Endenantes: La cultura laboral del siglo XXI


La reunión comenzaría a las 11:30. Llegué cinco minutos antes a la presentación de resultados de la obligatoria evaluación semestral que los alumnos nos realizan a nosotros, sus profesores. Tras una espera en recepción en compañía de un estimado colega, de unos quince minutos, comenzó la reunión. Ahí estaba yo junto con dos de mis jefes, que no eran jefe, sino coordinadores, pares, todos en una supuesta condición de igualdad. Después de otra espera de cinco minutos para que uno de ellos terminara de “arreglar otros asuntos” y de la obligatoria charla trivial sobre el clima, la reunión comenzó. Una de las frases expresadas en ese momento se me quedó —y quedará— grabada en la mente por mucho tiempo.

—Contigo todo está bien. Has entregado en tiempo y forma lo que se te ha pedido. Has cumplido con el trabajo que se te ha encargado. Has estado presente en las actividades realizadas. Todo bien. Pero…

—Peeero…

—Me da la impresión, a lo mejor me equivoco, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de expresarlo, es mi muy particular impresión, de que sí has cumplido, pero haces las cosas por obligación.

Esa frase, “hacer las cosas por obligación”, es la que me ha estado acompañado desde hace un par de semanas. En el momento quise preguntar: ¿a qué te refieres con “por obligación”?, pero no pude hacerlo debido a que inmediatamente el otro jefe —perdón, coordinador— interrumpió la pregunta que apenas se estaba empezando a formular en mi cabeza.

En los días posteriores, la idea de “hacer las cosas por obligación” dentro del área de trabajo continuó asolándome. ¿Desde cuándo un individuo no hace las cosas por obligación en el mundo laboral? No es como que alguien elabore un informe, reporte, base de datos o planeación por mero gusto, sino porque un trabajo es una relación contractual que obliga a prestar servicios y habilidades, independientemente de si uno brinda esos servicios con una sonrisa todos los días. En ese sentido, es obligatorio realizar las actividades por las que uno fue contratado.

En posteriores conversaciones con amigos pertenecientes a mi generación (da un tanto de vergüenza admitirlo, pero pertenezco a la infame generación millennial) salieron interesantes puntos de vista que tuvimos en común respecto a las relaciones laborales a las que nos hemos enfrentado, tales como el jefe o jefes buena ondita, que, insisto, no son jefes, son colaboradores, coordinadores o cualquier otra palabra a la que se le pueda agregar el prefijo “co” para hacerlo sonar más amigable, menos agresivo y más de trabajo en equipo, cuando, por supuesto, nada de esto es cierto y en el fondo y forma siguen siendo jefes. El problema con ellos es que adoptan una actitud hasta cierto punto condescendiente con la intención de que cuando pidan algo, a manera de favor, no puedas negarte, pues ellos te han tratado bien y te han dado comodidades.

—Oye, necesitamos que te quedes un par de horas más para terminar el proyecto, sí puedes ¿verdaaad?

—Sí, claro, pero sí puedo firmar esas horas ¿verdaaad?

—Eso lo platicamos después.

Otro elemento común es el trato que se nos ha brindado (y tal vez esto sea lo más alarmante). Uno se queda con la impresión de que nos están haciendo un favor al contratarnos, situación que podemos resumir de la siguiente manera:

“Bienvenido, sólo queríamos dejarte en claro que te hacemos el grandísimo y enorme favor de dejarte trabajar aquí, no te vamos a pagar mucho, no vamos a respetar tus horarios, no vamos a tomar en cuenta tus sugerencias, y cuando te escuchemos nos vamos a apropiar de tus ideas para presentarlas como nuestras. ¡Pero anímate, estás trabajando en una importante empresa-institución-dependencia y estás ganando mucha experiencia para tu currículum!”

Esos fueron los dos puntos más comunes que pude identificar en las charlas con amigos. Y, claro, decidí investigar sobre el tema de las relaciones laborales en esta segunda década del siglo XXI. Los resultados son tan sorprendentes como alarmantes.

En alguna ocasión uno de los editores de esta plataforma daba testimonio de que conoce personas que pasan hasta diez horas trabajando en oficina porque “son bien chambeadores”. Por supuesto que en una sociedad que valora la alta productividad en todos los aspectos de la vida ser “muy chambeador” es un valor altamente preciado. Pero, ¿de dónde viene esta necesidad de ser muy trabajador? ¿Será que la gente trabaja tanto tiempo por simple amor al arte?

