Endenantes: El caso Assange


El pasado 11 de abril se consumó un acto que se sabía ocurriría desde días atrás: Julian Assange, fundador de WikiLeaks y activista por el derecho a la información, fue arrestado en Londres. El hecho es sumamente significativo al estar lleno de simbolismo en muchísimos sentidos. Por una parte, es un recordatorio ejemplar del poderío de los Estados Unidos, que es el verdadero interesado en castigar a Assange de manera ejemplar. Por otro, es un llamado de atención a todos aquellos que intenten luchar contra el establishment. Pero la acción también tiene un impacto en la geopolítica latinoamericana, pues es una muestra de las intenciones del gobierno norteamericano de volver a tomar las riendas de la región.

Recordemos que el activista australiano llevaba siete años en calidad de refugiado político en la Embajada de Ecuador en Londres. El asilo fue otorgado durante el gobierno del ex Presidente ecuatoriano Rafael Correa, cuya forma y estilo de gobierno se alineaba con los del resto de América del Sur en aquel lejano 2012, cuando la mayoría de las administraciones en la región se asumían de izquierda. Sin embargo, actualmente esta tendencia política se encuentra en pleno retroceso, por lo que el voto de los ciudadanos ha mostrado simpatía a candidatos derechistas y fieles aliados de Washington. Basta recordar dos ejemplos: Mauricio Macri en Argentina y Jair Bolsonaro en Brasil. En ese sentido, el actual Presidente de Ecuador, Lenin Moreno, decidió hacerle el favor a los norteamericanos y entregarles a Assange de una vez por todas.

El gobierno de Moreno decretó el desalojo de Assange de su sede diplomática londinense con el pretexto de que éste no respetó las reglas de comportamiento que se le habían comunicado desde el inicio de su refugio. Así, se le acusó de robar documentos importantes dentro de la propia Embajada y de cometer todo tipo de conductas inapropiadas, llegando al extremo de asegurar que amenazó al gobierno ecuatoriano. Vean la declaración del Mandatario centroamericano, no tiene desperdicio:

Así, Assange fue “legalmente” expulsado de la Embajada. Las autoridades británicas fueron notificadas de inmediato y decidieron hacer efectiva una orden de arresto y extradición que desde hace años habían solicitado los Estados Unidos. El acto que sigue es, una vez más, simbólicamente potente por violar las normas básicas del derecho internacional. La Policía londinense entró a la Embajada ecuatoriana  (¡que es considerada como suelo de Ecuador, donde la Metropolitan Police no tiene ninguna jurisdicción!) para arrestar y arrastrar a Assange, consumando la orden de arresto pendiente desde hacía siete años. Una escena atroz y patética al mismo tiempo, como bien puede contemplarse aquí:

Supongamos por un momento que Lenin Moreno dice la verdad, que la actitud y el comportamiento de Assange no fueron los correctos. Si así fuera, Ecuador, con justa razón, podía retirar su protección, pero en ese caso ¿no existían otros procedimientos para llevar a cabo esta acción? ¿Acaso no se le podía dar un salvoconducto que garantizara la seguridad de Assange como último acto de solidaridad con el australiano? En todo caso, Moreno afirma que el gobierno británico le ha garantizado por escrito que el activista no será entregado a un país que pueda torturarlo y condenarlo a muerte. Paradójicamente, en un caso relacionado con el acceso a la información, el supuesto documento del gobierno británico aún no se ha dado a conocer,

¿Cuál será ahora el destino del activista australiano?

La Primera Ministra británica, la conservadora Theresa May, ha declarado que el arresto de Assange responde a las solicitudes de extradición por parte de Estados Unidos. Por lo que parece que el destino del periodista será enfrentarse a los cargos por conspiración y espionaje en territorio norteamericano. Estas declaraciones contradicen abiertamente lo expresado por Lenin Moreno. ¿A quién le creemos?

Lo que podemos esperar es un juicio seguido de un castigo ejemplar contra Julian Assange, que demuestre sin lugar a dudas, como lo exige el estilo Trump, el poderío de las potencias occidentales.

Más allá de los recientes acontecimientos, conviene recordar porque se persigue a Assange. El 2010 será recordado como el año de la más grande filtración de información clasificada en la historia. Ya sabemos a grandes rasgos cómo se desenvolvió el asunto, pues incluso se ha representado en películas como The Fifth Estate, donde Bennedict Cumberbatch dio vida a Assange en la pantalla grande.

