El fistol del Diablo: La falacia del progreso moral


En los últimos años hemos visto cómo las redes sociales, los medios de comunicación y la literatura popular se han llenado de frases artificiales que centran su argumento central en la existencia de una nueva forma de progreso. Expresiones como “ese es un pensamiento retrógrado”, “tienes una visión del mundo muy medieval” o uno de los más usados por políticos y líderes sociales: “estamos en el siglo XXI” se manifiestan como una forma de legitimar todo lo que se identifique con lo moderno y lo progresista. Al mismo tiempo, rechazan aquellos pensamientos o acciones “negativos” que parecen tener un fuerte vínculo con el pasado. Pero, ¿es válida esta argumentación para denostar o desacreditar líneas de pensamiento contrarias al nuevo progresismo? ¿O sólo es una justificación para adquirir beneficios políticos de parte de ciertos colectivos “progresistas”?

Desde que la historia del ser humano comenzó, éste siempre ha buscado explicar su existencia con argumentos que le den la seguridad de que está en este planeta por alguna razón o que existe algún plan divino con el cual es posible darle orden al caos. Para ello, se ha escudado en la creencia de que hay un camino unidireccional que lo llevará, según sus estándares contextuales, a un lugar mejor que supera a su presente. Por ejemplo, en la Edad Media, con la influencia del cristianismo, el mundo terrenal sólo tenía la función de esperar pacientemente por el día del Juicio Final y la Parusía, con lo que se daría fin a los tiempos.

Desde la Ilustración, un nuevo modelo de pensamiento basado en la razón, en el conocimiento científico y en el desarrollo tecnológico, comenzó a propagarse entre las élites culturales de la sociedad occidental. Surgieron ideas relacionadas con los derechos del hombre y la búsqueda de la felicidad, en especial a partir de la nueva tecnología que parecía facilitar la vida. Poco a poco apareció la noción de que el progreso social y humano podía alcanzarse a través del desarrollo tecnológico de las naciones. Así, a finales del siglo XIX, atestiguamos los efectos de esta filosofía desmedida: la industrialización de las naciones, el imperialismo y la lucha entre pequeños sectores que se beneficiaron con esta ideología y la amplia masa de trabajadores que sufrieron del capitalismo voraz.

A principios del siglo XX, el progreso marcaba la pauta de la felicidad y de lo que significaba ser un pueblo civilizado. Inglaterra, Prusia, Francia y Estados Unidos impusieron su modelo civilizatorio sobre el resto de las regiones menos desarrolladas del planeta, como las de África y América. La paz duradera producto de una carrera industrial entre las naciones estalló en una carnicería conocida como la Primera Guerra Mundial, misma que sentó las bases de la Segunda Guerra. Todos los problemas que sufre Occidente hoy día surgieron justamente de confiar en la idea de progreso.

Hoy día, la noción de progreso ha regresado, pero con otros argumentos. Ya no es tanto la fe en la industrialización (aunque no se ha abandonado), sino lo moral el elemento que le da forma a la creencia de que estamos mejor que en el pasado. El progreso ahora se entiende como la búsqueda de la felicidad a partir de la tolerancia del libre pensamiento, el respeto a la ambigüedad de los sentimientos individuales y la inversión de los estereotipos preexistentes, algo que, según los defensores del progresismo moderno, no se encuentra en el pasado, por lo que hoy estamos mejor que en la Edad Media.

Es ahí donde viene la falacia. El progreso es creer que se va a alguna parte y que las etapas de la historia están vinculadas por una evolución progresiva del pensamiento, que va de un estado pasado decadente hacia un presente libre de todo estigma social. Progreso es defender la idea de que hoy estamos mejor que en el pasado sólo porque le asignamos al pasado un valor con base en una moneda de cambio que no tiene ningún valor claro, como lo es la tecnología, la ciencia, lo moral o el sentimentalismo. Al final, no hay un parámetro claro de comparación, pues es imposible valorar el pasado desde nuestro presente. Sin embargo, el discurso progresista es tan fuerte y tan convincente porque es bien manejado por colectivos y grupos políticos que en algún momento no tuvieron voz ni voto y que, al tenerla ahora, parecieran ser la muestra de la existencia de dicho progreso.

La argumentación de los “progres” modernos se vuelve una falacia, pues es imposible asignar una dirección verdadera a lo que vivimos ahora mismo. Es recuperar la creencia de que un ente recorre la historia llevando a las sociedades hacia un fin preestablecido, en el que todo tiempo presente fue mejor. Ni la tecnología, ni la ciencia ni la libertad son parámetros comparativos de la historia. Intentarlo demuestra la falta de noción histórica y la terrible ignorancia y manipulación de estas modernas esferas de poder.

Pensar que en el siglo XXI estamos mejor que antes en términos de progreso es no comprender que en países como México y varios de Sudamérica seguimos teniendo problemáticas sociales del siglo XVI. Si primero no se resuelven éstos, de qué nos sirve que en Estados Unidos y Europa impongan un modelo social del siglo XXI. ¿Realmente estamos entendiendo qué significa el progreso?

José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

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