Endenantes: El trauma de la “Conquista”


El Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, provocó revuelo esta semana en redes sociales al anunciar el envío de dos cartas, una destinada al Rey de España, Felipe VI, y otra al líder de la Iglesia Católica, el Papa Francisco I, con la intención de que ambos se disculparan con los pueblos originarios de México por los abusos y “violaciones a los derechos humanos” que se cometieron durante la Conquista, a partir de 1519.

Las opiniones se han dividido en dos grandes bandos: por un lado, los que apoyan firmemente la decisión del mandatario mexicano por considerarlo un acto de dignidad y de reconciliación; y, por otro, los que ven la petición como absurda e innecesaria. Entre ambas opiniones surgieron muchas otras, a ambos lados del Atlántico, que evidenciaron –una vez más– la ignorancia, el racismo, la prepotencia y el clasismo que caracterizan a nuestros tiempos.

Más allá de que podamos estar o no de acuerdo con la jugada diplomática de AMLO, preocupa la actitud de los usuarios de redes sociales ante nuestra historia y memoria colectiva, que, nos guste o no, compartimos con España.

Lo primeramente notorio fue la incomprensión del mensaje de López Obrador. Periodistas y sitios de noticias, así como simples usuarios de redes sociales, replicaron lo que malentendieron: “El Presidente de México exige que España se disculpe por la Conquista”. El encabezado se repitió por todas partes, y los internautas –acostumbrados como estamos a leer sólo encabezados– repitieron las palabras sin reflexión de por medio.

Cabe aclarar que no se le exigió nada a España (que no existía en el siglo XVI), sino que se exhortó al Rey Felipe VI a lanzar una disculpa pública a los pueblos originarios de México, no al Estado mexicano (que tampoco existía durante la conquista). El Monarca español está en toda libertad de aceptar o no la invitación del mandatario mexicano, aunque cabe decir que ni siquiera es descendiente de la dinastía que dio forma a lo que fue la Nueva España.

El segundo fenómeno interesante tiene que ver con la educación histórica a nivel nacional. La postura de AMLO ante la Conquista es típica de todas aquellas personas que se formaron en la segunda mitad del siglo XX, entre las décadas de los 50, 60, 70 y 80, ya que la historia que se impartía a nivel básico estaba recubierta de un espíritu nacionalista e indigenista heredados de la posrevolución. En ese sentido, el episodio de la Conquista se enseñaba comúnmente como una historia de buenos y malos, en donde los “españoles” conquistaron, mataron, esclavizaron y violaron a los “mexicanos”; todo lo prehispánico e indígena era lo más avanzado en conocimientos, lo armonioso y lo natural, mientras que lo “español” o lo europeo era reaccionario, retrógrado, medieval y antinatural. Por supuesto que un relato estructurado en esa manera fomentaba el nacionalismo y el rescate de lo “mexicano” entre los jóvenes estudiantes. También me tocó ser educado con esa narrativa carente de matices, y aún recuerdo el sentimiento antiespañol que provocó en mí.

Con la llegada del neoliberalismo, la situación comenzó a cambiar paulatinamente. A partir de los 90, el relato de la conquista que se impartía en primarias y secundarias adquirió un matiz menos nacionalista con la intención de fomentar en los estudiantes opiniones a favor de la globalización. La Conquista comenzó a tratarse como algo que sucedió hace siglos, que dio origen al pueblo mexicano y que unió a dos pueblos: el europeo y el americano. Así, se pretendía que las nuevas generaciones hicieran las paces con su pasado y miraran al futuro, hacia la inserción del país en el mundo globalizado, pues México estaba a punto de ser parte del primer mundo.

El tercer caso notable que se suscitó a raíz de las misivas obradoristas son los argumentos con los que algunas personas –funcionarios de gobierno incluidos, como Claudia Sheinbaum– defendieron la postura del Presidente mexicano como correcta y digna. La Jefa de Gobierno de la Ciudad de México dedicó dos publicaciones en su muro de Facebook mostrando que países desarrollados como Japón, Holanda y Canadá se han disculpado por las atrocidades que esas naciones han cometido en contra de otras en el pasado. Al comentar la situación en redes sociales, recibí un comentario señalándome que en 2010 Barack Obama ofreció disculpas a los pueblos originarios de Estados Unidos por el exterminio y despojo sistemático que ha cometido el gobierno estadunidense a lo largo de su historia.