Los acontecimientos, grosso modo, ocurrieron así: el ex soldado Bradley Manning –ahora conocido como Chelsea Manning– accedió a bases de datos de documentos clasificados y digitalizados que revelaban los secretos más sucios del gobierno estadunidense. Manning decidió colaborar con la organización WikiLeaks a través del trato directo con su fundador Julian Assange, quien a su vez decidió maximizar el alcance de la información robada al establecer alianzas con los principales periódicos del mundo, como el New York Times, The Guardian, Der Spiegel y, para el caso mexicano, La Jornada. De esta forma, una mínima parte de la información clasificada fue publicada a nivel mundial, generando una ola de descontento social y diplomático por todas partes del mundo.

Seamos honestos. En realidad WikiLeaks no reveló nada nuevo. Los crímenes y suciedades del gobierno estadunidense eran un secreto a voces. En todo caso, las filtraciones simplemente confirmaron lo que ya se sabía: que Estados Unidos se comporta como imperio imponiendo su voluntad en todas partes del mundo, rompiendo con tratados y convenios internacionales de todo tipo para salvaguardar sus propios intereses y, lo que es más alarmante, los de grandes empresarios norteamericanos.

El debate, pues, no estriba en el contenido de las filtraciones; sobre el tema ya existen numerosas publicaciones –para el caso mexicano se cuenta con el libro México en WikiLeaks, publicado por La Jornada y escrito por el periodista Pedro Miguel–, sino que el verdadero meollo del asunto reside en el acceso a la información, en la transparencia gubernamental y en el papel y/o estatus de aquellos que nos la proporcionan.

WikiLeaks demostró el grado de sometimiento de diversos países del mundo ante el gobierno estadounidense. El arresto de Assange no hace otra cosa que confirmarlo. El gobierno ecuatoriano cedió a la presión de los Estados Unidos, por lo que expulsó al australiano de su Embajada; el gobierno británico hizo el trabajo sucio de arrestarlo, y probablemente en unos días lo extraditará. El gobierno de Suecia, hace siete años, se prestó para levantar cargos contra Assange –de muy dudosa autenticidad– por abuso sexual para así dañar su reputación a los ojos del mundo.

Aunque podría parecer que Donald Trump está detrás de la persecución del activista, recordemos que todo comenzó en 2012 bajo la administración de Barack Obama. Inclusive, Trump declaró en numerosas ocasiones su simpatía por WikiLeaks y por el trabajo de Assange, utilizando la información filtrada para desacreditar la campaña de Hilary Clinton durante la temporada electoral de 2016. Claro que el discurso trumpista ha girado en dirección contraria en los últimos días. Véanse aquí algunos ejemplos:

El caso de Julian Assange y de los filtradores de información (también conocidos como whistleblowers) Chelsea Manning y Edward Snowden son paradigmáticos porque muestran el grado de falta de ética y respeto con que se maneja la política internacional. Nos han ofrecido pruebas documentales del grado de cinismo y corrupción de los políticos y militares del mundo actual. Más allá de esto, han dejado en evidencia que la información personal y privada de cada uno de los usuarios de internet es recopilada y compilada en tiempo real, creando en el proceso la más grande red de espionaje en la historia de la humanidad. ¿Estos tres personajes deben ser castigados por atreverse a mostrar el grado de descomposición y decadencia del mundo moderno? Legalmente sí, deben ser castigados por filtrar información confidencial, pero legalidad no es sinónimo de justicia. Al parecer, no hay gobierno en el mundo que esté dispuesto a ir en contra de los interesantes de Washington para interceder a favor de Assange como en su momento lo hizo Ecuador. Sorprende muchísimo que ni siquiera el gobierno australiano ha ofrecido protección a un ciudadano suyo.

¿Qué clase de mundo es este en donde varios gobiernos se juntan para perseguir a una sola persona cuya única acción fue liberar información demostrando el cinismo y la falta de ética de la política moderna?

La lección que nos dejan los infames acontecimientos recientes es que la información es poder, y quien maneja esa información se vuelve poderoso y peligroso, de lo contrario ¿de qué otra manera se puede explicar la persecución contra Assange? Si esto no fuera verdad, los gobiernos del mundo no tendrían necesidad de compilar y ocultar información sensible de todo tipo. Más allá de esto, la prensa y el periodismo siguen jugando un papel tan relevante como lo han tenido durante siglos. Todavía tienen la capacidad de incidir en la esfera de lo político, indignando a las sociedades, y éstas, a su vez, presionando para que los gobiernos cambien sus modos y sus estructuras.

 

 

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Eduardo A. Orozco Piñon

(Ciudad de México). Es pasante de la licenciatura en Historia que imparte la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha participado como organizador y ponente de un puñado de eventos académicos relacionados con la historia militar y política mexicana del siglo XIX, temática y periodo de la que es especialista. Asimismo, es miembro fundador y activo del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval, cuyas sesiones se llevan a cabo en Palacio Nacional el último viernes de cada mes.

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