Ataraxia interrumpida: De magnicidios y verdades ocultas


La gente salió huyendo, mirando yo enojado,

toditos asustados comenzaron a gritar:

¡Huye, José! ¡Huye, José!

Hace 25 años, un revólver Taurus calibre .38 enturbió los aires de cambio democrático que soplaban en México.

Y no sólo eso: aquel impacto junto a la oreja derecha de Luis Donaldo Colosio Murrieta plantó la semilla de un temor que nos acompaña hoy día, normalizado, asimilado. ¿Esperado?

Era el 24 de marzo de un convulso 1994, que veía nacer al narcotráfico o levantarse al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, cuando el candidato priista a la Presidencia de México fue asesinado a plena vista de todos al término de un evento en Lomas Taurinas, Tijuana.

Era el candidato oficial, el elegido del partido que se había perpetrado en el poder por más de medio siglo. Pero en sus discursos proclamaba un México para los campesinos empobrecidos, los trabajadores malpagados y los indígenas hambrientos de justicia, dignidad y progreso. “Yo veo un México…”, decía a las multitudes cual Luther King.

Entonces, cuando un tipo de esperanza política se alcanzaba a percibir en el horizonte, un tal Mario Aburto —¿uno o varios?— la derrumbó de tajo. ¿Quién lo ordenaría? ¿El emergente crimen organizado? ¿El ex regente del entonces Distrito Federal, Manuel Camacho Solís? ¿La CIA con su amplio historial intervencionista?

No nos hagamos tontos. Todos sabemos quién fue el autor intelectual del magnicidio más famoso del País, o al menos creemos saberlo. Sus apellidos resuenan en México con la villanía propia de cualquier personaje de ficción, pero con la amarga crudeza de estar verdaderamente entre nosotros.

Lo cierto es que muchos aún éramos jóvenes y, al no ser enteramente conscientes del fatídico evento que cambió el rumbo de la nación (o impidió que así fuera), fuimos moldeados por la creencia popular; adoptamos la especulación que iba de boca en boca. ¿Y por qué no? ¿Qué opción había? Ni los más despiertos podían concluir nada certero de aquella investigación amañada y su marejada de información contradictoria, manipulada, veleidosa.

El sábado se cumplió un cuarto de siglo de este hecho y aún sabemos lo mismo que en aquel entonces. Exactamente lo mismo que sabemos de Ayotzinapa, de Aguas Blancas, del Halconazo, del 68, ¿de los Moreno Valle?

“La verdad en México sigue siendo un gran problema, y todos los grandes eventos de México siguen sin ser resueltos”, dijo en una entrevista Francisco Haghenbeck, cocreador de Matar al candidato, novela gráfica ilustrada por Bernardo Fernández “Bef” que retoma este caso y lo presenta a una generación que no había nacido, o que lo pone de nuevo en la mesa de quienes lo vivieron, lo padecieron, lo lloraron en su día.

“¿Y (México) necesita otro libro sobre Colosio?”, pregunta Elsa, periodista ficticia que protagoniza la obra, cuando su editor le comisiona una investigación retrospectiva del tema. “¿Por qué no? La verdad y la justicia siempre escasean por estos rumbos”, le responden.

Una opción más, entre las películas, documentales y reediciones de libros, para revisitar el asesinato que nos hizo creer en las teorías de conspiración. El caso que viene a nuestra mente, nos enchina la piel y hela la sangre en cada periodo electoral o cuando vemos al Presidente trasladarse en su Jetta blanco sin un gran despliegue de seguridad

Ese Mandatario que reveló haber cenado con el priista caído dos días antes de la tragedia, y que aprovechó la efemeride para pedir a su equipo hacer lo necesario para obtener la verdad “porque los mexicanos tienen derecho a saber qué pasó”. Sólo para que su Secretaria de Gobernación respondiera negando la posibilidad de abrir la investigación —que en su momento realizó el ahora Ombudsman nacional, Luis Raúl González Pérez—.

Los años pasarán, la Cuarta Transformación se extinguirá, y seguiremos sin saber nada. O por lo menos querremos seguir sin saber nada, cobijados por la falsa certidumbre de las leyendas urbanas, por las ficciones que apaciguan el angustiante vacío, justo como expone ése cómic que interrumpió mi ataraxia esta semana.

“Aprendí sobre la teoría de la conspiración que creer en ella es más reconfortante, pero la verdad es que el mundo es caótico. No hay conspiración de los sionistas, ni mafia del poder, o alienígenas verdes, ni reptiloides que nos controlen desde otra dimensión.

“La verdad es más aterradora: nadie tiene el control. Este País carece de timón”, concluye Elsa.

 

Pirrón Kapuściński

Antiguo rey narrador, físico[CULTURISTA] y artista contemporáneo aprobado por Avelina L. Inflación cosmogónica, interrupción legal de las ideas y enmascaramiento de la verdad a precio de menudeo.

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