Y sí, en efecto, se puede seguir el ejemplo de todos estos países y ofrecer disculpas por un agravio histórico; eso no cuesta nada y difícilmente podría molestar a alguien. Sin embargo, todos los casos mencionados tienen que ver con atrocidades cometidas en años recientes –en términos históricos–: Japón se disculpó con Corea y con China por haberlas invadido durante la Segunda Guerra Mundial; Holanda pidió perdón a Indonesia por la colonización de ese territorio, que alcanzó su independencia hacia los años 50. En el caso de Canadá y Estados Unidos, ambas naciones se disculparon ante los pueblos originarios por el despojo de tierras y los genocidios que se seguían cometiendo en el siglo XX. Es decir, todos los casos son ejemplos de historia viva, pues el recuerdo de todas esas atrocidades pervive entre las sociedades agraviadas. No han pasado más de tres generaciones que padecieron todo ello en carne propia. Cuando la historia aún está viva, las disculpas son necesarias para establecer un genuino proceso de reconciliación.

¿Por qué esa necesidad de juzgar el pasado como bueno o malo? ¿Qué se gana con interpretar la historia de hace 500 años a través de la mentalidad “progresista” del presente? ¿Acaso no sería mejor comprender nuestro pasado para conocernos (y aceptarnos) a nosotros mismos como sociedad? Tal vez así entenderíamos que los mexicanos de hoy somos resultado de ese proceso, y que México y España comparten un pasado común con más encuentros que desencuentros.

¿Y sí dejamos atrás esa idea de que México fue “conquistado”? Las investigaciones e interpretaciones históricas más recientes ofrecen una alternativa: Hernán Cortés y sus hombres llegaron a Mesoamérica en un periodo lleno de conflictos entre las propias ciudades de la zona, comprendieron esa lógica de guerra y buscaron insertarse en ella. Una de las coaliciones mesoamericanas aprovechó la llegada de los españoles para zafarse del yugo de los mexicas. Los hombres de Cortés tomaron el control de esa coalición y se colocaron a la cabeza del sistema mesoamericano replicando los modelos de dominación existentes: los vencidos se volvieron tributarios. Que no se nos olvide la participación de los indígenas en el proceso de conquista, fueron ellos los que tomaron la ciudad de Tenochtitlan y los que ayudaron a colonizar militarmente los territorios norteños. De esta forma, la guerra, el exterminio y la explotación no llegaron con los europeos, ya existían aquí desde mucho antes.

El eco de la acción de AMLO en redes sociales dejó ver que hoy está de moda el derecho de ofenderse, ya sea por lo que dicen y hacen los políticos, por la comida, por el arte, por la economía, por las películas, por la música, por el lenguaje, por la forma de vestir y hasta por la historia. Los mexicanos reclaman el derecho de ofenderse porque hace cinco siglos “los conquistaron”; los españoles se ofenden porque son vistos como “conquistadores”. El debate de fondo quedó de lado ante tantos humillados y ofendidos.

Para cerrar, me remito a otro comentario recibido en redes sociales que apuntaba que los pueblos originarios vuelven a estar en el centro del debate público. Estoy plenamente de acuerdo, y agrego: el gobierno mexicano tiene la obligación ética y moral de disculparse con aquellos por el acoso, despojo y exterminio sistemático al que los ha sometido en tiempos mucho más recientes.

Eduardo A. Orozco Piñon

(Ciudad de México). Es pasante de la licenciatura en Historia que imparte la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha participado como organizador y ponente de un puñado de eventos académicos relacionados con la historia militar y política mexicana del siglo XIX, temática y periodo de la que es especialista. Asimismo, es miembro fundador y activo del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval, cuyas sesiones se llevan a cabo en Palacio Nacional el último viernes de cada mes.

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