Endenantes: Zapata, cien años después


Emiliano Zapata pertenece al reducido círculo de los personajes históricos más admirados a nivel nacional. Tal vez esto se debe a su inseparable reputación de congruencia, honorabilidad, humildad, y a su sentido de justicia, pues nunca dejó de lado su objetivo principal: restitución de las tierras usurpadas. De ahí que la amplia mayoría de la sociedad mexicana rescate su figura como líder social, estando siempre presente en toda lucha de reivindicación de derechos. A cien años de su asesinato, conviene rescatar su relevancia histórica que aún resuena en nuestro presente.

El líder campesino y revolucionario sureño es uno de los personajes más interesantes del panteón cívico nacional, pues en torno a él se han forjado numerosas leyendas, otorgándole un aire de misterio y misticismo, acrecentado por el hecho de que el propio Zapata era un hombre de pocas palabras que operaba en una de las regiones de más difícil acceso del país.

La figura de Emiliano Zapata está ligada a su tierra, en el estado de Morelos, en el pueblo de Anenecuilco. Las leyendas que envuelven al personaje le otorgan un sentido grandilocuente a su vida, situándolo en un camino que supuestamente ya estaba destinado a recorrer. La primera de estas anécdotas legendarias sucede en torno a los 8 años del personaje, cuando ve llorar a su padre, Gabriel Zapata, porque los hacendados locales, con el apoyo de la ley y de las fuerzas rurales, han invadido las tierras de su familia, situación por demás común en el México rural del Porfiriato. Hoy sabemos que infancia es destino, y la vida de Zapata sirve de prueba.

Es entonces cuando comienza su lucha contra las injusticias agrarias, adquiriendo experiencia en la defensa de las tierras propias y ajenas ante la voracidad de los terratenientes morelenses, contratando abogados, viajando a Cuernavaca, al Distrito Federal, presentado alegatos legales, organizando a los campesinos, escondiéndose de los capataces de las haciendas, entrenando caballos, seduciendo mujeres, viviendo y luchando por la comunidad.

Tal vez esa sea la clave para entender a Zapata y al zapatismo histórico: el servicio a la comunidad. El 10 de enero de 1909, el consejo de ancianos de Anenecuilco se reúne para deliberar cómo actuar ante un nuevo embate de los terratenientes, quienes, jamás saciados, buscan más tierras. Los ancianos llegan a un acuerdo entre ellos: ya no pueden seguir defendiendo al pueblo, ya son viejos, y el mundo ha cambiado mucho y muy rápido. Se refieren a la modernidad, esa modernidad capitalista impulsada por el gobierno porfirista, donde se privilegia a la propiedad privada, modernidad donde los bienes comunales son asociados con improductividad. Esta última palabra no existe en la economía de la década de 1900: lo que no produce debe ser puesto a generar ganancias cuanto antes.

El consejo de ancianos de Anenecuilco le deja paso a las nuevas generaciones, tal vez ellos sepan cómo continuar defendiendo y reclamando las tierras usurpadas del pueblo. La reunión que habrá de lanzar a Emiliano Zapata como líder revolucionario se realizó en domingo para que todos los campesinos pudieran asistir después de la misa. No se convocó a través de campanadas como tradicionalmente se hacía, sino que la reunión se había organizado de boca en boca para no alertar a los capataces de las haciendas. Clandestinidad pura. En esa reunión se proponen tres nombres de los más capaces para defender las tierras: Modesto González, Emiliano Zapata y Bartolo Parral. Zapata fue elegido por la mayoría como defensor de Anenecuilco, con lo que su nombre entraba en la historia nacional.

Los sucesos posteriores son bien conocidos y vertiginosos. En 1910 decide sumarse al Plan de San Luis proclamado por Francisco I. Madero, convencido de que ese es el camino correcto para recuperar las tierras usurpadas, para acabar con las injusticias en el mundo rural. La revolución maderista triunfará; el dictador es derrocado. ¿Qué rumbo tomará el país ahora? ¿Quién va a gobernar? ¿Se cumplirán las demandas sociales?

