El fistol del Diablo: Repensar la frase “el cambio está en uno mismo”


Todos alguna vez escuchamos la frase “el cambio está en uno mismo”, y no es para menos, pues en los últimos años fue tan popular que incluso se convirtió en un slogan impulsado por los medios de comunicación para concientizar a la población mexicana. Tan inocente como sonaba, buscaba despertar entre los escuchas su conciencia moral para que, a partir de sus acciones cotidianas desde lo individual, las personas cambiaran su realidad precaria. Así, la solución a todos los problemas sociales, económicos, morales y políticos se reducía al mero individuo: si no cambiabas tú, ¿cómo esperabas que tu realidad cambie?

En principio el argumento no sonaba mal. Según la lógica, todos y cada uno de nosotros deberíamos empezar por cambiarnos a nosotros mismos. A partir de este cambio interiorizado, sería posible transformar todas las carencias del sistema, como si se tratase de un esquema piramidal en el que cada individuo aporta, con su buena fe y acciones diarias, las bases del cambio de un peldaño superior. Sin embargo, igual que este mismo tipo de estafas, todo el modelo se viene abajo en cuanto alguien se retira. Portarse bien no basta si el otro no sigue el ejemplo, por lo tanto, si la otra persona no cambia ¿por qué debería cambiar yo?

Al centrar la resolución de problemas en una visión individualista de las dinámicas sociales, la sociedad organizada desaparece y se fragmenta en luchas desde lo individual. No es de extrañar que el slogan se pusiera de moda durante gobiernos que tenían al neoliberalismo como eje central de sus políticas económicas, en las cuales se busca segmentar al mercado para incentivar la individualidad de masas: eres único, tus gustos son únicos, pero los compartes con otro puñado de personas, las cuales también se sienten únicas y especiales. Lo individual se vuelve una ilusión a la que se aspira a través de relaciones mercantiles, construyendo nichos y adquiriendo modas que incentivan la felicidad individual (nadie sabe qué es la felicidad, pero sólo se alcanza comprando) a partir del “yo”, lo que “yo quiero”, lo que “a mi me hace sentir mejor”… “Yo y luego los demás”.

¿Se dan cuenta a dónde quiero llegar? Buscar el cambio en uno mismo tan sólo ha reforzado nuestro individualismo. Gracias a ello tenemos una sociedad fragmentada que comenzó a articularse en torno a nichos segmentados según los propios intereses de los individuos. Incapaz de organizarse socialmente como un conjunto, la sociedad ahora se estructura en torno a ideologías que derivan de modelos de pensamiento construidos desde lo individual: marchas de las mujeres, marchas de los “fifis”, marchas de los indocumentados, marchas del orgullo gay… Las consignas refuerzan lo individual: alto a la violencia contra las mujeres, alto a pisotear los intereses de un espectro de la sociedad acomodada, alto a la estigmatización del migrante, normalización de la homosexualidad.

Finalmente, el cambio nunca ha estado en uno mismo. Eso genera la inocente idea de que yo, bajo mis acciones individuales, bajo los cánones morales de una población socioeconómica específica, con un cierto nivel de educación y de aspiraciones sociales, puedo transformar un entorno que es mucho más complejo del que aspiro a construir. Nada más alejado de la realidad. Comparado con la corrupción del gobierno, la agresividad económica de las empresas transnacionales, la contaminación producida por el consumismo desmedido, la pobreza extrema que sufre casi la mitad de la población mundial, la escalada de violencia en todos sus matices, entre otros males, el hecho de no robar cinco pesos o asegurarse de dar las gracias por un servicio en realidad se vuelven acciones completamente irrelevantes si antes no se termina con los grandes males del gobierno y la sociedad.

El cambio, en realidad, está en la sociedad organizada, pero no segmentada, sino en su conjunto, donde lo individual se pierde por la lucha de algo que va más allá de nuestro pequeño nicho. Sólo a partir de ella es posible construir una nueva forma de ver el mundo y de dinámicas sociales.

La pregunta es, ¿estamos dispuestos verdaderamente a abandonar nuestros intereses individuales con tal de transformar auténticamente nuestro mundo?

José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

Comentarios