. La propaganda que acompañó estas producciones fue brutal y la crítica “especializada” no se dio abasto con sus encabezados: “¡Por fin una película protagonizada por un super héroe de color!”, decían algunos (obviando intencionalmente otras tantas como Blade), mientras otros celebraban la representación de una mujer poderosa en la pantalla grande (como si no hubiesen existido muchas otras antes). El pasado se ignora porque está mal hecho, mientras el presente debe imponerse sobre las masas con una nueva forma de pensar.

La última película de la franquicia también se acompañó de su propia metanarrativa: qué papel tendrá la Capitana Marvel en la trama, pues siendo tan poderosa, no habría enemigo que se le resistiera. Sin embargo, al ser imposible compaginarla con la trama y relegarla a un papel más que secundario —de otra forma nos hubiésemos ahorrado 2 horas y media de cinta—, el desprestigio contra la producción apareció en forma de estadísticas: cuántas mujeres aparecen a cuadro y cuántas de ellas tienen líneas; qué porcentaje de protagonismo ocupan los hombres y cuánto las mujeres. El absurdo de este razonamiento sería llegar a una cuantificación equitativa de los personajes, pero con una trama que carecería del más mínimo sentido. La historia no importa siempre y cuando sepas incluir al agente ideológico.

Pero estas películas tan solo son un ejemplo de las muchas formas en que la política reafirma su imposición sobre las producciones artísticas. A las series televisivas no se les exige una buena trama, sino la inclusión o representación —además de forma muy idealizada— de tal o cual colectivo o minoría. La coherencia, la libertad creativa, incluso el atrevimiento de querer contar historias fuera de la norma deja de importar y se censuran. Se cancelan tramas en los comics y videojuegos que pueden parecer “ofensivos” o poco realistas ante los “modernos” cánones progresistas. Todo lo que no se acople a lo políticamente correcto no merece ver la luz.

El arte no se escapa de la dictadura. Al contrario, se convierte en su mejor herramienta, pues permite crear narrativas políticas que se insertan de forma subliminal ante las masas. El control de nuestra forma de pensar y de lo que está bien y está mal se ve supeditado al poder que pueden alcanzar ciertas ideologías. Es probable que en algún momento las producciones artísticas se conviertan en un chiste del tipo “un judío, un cristiano y un musulmán” atrapados en algún escenario aleatorio: una mujer, un homosexual y una persona de color haciendo algo. Una plantilla ideológica diseñada por toda dictadura para no pensar.

Paréntesis

Toda producción artística lleva implícito un trasfondo económico. Es un producto comercial del cual se intenta sacar la mayor ganancia posible por todos los medios a su disposición. La polarización de mercados modernos ha permitido crear subgéneros cinematográficos dirigidos a públicos específicos, pero que la mayoría de las ocasiones carecen de una verdadera intencionalidad por crear una verdadera historia que trascienda a los ya gastados clichés cinematográficos.

En efecto, las luchas sociales que venden este tipo de producciones bombardean a la sociedad con frases como: “si eres verdaderamente una feminista, ve a ver Capitana Marvel”, “si estás a favor de la representación de las personas de color, no te pierdas Black Panther”. A diferencia de lo que muchos creen, no es el marxismo cultural el que impulsa esta mirada progresista de la historia, es el capitalismo mismo el que se apropia de las luchas sociales y con ello busca crear mercados. No desde un sentido moral de hacer lo correcto, sino por el mero enriquecimiento: conviene visibilizar las problemáticas sociales, pero no conviene resolverlas, pues si los homosexuales dejaran de ser violentados, ¿quién compraría una malteada de arcoíris diseñada especialmente para combatir la discriminación?

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José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

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