#DesentrañandoLa4T: Del uso de las Fuerzas Armadas a la Guardia Nacional. Las estrategias en contra el crimen organizado en los últimos doce años


“Abrazos, no balazos”, este fue el lema más sonado de la campaña de Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Pero hay que ser muy ingenuo para creer que realmente ésta sería su estrategia de seguridad nacional al momento de ejercer el cargo del ejecutivo. En efecto, el primero de diciembre llegó y lo que observamos fue una vuelta de tuerca al discurso de campaña que condenaba los excesos cometidos por las Fuerzas Armadas, por uno mucho más moderado y reivindicador: el Ejército Mexicano es el ejército del pueblo. El simbolismo fue evidente cuando la institución armada fue la encargada de colocarle la banda presidencial al nuevo Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas. Lo que era lógico que ocurriera ocurrió: el Ejército y la Marina no abandonarán, por lo pronto, las calles de la república.

¿Realmente los votantes creían que cualquiera de los candidatos, sin importar el partido, regresaría a las Fuerzas Armadas a los cuarteles? El problema de la violencia se ha convertido en una herramienta política de la cual todos creen tener la mejor estrategia para erradicarla, pero que, al momento de enfrentarse en serio al problema, al final recurren al mismo desenlace: las Fuerzas Armadas como el principal medio de combate, pues las instituciones policiales están rebasadas.

En realidad, hasta el 2006, México no tenía un problema serio de violencia de parte del narcotráfico. Aunque ello no significa que no existiera. Al contrario, si algo probó el despliegue de tropas en Michoacán fue la capacidad que tenía el crimen organizado para penetrar en los distintos niveles de gobierno, en los ministerios públicos y en la misma policía. Pero justamente esto era lo que generaba un status quo que de una u otra forma le permitía subsistir tanto al gobierno como al narcotráfico desde los años 80s. La estrategia de sacar al Ejército a las calles para realizar tareas policiales (algo para lo que nunca estuvieron capacitados y por lo cual siempre exigieron un marco jurídico) alteró el equilibrio de poderes, lo que derivó en una escalada de violencia que demostró, por un lado, la capacidad económica y armamentística de los cárteles, y los problemas sociales de los que se aprovecha el crimen organizado.

Durante seis años los medios mostraron los resultados de este enfrentamiento directo al crimen organizado: balaceras, persecuciones, narcomantas y muertos por doquier. Al final era difícil saber hasta qué punto las imágenes que se mostraban en los noticieros ocurrían en México o en alguno de los países más violentos de África. Cómo olvidar cuando, en 2008, se suspendió un partido de la liga mexicana de futbol por detonaciones de armas de fuego afuera del estadio, o las distintas grabaciones de las guarderías y escuelas que circulaban por el internet, en las que las profesoras trataban de calmar a los niños y aquellas eran vistas como verdaderas heroínas.

En 2012, la estrategia fallida cobró factura al PAN y los votantes trajeron una vez más a un viejo conocido: el PRI, quien buscó combatir al crimen organizado desde la inteligencia para ubicar y apresar a las cabezas del narcotráfico con el menor derramamiento de sangre posible, así como la creación de un nuevo cuerpo de seguridad, la Gendarmería, una especie de fuerza de seguridad mejor instruida en tareas policiales, pero que nunca dio el ancho de lo que prometieron. El resultado: algunos de los hombres fuertes del crimen organizado cayeron, aunque ello también significó una fragmentación de los cárteles y células delictivas, lo que aumentó l violencia entre los líderes que buscaban ocupar esas nuevas plazas. Aunque hubo una reducción de la violencia que se mostraba en los medios de comunicación, en realidad ello se debió al pacto que suscitaron las televisoras mexicanas para darle una mejor imagen al país, por lo que mucha de la violencia fue censurada. La tercera captura del “Chapo” demostró la incompetencia de las instituciones mexicanas, para las que fue más conveniente extraditarlo a Estados Unidos.

Este nuevo gobierno ha demostrado estar muy consciente de la historia de México y no ha dudado en referirse a ella para legitimarse ante el pueblo. En este caso, no sorprende que se haya recurrido a un cuerpo que tuvo una participación importante en algunos de los periodos históricos claves del país, como la guerra contra Estados Unidos y la intervención francesa, mismo que además estaba compuesto por civiles. En efecto, la estrategia del nuevo gobierno ha versado en recuperar la idea de la Guardia Nacional, pero a diferencia de la del siglo XIX, que fungía como una fuerza de reserva que entraba en operaciones cuando el Ejército Permanente era rebasado, se espera que la moderna Guardia Nacional sea un contingente que realice tareas policiacas en coordinación con los diferentes niveles de gobernación. Por lo tanto, más allá del nombre, no hay una relación directa entre ambos cuerpos.

Faltará ver cómo se modifica y se adapta la Guardia Nacional y hasta qué punto es realmente útil para combatir al crimen organizado. Por el momento sólo podemos quedar a la expectativa de lo que ocurrirá en estos seis años. En caso de que el lector se lo pregunte, la respuesta es no, el Ejército y la Marina no volverán a sus cuarteles en los próximos años. El miedo a una guerra sirve para crear enemigos y para justificar excesos, y ello es muy conveniente cuando los caudillos comienzan a perder su poder.

José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

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