El fistol del Diablo: Reciclar no evitará el colapso del medio ambiente


Megalópolis como la Ciudad de México sufren una problemática que parece inadvertida por la gran mayoría de los citadinos con acceso a sistemas de recolección periódica de desechos: el tratamiento de la basura. Esto no es algo que nos preguntemos o que nos cause tanta incertidumbre como para abandonar nuestra rutina diaria de trabajo: desayunar (y excretar desechos orgánicos), comprar café (vasos de unicel del Oxxo o de las cafeteras comunitarias), estar en la oficina y mandar imprimir documentos (desechos “reciclables”), salir a comer (ensaladas en sus compartimentos de plástico o comidas corridas que generan más desechos orgánicos), volver a casa y comprar un antojo en el camino (envolturas de papas, galletas, panqués, etc.). El ciclo continúa hasta el infinito.

La basura es algo que nos es muy real, que se nos muestra en todas partes, pero que decidimos ignorar por voluntad propia. Está presente cuando la metemos en una bolsa de supermercado y se la damos al recolector de basura con la esperanza de que desaparezca de nuestras vidas para siempre. También, de forma más explícita, está amontonada en las esquinas de las calles a la espera de que alguien —nunca se sabe en qué momento ocurre exactamente— se haga cargo de ella. Aparece, de igual forma, obstruyendo las coladeras y alcantarillas, pues cien personas que arrojaron sus desperdicios creyeron, deliberadamente, que “no haría daño que una sola persona lo hiciera”. Estas dinámicas son comunes para todos nosotros, pero decidimos hacemos de la vista gorda. Viviendo en el aquí y el ahora, no hay tiempo para pensar en el apocalipsis ecológico que sólo la televisión y las películas se han imaginado. Pero el problema está ahí, aunque lo ignoremos, y la forma tan laxa con que hemos tratado los desechos (ese elefante blanco en la habitación) no tardará en estallarnos en la cara.

El tema de la basura puede ampliarse al cuidado del medio ambiente. En los últimos años se ha puesto de moda la búsqueda de una vida más sana y ecológica. Ha aparecido un cierto “mercado”, si lo vemos desde un punto de vista mercantil, interesado en vivir una vida más “amigable” con el medio ambiente: personas preocupadas por usar bolsas biodegradables, cubiertos, vasos y platos de madera (más específicamente, de bambú), comida orgánica, transporte (carros y bicicletas eléctricas), ropa, calzado y, más recientemente, tecnología. Como suele ocurrir, las empresas han encontrado en las protestas sociales un nuevo grupo interesado en adquirir mercancía ecológica y que está dispuesto a pagar las grandes cantidades de dinero que requiere esa producción especializada. La ecología como algo elitista, exclusivo para quienes tienen dinero y pueden presumir de ello.

La preocupación por el reciclaje se ha extendido a las políticas públicas de la Ciudad de México. Se exhorta a la ciudadanía a separar la basura en orgánica e inorgánica para después ser depositada en contenedores especiales, aunque al final todo mundo sabe que esos desperdicios se mezclarán dentro de la unidad de reciclaje, pues son los mismos camiones que, desde hace veinte años, se han mantenido en activo. Se le pide a la sociedad no tirar sus desechos en las calles y mejor hacerlo en pequeños contenedores dispuestos en parques y avenidas diseñadas para recibir esa basura circunstancial (no están diseñados para que los inconscientes dejen sus desechos diarios). El interés del gobierno ante este problema es nulo, como siempre.

Tanto en los individuos comprometidos con la ecología como en las políticas estatales, observamos el mismo discurso: el responsable de los desechos y de su trata es el mismo individuo. Ante esta forma de ver las cosas, la población es la culpable de que hoy el problema de la basura haya sobrepasado las políticas de los gobiernos en turno. Si extendemos más el discurso, serían las mismas personas de a pie quienes han causado el problema ecológico que hoy nos aqueja a todos. ¿Pero es cierto? Del mismo modo que la problemática de la corrupción, ¿el individuo es el culpable?

