Cold War: Un amor roto, en un país roto, en una guerra fría.


Sentí que fallaríamos. Quiero decir, no es que no podamos escapar… Pero es algo sobre mí… que soy peor”.

Polonia arrastra una historia muy peculiar: dividida en tres ocasiones durante la segunda mitad del siglo XVIII, no fue sino hasta la Primera Guerra Mundial cuando vio su resurrección. Esa Polonia de nula resistencia comunista durante los años de la posguerra, causante del resentimiento de Alemania a la desaparecida URSS, Estados Unidos y al Reino Unido, es el territorio que utilizó el polaco Paweł Pawlikowski (Ida, 2013), reconocido en Festival de Cannes del 2018 como Mejor Director por Cold War.

Situada en 1949, la cinta comienza como una suerte de documental artístico en el que observamos a distintos personajes de pueblos diversos en audiciones mostrando sus mejores talentos, ritmos rurales, instrumentos y canciones que nos muestran la cara de la “Polonia Profunda”, aquella cultura de las masas. En el contexto en que otros países junto con “Polonia fueron obligados a renunciar a los acuerdos propuestos por EE.UU. a través del Plan Marshall y se vieron forzados a acelerar la adopción del modelo soviético de control total de la política, la sociedad y la economía” es que un grupo de etnomusicólogos en búsqueda de lo folk van descubriendo y grabando a cantantes, instrumentistas y bailarines.

Es en ese momento cuando conocemos a este grupo de reclutadores en el que se encuentra Wiktor (Tomasz Kot), quien observa y audiciona entre un grupo de jóvenes promesas a Zula (Joanna Kulig, que bien podría fungir como musa de cualquier época del cine); con una canción de amor, la campirana protagonista se une al conjunto folclórico basado en un grupo polaco real: el Mazowsze. La película se desdobla en varias partes de Europa cuando el gobierno en turno les encomienda —u obliga— la tarea de formar un grupo popular que pueda viajar y actuar, para de esa forma aumentar el fervor nacionalista por el nuevo régimen soviético dominante. El romance entre ambos protagonistas surge y se desarrolla mientras recorren buena parte de Europa; sin embargo, son las ataduras impuestas al grupo por el régimen comunista y la adhesión a una estética socialista-realista, que incluye a Stalin, que resultan en el suicidio artístico del proyecto folclórico.

Cold War  fue rodada en blanco y negro en pantalla cuadrada de 4:3. El director utiliza las texturas de su cinematografía para mostrar rostros cercanos, continuando con el estilo lo presentado en sus obras anteriores al colocar a sus personajes en la mitad inferior de la imagen, dejando mucha superficie por encima de sus cabezas lo que se traduce en un aplastante peso sobre ellos asfixiando las vidas de los protagonistas. Además, la cinematografía es más apabullante cuando observamos a detalle la majestuosidad de cada shot logrado: aquel momento en que dos personajes hablan frente a la cámara sólo para darnos cuenta que estamos viendo el reflejo de un espejo que nos permite ver lo que hay detrás suyo es alucinante, uno tarda algunos minutos en percibir el juego angular para quedar extasiado ante tal proeza fílmica. Cuidado milimétrico que compite tú a tú con Roma; si la fotografía de la obra de Cuarón es digital, frontal de fotoperiodismo, acá las texturas clásicas del cine europeo son su principal motor.

La historia entre Zula y Wiktor se desenvuelve en un tour por Polonia, Alemania, París y Yugoslavia. En este viaje la protagonista pasa de ser una mujer rural a una musa del jazz en la capital francesa. Y así como Zula, que es un personaje liberal pero con la reservas de entregar un amor incondicional, la pareja se ve envuelta en una serie de vaivenes tortuosos en su dinámica amorosa que terminan por cortar cualquier tipo de enganche sentimental entre el espectador y la película, siendo este atributo algo positivo, pues obliga a quien vea la película a entrelazar los nudos de la relación soportando y derribando las barreras impuestas por la edición de la cinta.

Desde los primeros minutos del metraje, Zula le hace saber a Wiktor a qué “se enfrenta”, pues le advierte que aunque su padre salió vivo, lo hirió —”Me confundió con mi madre, así que usé un cuchillo para mostrarle la diferencia”—, esto para descartar la idea de que ella pueda ser una más en la lista del reclutador o confirmar si le ha gustado de manera genuina. Pese a haber prometido encontrarse con Wiktor y cruzar la frontera, Zula cambia de opinión al final no acude al encuentro. A lo largo de los años, los dos se reunieron y se separaron en un sinfín de lugares del viejo continente.

Paulatinamente, el filme llega a un momento culminante: Suena Rock Around the Clock, de Bill Haley & His Comets —canción epitome juvenil de la década de los 50 norteamericano—; Zula baila con desenfreno y Wiktor mira cómo pasa de un hombre a otro. Pese a la historia que comparten y los precede, parecen no más que extraños que intentan aferrarse a lo que ellos mismos impiden. Cuenta Pawlikowski que la historia de Zula y Wiktor está basada de manera libre en el romance de sus padres; aquellos señores, narra, podrían amarse demasiado de la misma manera en que peleaban en Cold war. El clásico tropo romántico de la pareja destinada a amarse, pero impedida por las circunstancias, es llevado al extremo.

Cold war habla de la guerra real que separa a los amantes físicamente, así como de la guerra fría emocional entre Wiktor y Zula a través de la distancia, la decepción y las realidades de una relación una vez que pasan los días vertiginosos del cortejo temprano. Hoy día existen cientos de apps, cientos de imágenes y de distracciones que hacen que sea mucho más difícil perderse en alguien. En la época de Cold War todo radicaba en perderse en la mirada de alguien, sin pantallas de por medio, sin distractores; en aquella época había muchos obstáculos —políticos, sociales—, pero la idea es esa: cuando uno se enamora trata de superar cualquier obstáculo. Una película antitética: negro y blanco, calidez y frialdad, amor y desprecio; que al igual que la época en la que viven los protagonistas se desmoronan y unen en una historia de amor roto, en un país roto, en una guerra fría.  

Fernando Teodoro Gabino

Egresado de la Licenciatura en Historia por parte de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán. Únete a la conversación en Twitter: @AlfaVinyl

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