No es otra tonta película sobre futbol.


El hijo de dios, un western bíblico futbolero

Desde pequeño y de manera inconsciente, me fui acercando a la cultura argentina por distintas aristas. Al principio fueron elementos generales y comunes a los que un niño de la periferia de la Ciudad de México podía acceder, como la música o el futbol. Sin embargo, al paso del tiempo y con lo que yo atribuyo como cierta madurez intelectual (si es que eso existe), el gusto no se fue refinando, pero sí extendiendo. Me siguió gustando su música y su forma de ver y vivir el futbol, pero ahora también me gustaba su literatura, su historia y, más recientemente, su cine.

Crecí convenciéndome a mí mismo día con día de que en el país de Evita, Piazzola y Riquelme se hacían mejor todas las cosas que me gustaban y que, por sobre todo, esas cosas parecían estar relacionadas siempre las unas con las otras. No eran entes ajenos e individuales que se explicaban por sí mismos. No. Era un todo formado por actores independientes, pero que interactuaban los unos con otros y que siempre terminaban por entregar resultados que me sorprendían. Eso es justamente lo que me pasa con El Hijo de Dios, un western bíblico futbolero.

El filme argentino realizado en 2016 bajo la dirección de Gastón Girod y Mariano Fernández se centra en un grupo de tres viajeros que, de paso por un pueblo de nombre Betania, sitio ficticio donde se va a desarrollar la historia, se ven envueltos en un enfrentamiento ante las autoridades civiles y religiosas, el cual va a determinar el destino del pueblo.

Desde el inicio de la película, podemos darnos cuenta que los nombres de los sitios y de los personajes engendran algo más que una mera designación arbitraria. Betania, sitio bíblico en el que, según el Nuevo Testamento Jesús fue de visita, y que por otro lado también es fonéticamente similar a Bretaña, miembro del Reino Unido con quien Argentina tiene una disputa histórica y ampliamente estudiada, en donde suena sensato que un grupo de viajeros de esa nacionalidad encuentre problemas (aunque esto es más una interpretación personal que una realidad objetiva).

En ese pueblo, recreación del asentamiento bíblico o paralelismo revanchista contemporáneo, vive Pilatos, quien es el encargado de impartir su justicia, apoyado por personajes como Catenaccio, homólogo del juego defensivo nacido en Italia y creado para destruir el ataque y la creatividad en el futbol, y también por el sacerdote del pueblo, el cual es de origen español y parece ser la mismísima Santa Inquisición si ésta hubiera tomado la forma de una persona. En Betania, Pilatos, Catenaccio y la Inquisición van a coincidir con Juan, Bautista, Santiago, Magdalena, Lázaro y Jesús, que, dicho sea de paso, viaja a pie y es zurdo. Como Messi. Como Maradona.

Ese es el primer pilar que sostiene la película. Retomar y a la vez reconstruir personajes que todos conocemos mediante relatos bíblicos, dentro de un ambiente que no es el suyo, pues aunque los nombres nos remitan a la Jerusalén de hace poco más de dos mil años, los escenarios y el tipo de historia que se desarrolla nos van a llevar más bien al viejo oeste de mediados y finales del siglo XIX, y a la manera en que se nos enseñó —mediante el cine hollywodense— que se resolvían las cosas: Los duelos.

Porque Betania tiene toda la pinta de ser un asentamiento de cowboys y sheriffs, tanto por los escenarios como por los papeles que desempeña cada uno de los personajes, y por la forma en la que está escrita y llevada la trama de la película: Los buenos, los malos, el pueblo sojuzgado, el enfrentamiento, la resolución. Por momentos parece que estamos viendo Los siete magníficos en una realidad alterna, una realidad en la que la cultura del sur se impone a la del rico vecino del norte; una realidad en la que el futbol se impuso al football.

Pues, aunque suenen similares, el término anglicista del deporte al que nos referimos apela a valores distintos e incluso opuestos a los que se valoran en el futbol sudamericano, y sobre todo el argentino. La mercantilización del juego opuesta a la identidad y al arraigo, lo determinado y predispuesto enfrentado a la creatividad y a la espontaneidad; el futbol romántico versus el futbol moderno. Todos éstos son elementos que podemos encontrar de forma a veces implícita, a veces explícita, en la película y que van dándole forma a la misma.

Un observador medianamente inmiscuido en el mundo de la religión, del viejo oeste o del futbol podrá encontrar éstos u otros elementos (Beckenbauer, Rene Houseman, la última cena, guiños a Osvaldo Soriano, el contrabando o la predicación) a lo largo de la hora y treinta y dos minutos de duración de la cinta, que es, sin duda alguna, otra de esas frescas y novedosas propuestas que uno encuentra en el sur del continente.

Argentina ya me había sorprendido con La frecuencia Kirlian, y ahora lo vuelve a hacer con una película que puede o no gustarte, pero que es original de inicio a fin, que retoma elementos ya conocidos, los conjunta y los convierte en algo novedoso, en una propuesta que puede disfrutar una persona versada en los temas que maneja el filme, pero también alguien que no tiene idea de la cantidad de referencias que ahí se plasman.

No pretendo que ésta sea una crítica cinematográfica de primer nivel, pues soy consciente de las limitaciones que tengo dentro del área. Tampoco busco hacer un análisis pormenorizado de las implicaciones religiosas que la película enmarca, y mucho menos trato de que al lector le guste el futbol. Mi objetivo es mucho más sencillo: animarte a ti, que lees esto, a que veas la película y reflexiones sobre ella.

Carlos Alberto González de León

Carlos Alberto González de León, licenciado en Historia por la UNAM FES Acatlán. Nací en la Ciudad de México y resido en el estado de Puebla. Actualmente Coordinador General del “Primer Coloquio Interdisciplinario de Estudios Sobre el Deporte en México y en el mundo” que se llevará a cabo en el mes de septiembre.

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