#DesentrañandoLa4T: Para entender la política exterior de la 4T


El 7 de enero de 2019, durante su rutinaria conferencia de prensa matutina, el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Andrés Manuel López Obrador, fue cuestionado de manera directa por un periodista sobre su neutralidad ante la situación de inestabilidad política y económica que vive Venezuela. La respuesta del Ejecutivo mexicano quedó grabada para la posteridad y constituye uno de los momentos más divertidos que han ocurrido en las “mañaneras”: el Gobierno de la Cuarta Transformación se rige por los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos.

El momento lo pueden ver aquí:

En los días posteriores se le continuó increpando sobre por qué México no apoya la coalición internacional para intervenir, de una manera u otra, en el caso venezolano. La respuesta se mantuvo: la Constitución mexicana lo prohíbe en su artículo 89, que dice:

“En la conducción de tal política, el titular del Poder Ejecutivo observará los siguientes principios normativos: la autodeterminación de los pueblos; la no intervención; la solución pacífica de controversias; la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales; la igualdad jurídica de los Estados…”

Conviene hacer un breve repaso por la historia de México como nación independiente para poder entender los planteamientos de López Obrador, pues es bien sabido que el Presidente tiene un conocimiento decente de historia nacional, que de entrada lo separa de inmediato de los mandatarios de la “noche neoliberal”.

Durante 1821, tras la firma del Acta de Independencia del Imperio Mexicano, la nueva nación se consideró así misma como guiada por la providencia para convertirse en la gran potencia americana, compitiendo con Estados Unidos. Para realizar este proyecto, el emperador Agustín I dio orden de mandar un contingente del ejército a Centroamérica con el fin de “convencerlos” de que el Imperio Mexicano los protegería ante cualquier amenaza extranjera (claro está que Agustín I no se veía a sí mismo como un invasor, sino como el padre benévolo o hermano mayor de los centroamericanos). La expedición fue un fracaso; las fuerzas insurgentes de Fray “Tasajo” (porque cargaba tremendo machetón para acribillar a sus enemigos) y de los chapines republicanos terminaron por desgastar y expulsar a la expedición mexicana. Nada se logró con el intervencionismo mexicano.

En los años posteriores, como es bien sabido, el México republicano se encontró a sí mismo defendiéndose de una serie de invasiones extranjeras, por lo que el periodo que va de 1829 a 1867 bien podría llamarse la “era de las intervenciones”. Tal parece que la carga kármica por invadir Guatemala fue cobrada al por mayor por las potencias mundiales del siglo XIX:

-1829: La patética invasión española comandada por Isidro Barradas, que fue detenida por el “héroe de Cempoala” (o el “quince uñas”, como quieran decirle) Antonio López de Santa Anna.

-1836: La independencia de Texas, originada por la incapacidad del gobierno mexicano para cuidar sus propias fronteras.

-1838: La primera intervención francesa, también conocida como “guerra de los pasteles”, donde ya se veía venir que a los franceses les gusta invadir países con el pretexto de deudas inexistentes y en el proceso gastar cinco veces más de lo que venían a cobrar.

-1846: La invasión estadunidense, trauma nacional que sigue doliendo generación tras generación, y que provocó radicales transformaciones en el territorio nacional.

-1862: La segunda intervención francesa y el segundo imperio mexicano, que es lo mismo que la primera, pero con una ocupación de cinco años de duración y la imposición de un monarca europeo en gustación de un presidente mexicano.

-1914: La intervención norteamericana durante todo el proceso revolucionario mexicano, ya sea en forma de conspiraciones y apoyo a golpes de estado, bloqueos al puerto de Veracruz, venta ilegal de armas o expediciones punitivas.

Así pues, si alguien ha vivido en carne propia las consecuencias de las intervenciones extranjeras directas ha sido México. Esa es la razón por la que desde la segunda mitad del siglo XIX la mayoría de mandatarios mexicanos han buscado conducir la política exterior del país a través del principio de “no intervención”. La idea básicamente es “no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”.

Si bien López Obrador tiene razón al afirmar que la actual Secretaría de Relaciones Exteriores sigue los principios juaristas de autodeterminación de los pueblos, es en el siglo XX cuando se plasmaron las actuales bases en materia de política exterior.

En la década de 1930, el diplomático mexicano Genaro Estrada plasmó los principios rectores de la política exterior nacional en un documento titulado Doctrina mexicana (comúnmente conocido como Doctrina Estrada), que se opone a la añeja práctica de que el gobierno de una nación es legítimo sólo cuando otras más poderosas lo reconocen; asimismo, establece que los gobiernos extranjeros deben abstenerse de emitir juicios de valor respecto a los cambios políticos de otras naciones, pues el juzgar como bueno o malo a un gobierno específico implica una violación a la soberanía de las naciones y de sus pueblos. En ese sentido, la Doctrina mexicana postula que México no debe otorgar reconocimiento a ninguna nación del mundo, ya que esta es una práctica denigrante, limitándose únicamente a mantener o romper relaciones diplomáticas con las naciones extranjeras cuando así se considere pertinente.