En realidad, el tema de la basura y del cuidado del medio ambiente responde a un círculo que engloba tanto al individuo y al gobierno como a las grandes compañías que se sostienen a partir de un modelo de superproducción insostenible. Basta el ejemplo de las grandes cadenas de supermercado, con sus filas interminables de productos que se van sustituyendo periódicamente. Cuando éstos caducan, son destruidos o desechados (en el mejor de los casos, a veces tan solo se les cambia la fecha y los vuelven a exhibir). La misma dinámica de desperdicio la observamos en las distintas cadenas de ropa, de artículos deportivos, de belleza, los restaurantes… ¿Qué pasa con lo que no se vende? ¿A dónde van a parar los desperdicios de estas grandes transnacionales? Y si vamos más lejos, ¿qué pasa con todos los recursos naturales que se utilizan para diseñar un producto (el proceso industrial y todos los desechos que vierten sobre ríos y mares) y transportarlo (expulsión de metales pesados al aire) a las distribuidoras. Todo este proceso, sin duda, no se compara con los desperdicios que una sola persona produce a lo largo de su vida.

Como un acto de buena fe o de “preocupación” ante los problemas generados por el desperdicio y la superproducción, los gobiernos e iniciativas privadas han invertido en nuevas tecnologías encaminadas a crear materiales de construcción que tengan un menor impacto medioambiental en el planeta. Por ejemplo, se han desarrollado procedimientos para aumentar el proceso de degradación de plásticos y metales que tardarían millones de años en desaparecer. Es el futuro que viene a decirnos que hay esperanza a través del desarrollo científico y tecnológico. Y lo que es mejor, el mensaje invita a pensar que este problema puede resolverse sin la participación de la misma sociedad: tan solo debemos sentarnos y esperar que los científicos hagan su trabajo y nuestro estilo de vida nunca se verá afectado. En vez de atacar el verdadero problema, que es la superproducción y la destrucción voraz del medio ambiente por parte de las grandes empresas y del mismo sistema económico que permite dicha explotación, la respuesta al colapso ambiental es invertir en nuevas tecnologías que permitan el sostenimiento de las mismas dinámicas económicas.

Confiar en que la ciencia y la tecnología (puestos así, como entes omnipotentes) nos salvarán de nuestro trágico final es mostrarse ingenuos ante un problema que ya parece irreversible. Todos, sin excepción, somos culpables de esta debacle. Por un lado, la población, impregnada por esa necesidad individualista de comprar y desechar de forma continua, sin detenerse a pensar en lo que ello está provocando, ha alimentado a un monstruo que no tiene llenadera. Por otro lado, el gobierno tampoco se queda atrás, pues las políticas de “concientización” no sirven para nada si al final las leyes y las sentencias no son suficientes para generar un cambio. Finalmente, nada de ello se compara con el desperdicio que producen las grandes empresas. Escudarse en la generación de empleos (mal pagados y sin derechos) no es suficiente para justificar la destrucción y saqueo de los recursos naturales, ni mucho menos la contaminación del planeta.

Confiar en la tecnología y desarrollo científico para solucionar los problemas que afectan nuestro planeta es, en el mejor de los casos, ingenuo. Creer que todo se solucionará si producimos más materiales biodegradables o encontramos una bacteria que se coma la basura y limpie nuestros océanos es evadir nuestra propia responsabilidad. Esperar a que llegue el día que logremos cualquier cosa con tan solo apretar un botón es tanto como creer que algún día nuestro mundo será tan elaborado como el universo de Los Supersónicos. Pero, ¿recuerdan por qué vivían en ciudades sobre las nubes? En efecto. Para el momento en que podían colocar una cápsula dentro del microondas y después obtener un filete, era porque el planeta tierra estaba colapsado. ¿Estamos dispuestos a apostar por un futuro así?

José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

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