Desde la década de 1970, han existido este tipo de exigencias de devoción al trabajo y a la empresa o institución en la que se labora. Situación que desde entonces ha azotado al país del sol naciente. Los conocidos como salaryman son japoneses con buenas notas en los colegios y amplia experiencia en muchas actividades extracurriculares; todo ello les auguraba una vida laboral de ensueño. En cambio obtuvieron, y obtienen —como nosotros—, trabajos precarios y poco estimulantes, aderezados con grandes niveles de estrés y frustración.

Así, pues, la experiencia del país japonés se reprodujo en todo el mundo, generando empleados frustrados y enfermos, poco productivos. Por lo tanto, era necesario cambiar poco a poco el modelo de cultura laboral, cosa que se logró hacer de manera efectiva entrando en la década del 2000. ¿Recuerdan las famosas instalaciones de Google? Esas donde hay juegos y oficinas que parecen todo menos lo que son: sillones extravagantes y cómodos, comedores, médicos y un sinfín de cosas para que los empleados se sientan en un ambiente seguro y amigable. ¿Cuántos de ustedes (de nosotros) no deseamos trabajar en un lugar así, sin detenernos a pensar lo que hay debajo de toda esa capa de buena-ondismo? Si tienes todos los servicios y comodidades en la oficina o lugar de trabajo es porque está diseñado para que no salgas de ahí, y por tanto para que trabajes más. ¿Ya no parece tan idílico, verdad?

El problema con todo esto es que la nueva cultura laboral ha generado una máscara enorme para tapar los viejos problemas de siempre. Cualquiera que observe los comerciales con que nos bombardean en el cine, la tv y las redes sociales puede entender en qué consiste esta nueva realidad laboral maquillada. Todo el tiempo se dicen cosas del estilo “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”, “no dejes de trabajar cuando estés cansado, sino hasta que esté terminado”, “sé emprendedor”, “sé un líder”, “sé creativo”, “ama lo que haces y nunca trabajarás un día en tu vida”, “trabaja más duro”. Caramba, hasta Spotify tiene listas de reproducción sobre el tema: “Trabajo relax”, “En el trabajo”, “Trabajo: ritmos Dance”, “Your office stereo”, “Work day lounge”.

Todo este bombardeo publicitario y motivacionista (de coaching, como les gusta llamarlo a la mayoría de millennials) se ha ido instalando en los subconscientes de empleados y empleadores. De esta manera, es perfectamente normal que uno deba amar su trabajo, sentirse orgulloso de laborar en determinado lugar y, por supuesto, siempre debe trabajar con una gran sonrisa y con una mirada de agradecimiento porque nos hicieron un favor al contratarnos. En caso de ir contra los mantras laborales del siglo XXI, entonces uno “hace las cosas por obligación” y no por gusto o por amor al trabajo.

Sin embargo, los colaboradores y coordinadores, por más que manejen un discurso de “aquí todos somos iguales”, en el fondo siguen siendo los mismos jefes de siempre, las jerarquías siguen existiendo; el trabajo, por más que te guste, sigue siendo trabajo que a la larga desgasta y cansa. Por más que ames lo que hagas, siempre será necesario un tiempo de ocio (¡palabra-pecado en la cultura laboral de nuestros días!). Finalmente, por más tiempo, dedicación y ganas que tengas, por más “chambeador” que seas, al final eres una pieza reemplazable. ¿Recuerdan que nos hacían un favor por dejarnos adquirir experiencia en sus lugares de trabajo? Pues le pueden hacer el favor a cualquier otro.

Así, todos estos elementos que están conformando la nueva relación laboral de nuestros tiempos (al igual que la política y que los discursos socialmente aceptados) no son más que máscaras o capas de maquillaje para dar una impresión falsamente progresista y buena ondita, cuya verdadera esencia es la misma de siempre: perpetuar el control, la dominación y, sobre todo, la explotación. Gatopardismo puro: cambiemos las cosas (seamos buena onda con los empleados) para no tener que cambiar nada (seguir con la explotación laboral).

Empecemos a mirar detrás del velo, cuestionemos las formas y modelos establecidos y aceptados. Sólo entonces podremos darnos cuenta que la mona aunque se vista de seda, mona se queda.

 

Eduardo A. Orozco Piñon

(Ciudad de México). Es pasante de la licenciatura en Historia que imparte la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha participado como organizador y ponente de un puñado de eventos académicos relacionados con la historia militar y política mexicana del siglo XIX, temática y periodo de la que es especialista. Asimismo, es miembro fundador y activo del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval, cuyas sesiones se llevan a cabo en Palacio Nacional el último viernes de cada mes.

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