En 1911, tras apenas 24 días de la Administración de Madero, Zapata decidió alzarse contra el gobierno del chihuahuense con la justificación de que no ha cumplido lo prometido, de que está traicionado a la revolución y a su propio plan. La respuesta de Zapata es el Plan de Ayala, publicado el 28 de noviembre de 1911. Se dice que la idea original de este plan es del propio Zapata, pero la redacción es de su compadre, el maestro Otilio Montaño. El Plan de Ayala resumirá las demandas de Zapata y de los campesino morelenses: restitución de las tierras usurpadas, destitución del gobernador de Morelos, desconocimiento del Presidente Madero y de su vicepresidente Pino Suarez, expropiación de tierras, montes y aguas; en una palabra: revolución, pero de a de veras. Ante la situación, Madero decide combatir, o mejor dicho, contener a los zapatistas.

Tras el asesinato de Madero, Zapata decide sumarse a las fuerzas amalgamadas bajo la bandera del Plan de Guadalupe. Casi todos los líderes revolucionarios combatirán contra el gobierno golpista de Victoriano Huerta. La meta: restaurar la legalidad y convocar a nuevas elecciones libres. El desenlace: la destrucción total del gobierno huertista y de los remanentes del porfirismo.

La coyuntura surgirá en 1914. El usurpador ha sido derrotado, y ahora ¿cómo se debe organizar el gobierno nacional? La pregunta no tuvo fácil respuesta y provocó rupturas dentro del movimiento revolucionario. Villa y Zapata pactan una alianza, mientras Carranza y el grupo de los sonorenses se unen entre ellos; convencionistas contra constitucionalistas. Ha comenzado la violenta y brutal lucha de facciones.

Para 1915, la alianza de Zapata y Villa se desmorona militarmente, quizá porque en realidad no confiaron el uno en el otro. Sabían que se necesitaban, lo decían en sus reuniones. Sabían que solos no podrían ganar, pero al mismo tiempo no se veían con buenos ojos. ¿Qué tienen en común los hombres del sur con los hombres del norte? Ni siquiera compartían la forma de vestir, hasta los sombreros que usaban eran diferentes. Es el resultado de vivir en un país inmenso y con escasas vías de comunicación.

Tras la derrota de la División del Norte, la lucha zapatista disminuyó en intensidad, centrándose en defender las poblaciones que controlaban. Emiliano Zapata nos recuerda a Vicente Guerrero: ambos lucharon hasta al final, ambos se refugiaron en sus regiones, ambos practicaron una guerra defensiva y de guerrillas, los dos contaron con un amplio apoyo social.

Hacia 1919, Zapata pretendía reanimar la lucha campesina, para ello comenzó a buscar potenciales aliados. El destino —si es que existe, como claman las leyendas— dictó que Zapata se encontrara con el Coronel Jesús Guajardo, a quien trató de convencer de unirse a la causa revolucionaria. El superior de Guajardo, el General Pablo González, se enteró de las negociaciones con Zapata y vio la oportunidad de librarse de una vez por todas de la amenaza del Atila del Sur.

El 10 de abril de 1919, Zapata aceptó reunirse en la hacienda de Chinameca —que años atrás había ayudado a edificar— con el Coronel Guajardo. Este último lo había convencido diciendo que le entregaría un cargamento de armas y municiones como muestra de buena voluntad que sería útil para la causa campesina. Entró Zapata a la hacienda con una escolta de 10 hombres, de inmediato se desató el caos:

La guardia formada, parecía preparada a hacerle los honores. El clarín tocó tres veces llamada de honor, al apagarse la última nota, al llegar el general en jefe al dintel de la puerta… a quemarropa, sin dar tiempo para empuñar ni las pistolas, los soldados, que presentaban armas, descargaron dos veces sus fusiles y nuestro inolvidable general Zapata cayó para no levantarse más. (Parte de Salvador Reyes Avilés, secretario particular mayor del jefe del Ejército Libertador del Sur, Sauces, Morelos, 10 de abril de 1919).

