Endenantes: País de rumores


Abrí el Whatsapp y, como siempre, su mensaje no estaba; en su lugar, la notificación del grupo familiar “grande”, donde está casi toda la familia, me indicaba que tenía diez mensajes sin leer. Ya sé, ya sé, ¿para qué los leo?, ¿por qué no mejor me salgo del grupo? Si los memes que mandan ni están buenos y siempre abundan las reflexiones de Piolín. Pero abrí la conversación porque no me gusta que se me acumulen las notificaciones. Y allí estaba, una noticia de esas alarmistas y alarmantes: “se ha presentado una ola de secuestros en el metro, cuiden a sus hijas, hermanas, esposas, novias, amigas”. Después, otra más: “vean este video de cómo secuestran a los niños pequeños, no los suelten de la mano, no les quiten los ojos de encima”. Me ganó la curiosidad, terminé leyendo las notas y fue imposible no relacionarlas con otras historias similares del pasado.

¿Se acuerdan de las muchas leyendas urbanas con las que crecimos? Esas que muchas veces terminaron siendo un episodio de “Casos de la vida real” que decían, más o menos, cosas como esta: en las “discos” (eran los 2000 y todavía existían “discotecas”, como el infame Lobohombo) había una persona de aspecto amigable con quien terminabas tomando tragos y platicando; ya que había confianza, te levantabas un momento al baño. Al regresar ya no había nadie en tu mesa y cuando te sentabas notabas que algo te picaba, buscabas que era y encontrabas una jeringa y, junto a ella, un mensaje que decía: “Bienvenido al mundo del Sida”. La historia podía variar de escenario: un cine, la escuela, un parque y hasta de personaje misterioso, siendo a veces un hombre y otras una mujer.

Otra leyenda interesante: afuera de las primarias, y a veces secundarias, había gente que regalaba drogas a los niños en diferentes presentaciones; éstas podían venir en papelitos (¡¿por qué alguien se iba a meter un papel en la boca?!), o en los, en ese entonces tan de moda, tatuajes adheribles, e incluso en dulces. Recuerdo haberle preguntado a mi madre en aquel entonces ¿por qué los adultos regalarían drogas a los niños?

–Es para que se enganchen y se vuelvan adictos, y luego les compren más drogas.

–¿Son caras?

–Creo que sí, porque los que las venden tienen mucho dinero.

–¿Y entonces con qué vamos a comprar drogas si nada más nos dan 10 pesos para el recreo?

Muy similar era esa otra leyenda urbana, misma que hace unos meses circulaba de nuevo, de que unas pequeñísimas gelatinas que vendían —y al parecer siguen vendiendo— afuera de las escuelas provocaban asfixia casi segura porque tenían pedazos de fruta. No puedo evitar reírme al recordar esa historia, ¿es que acaso los niños no pueden masticar una gelatinita?

Pero todo esto era en el México pre-internet y pre-redes sociales. Los rumores se esparcían, por supuesto, pero más lento que hoy en día, y muchas veces no había ninguna “evidencia” sobre nada de esto.

Hoy tenemos un panorama radicalmente diferente. La proliferación de redes sociales, de teléfonos con cámaras y la instantaneidad de la comunicación han hecho que México deje de ser un país de rumores para convertirse en un país de verdades. La rapidez en la comunicación ha demeritado el procesamiento de ésta, provocando verdaderos casos de pánico con secuencias lamentables.

El 30 de agosto de 2018, en el pueblo de Acatlán de Osorio en Puebla, dos hombres, padre e hijo o tío y sobrino fueron quemados vivos como consecuencia de la propagación de rumores. La noticia permanece totalmente incierta debido a la cantidad de versiones. Se dijo que habían ido al pueblo a cobrar una deuda particular, el deudor no les pago y empezó a decir que eran secuestradores de niños, “robachicos”, y la Policía los detuvo. Se dice que estaban consumiendo bebidas alcohólicas en la vía pública, la Policía se los llevó, y alguien empezó el rumor de que eran “robachicos”. Se dice también que, efectivamente, secuestraban niños y que la Policía los arrestó in fraganti.