No es casualidad que dicha doctrina haya surgido en 1930. Por un lado, los gobiernos posrevolucionarios se habían enfrentado, una y otra vez, al problema del reconocimiento extranjero, lo que provocó que muchas veces se hicieran concesiones ante otras naciones en términos poco favorables. Por otra parte, la década de los 30 es la época de los fascismos y totalitarismos, lo que implicaba que las relaciones internacionales, especialmente las de Europa, se encontraran en un momento francamente agresivo que fácilmente (ya se sabía que así iba a suceder) podían desembocar en un conflicto internacional a gran escala. A todo esto hay que agregar la gran carga ideológica de aquellos años representada en dos grandes posturas antagónicas: fascismo y socialismo.

El Presidente mexicano, Lázaro Cárdenas, abiertamente socialista (pero a la mexicana), decidió usar y realzar la doctrina para conducir las relaciones internacionales en aquella época tan convulsa, logrando sentar las bases para que el país comenzara a ser reconocido como un actor diplomático relevante y coherente en el mundo. En ese sentido de coherencia (al menos en términos de historia diplomática) debe entenderse la participación mexicana en la segunda mundial: un gobierno socialista decide combatir contra naciones extranjeras fascistas que han agredido abiertamente a ciudadanos mexicanos, y no por ambiciones económicas o territoriales.

Durante el resto del siglo XX, en los años del llamado “milagro mexicano” 1950-1970 (o, en términos económicos, “desarrollo estabilizador”), los diplomáticos mexicanos gozaron de prestigio en el concierto de las naciones. Durante la década de los 70 México no otorgó reconocimiento a ninguno de los gobiernos emanados de los golpes militares latinoamericanos, limitándose únicamente a mantener o terminar relaciones diplomáticas con aquellos. Todo esto provocó que el país fuera reconocido internacionalmente en la forma de tres grandes eventos: ser sede de las Olimpiadas en 1968, ser sede del torneo mundial de futbol en 1986, y la firma de un poco conocido “Tratado de Tlatelolco” que buscaba la proscripción de armas nucleares en América Latina y el Caribe signado en 1969 como consecuencia directa de la “crisis de los misiles” cubanos, que puso al mundo al borde de la guerra nuclear.

Con la implementación de las medidas neoliberales, México comenzó a alinearse con la política exterior norteamericana, volviéndose un “socio” cada vez más cercano, que pocas veces alzó la voz en contra de las injusticias del país vecino. Así, el prestigio de la diplomacia mexicana fue decayendo de manera estrepitosa a la vista de todos. ¿Se acuerdan de esa lección de alta diplomacia impartida por Vicente Fox en el “comes y te vas” ante Fidel Castro? ¿Recuerdan el reconocimiento abierto y pleno que Felipe Calderón le otorgó al gobierno hondureño de Manuel Zelaya mientras sufría un golpe de Estado? ¿Qué hay sobre las intenciones, desde 2014, de que México forme parte de las fuerzas de paz de la ONU? ¿Acaso eso no contaría como una intervención directa en los asuntos de otras naciones? ¿O qué tal los desaciertos internacionales del gobierno peñanietista, que, por cierto, nunca fue respetado ni considerado ante las demás naciones? si no me creen vean en YouTube de la firma del nuevo TLCAN

Por todo lo hasta aquí dicho es que es tan divertido y absurdo ver que tantos periodistas cuestionen, una y otra vez, a López Obrador y su Secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, sobre la neutralidad mexicana en el caso venezolano. Esas preguntas serían innecesarias, o mejor aún, serían reformuladas, si se conociera un poquito más el pasado nacional. El caso de la política exterior de la Cuarta Transformación es un claro ejemplo de que el conocimiento histórico es útil y necesario para entendernos como sociedad. Es por ello que, en lo personal, me asombra tanto que existan personas que piden abiertamente una intervención mexicana en los asuntos de Venezuela, como si esas personas se identificaran más con la tradición tan estadounidense de invadir países a la menor provocación, como si no tuvieran ni siquiera un conocimiento mínimo sobre el pasado nacional, como si no entendieran que la no intervención y la autodeterminación de los pueblos son los ejes que deben seguir conduciendo la política exterior precisamente porque México ha sufrido invasiones e injerencias en sus asuntos internos a lo largo de su historia.

Tal parece que México podrá recuperar el brillo internacional que lo caracterizó durante el siglo XX, asumiendo un papel de mediador en los conflictos internacionales, como el que ya se ha ofrecido en el caso de Venezuela, abriendo las fronteras del país para que las partes en pugna puedan sentarse a dialogar y negociar en territorio neutral. El camino del diálogo será el que coloque a México como el actor diplomático más importante del continente americano, a la vez que diversificará a sus socios internacionales alejándose de la influencia directa de los Estados Unidos.

 

Eduardo A. Orozco Piñon

(Ciudad de México). Es pasante de la licenciatura en Historia que imparte la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha participado como organizador y ponente de un puñado de eventos académicos relacionados con la historia militar y política mexicana del siglo XIX, temática y periodo de la que es especialista. Asimismo, es miembro fundador y activo del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval, cuyas sesiones se llevan a cabo en Palacio Nacional el último viernes de cada mes.

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