A lo largo del siglo XX la figura de Zapata siguió presente en la vida pública nacional. Lázaro Cárdenas retomó sus ideales a través de la masificación del reparto agrario y del apoyo a la producción agrícola. Los gobiernos priistas de los “cachorros de la revolución” nunca dejaron de mencionar su nombre en sus discursos y de justificar su política agraria a través del caudillo campesino. Si se quiere conocer cómo entendió el PRI a la revolución mexicana, se debe caminar entre las cuatro columnas del Monumento a la Revolución, donde descansan los restos de jefes revolucionarios que en vida fueron enemigos mortales, como si a final de cuentas todos fueran una grande y feliz familia revolucionaria. Zapata se salvó de ese destino, sus restos descansan en Anenecuilco, su pueblo natal, el pueblo por el que dio la vida. Más adelante, los gobiernos neoliberales destruyeron el proyecto agrario que surgió de la revolución; la figura de Zapata quedó relegada al discurso. Pero fue también en ese tiempo cuando los indígenas chiapanecos retomaron su nombre y parte de su ideología bajo la forma del EZLN, reclamando restitución de tierras y autonomía para administrarlas y gobernarlas.

¿Y qué quería Zapata? ¿Por qué él no ganó la Revolución?

Lamentablemente no hay respuestas satisfactorias a ambas preguntas. Aún queda pendiente mucha investigación histórica para poder comprender al zapatismo. Sin embargo, queda claro que la visión historiográfica de 1970, que es la que siempre nos han enseñado, ha dejado de ser satisfactoria: no es cierto que Zapata haya estado destinado a perder la guerra porque era campesino, y todos saben  que los campesinos nunca triunfan ni toman el poder, así como tampoco es verdad que los zapatistas hicieron una revolución para que nada cambiara en sus pueblos. Es falso que los campesinos morelenses buscaran regresar a sus formas de vida ancestrales renegando por completo de la modernidad industrial del siglo XX. Las investigaciones recientes apuntan que, en todo caso, los campesinos morelenses tenían una concepción diferente de modernidad, una que fusionaba lo tradicional con lo nuevo, lo colectivo con la ganancia económica.

A su muerte, Zapata dejó de ser un hombre y se convirtió en leyenda. Inmediatamente después de su asesinato, los federales trasladaron el cadáver de Zapata a Cuautla. La gente llegó a ver el cuerpo del caudillo y los rumores se desataron:

–Ese no es el General Zapata, ¿ya vieron? Tiene todos los dedos completos de la mano derecha.

–No es el General Zapata porque no tiene la mancha en forma de manita en el pecho.

–No es el General Zapata porque está muy cachetón.

–No es el General Zapata porque yo lo vi en la mañana cabalgando para otro rumbo.

–No es el General Zapata porque yo vi como ordenaba a uno de sus hombres que se pusiera su ropa y que fuera pa’ Chinameca.

La leyenda cobra forma en una frase: Zapata vive.

¿Y hoy, Zapata vive?

Indudablemente sigue viviendo en la memoria colectiva de los mexicanos, en forma de estatuas, de nombres de calles y de escuelas, en murales que se pintan por todas partes, en los movimientos sociales que se apropian de sus frases y de su imagen, en los discursos gubernamentales, en las escuelas rurales, en los recuerdos de los últimos zapatistas, en los sueños de los campesinos que saben que no están solos porque Zapata vive como una fuerza inspiradora.

 

Eduardo A. Orozco Piñon

(Ciudad de México). Es pasante de la licenciatura en Historia que imparte la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha participado como organizador y ponente de un puñado de eventos académicos relacionados con la historia militar y política mexicana del siglo XIX, temática y periodo de la que es especialista. Asimismo, es miembro fundador y activo del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval, cuyas sesiones se llevan a cabo en Palacio Nacional el último viernes de cada mes.

Comentarios