Sea como sea, lo cierto es que el rumor de que había secuestradores en el pueblo se propagó por redes sociales (entiéndase Whatsapp), por lo que los habitantes se concentraron afuera de la comisaría, dieron portazo y sacaron, con complicidad de la Policía local, a los supuestos delincuentes, sólo para quemarlos vivos sin más pruebas que las mencionadas en redes sociales. El ritual de muerte se transmitió en vivo por Facebook. ¿Y si no eran delincuentes? ¿Y si sólo estaban tomando unas cervezas sin hacer daño a nadie? Resultaron ser inocentes.

Este 2019, hace sólo unas semanas de hecho, se desató un fuertísimo rumor por redes sociales que indicaba que la delincuencia se había apoderado de las instalaciones del metro de la ciudad de México, a tal grado que incluso se efectuaban secuestros dentro de las instalaciones del transporte colectivo. Este rumor tomó más fuerza cuando se dijo que el principal objetivo de estos secuestros eran mujeres jóvenes. La histeria se salió de control y de repente todos los capitalinos teníamos que estar alertas hasta dentro del metro. Como muestra de la propagación de este rumor nos queda la reciente noticia de que dos albañiles fueron detenidos en la estación Centro Médico. Una mujer hizo la denuncia a los policías cercanos: había unos hombres sentados mirando todo de manera sospechosa. Claro que ante el pánico propagado por los rumores es entendible la postura de la mujer; los policías detuvieron a los dos hombres. Al contrastar los testimonios de la chica y de los albañiles, así como de otros testigos, resultó ser una falsa alarma, pues los albañiles sólo estaban sentados, platicando entre ellos, esperando a que llegara un tercer compañero.

Por supuesto que todas estas historias como toda leyenda o mito, tienen un apoyo en la realidad. Sí existen secuestradores en el metro, las mujeres sí sufren acoso e incomodidades en todas partes, sí existen los “robachicos”, sí hay un ambiente de inseguridad latente en todo el país, y sí se venden drogas afuera de algunas escuelas. Pero propagar rumores es peligroso.

Imaginemos que entramos en un cuarto donde se almacenan fuegos artificiales, de esos que cada navidad y año nuevo terminan contaminando horrorosamente a la ciudad, y como la habitación está oscura entramos con una vela, pero la luz que emite es muy tenue, así que decidimos prender una antorcha. La explosión es cuestión de tiempo. Así pasa con los rumores difundidos en redes sociales, que en vez de informar y disipar dudas, desinforman y abonan al sentimiento de inseguridad e injusticia, ya de por sí muy latente en nuestro país.

Ante todo esto, me es inevitable recordar al infame “chupacabras” que durante los 90 aterrorizó a México y América Latina. Imagínense que los rumores de esta criatura regresaran con fuerza en esta era de altísima conectividad. Ya estaríamos cuidando a nuestras mascotas porque en el grupo familiar del whats ya nos advirtió el tío y la prima que anda desatado ese monstruo. Nuestros celulares tendrían por lo menos una foto y un video del supuesto extraterrestre, con la consabida noción de que en México el “chupacabras” chupaba de todo menos cabras, así que a cuidar al perrito, no vaya a ser que se aparezca por el vecindario.

¿Y cómo combatir esta propagación de rumores? Desde aquí parece una tarea imposible por ser titánica, supongo que es responsabilidad de cada uno el compartir información que consideremos fidedigna o simplemente no compartir nada excepto memes o reflexiones de Piolín en el caso de las tías. Sea como sea, las redes sociales han desvirtuado la realidad, creando una dimensión alterna donde todas las opiniones son válidas, donde se puede insultar sin que te rompan la cara, donde los rumores son verdades y donde el PRI es honesto; ejemplos de todo esto hay por montones. Quizá hablemos de ellos en otras ocasiones.

Por lo pronto, cuídense de los rumores whatsapperos, no vivan con miedo. Nadie sabe que es lo que pasa con certeza, y sin embargo todos hablan. Maldito país de rumores…

Eduardo A. Orozco Piñon

(Ciudad de México). Es pasante de la licenciatura en Historia que imparte la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha participado como organizador y ponente de un puñado de eventos académicos relacionados con la historia militar y política mexicana del siglo XIX, temática y periodo de la que es especialista. Asimismo, es miembro fundador y activo del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval, cuyas sesiones se llevan a cabo en Palacio Nacional el último viernes de cada mes.

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