El fistol del Diablo: Discriminación positiva


“Los políticos piensan en la siguiente elección, los estadistas piensan en las siguientes generaciones”. Esta frase de Otto von Bismarck podría aplicarse fácilmente a todos los gobernantes mexicanos: no tenemos ni un solo estadista, únicamente políticos que piensan en intereses inmediatos con la intención de asegurar su carrera política. Apariencias, discursos y acciones que no llevan a nada es el resultado de una forma mediocre de ejercer el poder en México y en muchas partes del tercer mundo (y en más de un país de primer mundo).

La idea de la discriminación positiva no es nueva ni en México ni en el globo. Surgió en la década de 1960 como una forma de insertar la participación de minorías históricamente marginales en distintos sectores públicos, como escuelas, universidades y el propio gobierno. La lógica era simple: la selección de matrículas escolares o de puestos administrativos estaría enfocada en privilegiar la etnia antes que la competencia directa en la que los afroamericanos, por ejemplo, tendrían la desventaja por la falta de acceso a niveles de calidad reservados sólo a los “blancos”. Tal vez no entraban los mejores, pero esta visibilidad de las etnias permitía creer que era posible alcanzar en el futuro una competencia sin distinción de clase ni de color de piel.

Por supuesto, la crítica a este modelo de selección no se hizo esperar, pues más allá de la competición a partir del conocimiento en la que se premie al mejor postulante sin importar su sexo, edad o etnia ¿cómo podía asegurarse que los que entraban por discriminación positiva tendrían los requerimientos para estudiar en una universidad o ejercer en los puestos administrativos? Pero al mismo tiempo se vuelve un círculo vicioso, pues la argumentación sugiere que, si nunca han tenido la oportunidad de acceder a educación de calidad, ¿cómo se espera que compitan en igualdad de condiciones con aquellos que sí?

Esta problemática es insalvable y no vale la pena querer desenmarañarla —por ahora— en este espacio, pues no hay forma objetiva de medir los resultados —ni buenos ni malos— de este tipo de políticas. Todo queda en el sentir y la opinión individual de las personas: si alguien se beneficia de este tipo de políticas, en ningún momento hablará mal de ellas, pero si se es víctima del rechazado por dar prioridad a alguien que cumpla este tipo de requerimientos, por supuesto hablará pestes de este tipo de políticas.

Ahora bien, México, siempre a la sombra de Estados Unidos, intenta colarse en el concierto de las naciones de primer mundo repitiendo la aplicación de políticas que parecen exitosas en aquellos países —no olvidemos la economía neoliberal que se nos impuso desde finales de los 80—, pero a los políticos se les olvida que, para llegar a ese tipo de políticas, primero se necesitan altos desarrollos económicos, sociales y políticos para que funcionen correctamente. El caso de la discriminación positiva no fue la excepción. No porque estuviera mal como forma de atraer a las mujeres e indígenas a las aulas de educación universitaria o a la administración pública y política, sino porque esas formas de proceder nunca estuvieron pensadas para generar un equilibrio de competición para generar un futuro en el que ya no se discriminaría por sexo u origen, sino por la educación y la misma capacidad de ejercer los puestos. Al final el único objetivo era ganar la siguiente elección, sin asegurar un futuro claro para el país.

Por ejemplo, las cuotas de género en la política derivaron en malas prácticas en las que los partidos admitían a cualquier mujer, a veces sin la capacidad de ejercer su cargo, con tal de parecer progresistas ante los votantes. También se daba el caso de que las candidatas eran mandadas a los distritos que de antemano se sabía que serían perdidos por la oposición. En el caso de movilidad y seguridad pública, la separación de vagones en el transporte público tenía la lógica de proteger a las mujeres del acoso, pero cuando se puso en marcha no fue acompañada por campañas de concientización que buscaran el respeto entre ciudadanos como parte de una misma sociedad organizada. El respeto, que era el mensaje que se buscaba con esa política, nunca se entendió —o nunca se buscó dar a conocer— y hoy día derivó en verdaderas rencillas sexistas.

Otra práctica de contratación selectiva en las instituciones educativas y públicas es pedir menores requisitos de admisión al momento de contratar mujeres. Ya sea que se pida un mayor límite de edad o menores estudios, el sentido es facilitar la integración del sexo femenino en estos ámbitos. Además, es bien sabido que se llega a contratar a más mujeres sólo por aparentar progreso social, sin considerar la capacidad que tengan en el desarrollo de sus funciones.

Si la discriminación positiva es buena o mala no es algo que se pueda cuantificar. Todas las estadísticas que surjan, ya sea para alabarla o atacarla, son mera ideología y no son fiables (¿acaso hay alguna estadística fiable?). Lo que sí es que hoy día han generado un verdadero conflicto entre sexos que podría derivar en una ruptura profunda del tejido social. Hace mucho que no se piensa en qué es mejor para el país, sino en qué conviene mejor para ganar la próxima elección.

Llevamos casi veinte años con estas mismas prácticas. Valdría la pena preguntarse ¿ha habido alguna mejora? ¿Por qué parece que se siguen repitiendo los mismos modelos de hace veinte años? ¿A quién le conviene que las cosas se mantengan igual? ¿Quién se beneficia de que a mujeres e indígenas se les dé mayor prioridad? ¿Por qué no hemos superado la discriminación positiva? A estas alturas la competición debería ser pareja, y a los puestos en todos los rubros deberían acceder los mejores, sin importar si al final son más mujeres o más hombres. El sexo o la etnia ya debería ser para nosotros irrelevante al momento de sacar a este país adelante. ¿No será que quisimos llegar a primer mundo sin antes resolver los problemas de un país de tercer mundo?

José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

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