LA BELLEZA DE LA NOBLE PUTREFACCIÓN O LA MÁXIMA IRONÍA


En cierta ocasión apodé cariñosamente a uno de mis directores preferidos llamándolo «misántropo barbudo». Este hombre, quien se ganó por sus declaraciones el calificativo de persona non grata, ha dispuesto como principio modelador de sus obras aquél lema suyo donde expresó lo siguiente: «el cine debe ser una piedra en el zapato». Con ello se refería a que, contrario a la perspectiva usual respecto del séptimo arte, éste no debería servir solamente como una mera ilusión preparada con el fin de agradar a la multitud, sino más bien poner el dedo en la llaga, molestar al espectador al punto de obligarlo a prescindir de toda predecible insensibilidad frente a la ficción, considerando el «mundo real» como ajeno a lo que el espejo muestra claramente.

El uso de ciertas palabras hasta el momento desparramadas no peca de gratuidad, ni fueron elegidas azarosamente… Hablamos de ilusión, de ficción y de espejo, y lo hacemos dentro del contexto de aquél pensamiento que decía: «nuestro tiempo prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser. Lo que es sagrado para él no es sino la ilusión, pero aquello que es profano es la verdad […] el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado». Esta disposición de carácter es curiosa: por un lado, como quedó dicho líneas arriba, se pretende que lo expresado o reflejado en las obras de arte muchas veces es extraño a la realidad de «carne y hueso» por todos vivida, y, por el otro, se cree que la única utilidad de la ficción es precisamente alejar a quienes acuden a su claustro de la miseria a su alrededor.

Tampoco ha sido sin fundamento el uso de «ajeno» y «extraño» como sinónimos del «alejamiento» o la frontera infranqueable dispuesta habitualmente entre el arte y lo considerado abstractamente como «real». Pero, sin ahondar en esto, cabe recalcar que el proyecto de la persona non grata llevado a cabo en todas sus obras, haciendo especial énfasis en la más reciente —denominada The House that Jack Built (2018)—, es señalar a todos los necios que el arte no es un mero divertimento. Aquello que, en otra época, Platón denigraba de los malos imitadores: limitarse a provocar placer en la multitud en vez de conducirles al Bien, a la Belleza y la Verdad; una y la misma cosa vista de distintos modos. Todo está contenido o implícito, si se quiere, como un germen, en la declaración del protagonista de la historia:

JACK.— El arte es inconmensurablemente más vasto de lo que jamás entenderemos.

Lars von Trier, el provocador por excelencia de este siglo, a diferencia del mencionado pensador griego, no se contenta con escribir un diálogo, sino que lo expresa fílmicamente ―mutatis mutandis―, y, de esta manera, alcanza a un mayor público. Es algo que no le podemos pedir a la antigüedad a riesgo de caer en anacronismos, pues cada autor pertenece de lleno a su tiempo y ninguno puede saltárselo. Pero su propósito es el mismo al fin y al cabo: con su última película ―y con todas las anteriores también― lo que busca es desnudar a la multitud, o, dicho en otros términos, desvelarles de su inocencia hipócrita, desconectarlos de la Matrix, despertarlos a todos de su «sueño dogmático». ¿De qué modo lo hace? Ofreciendo en una historia, es decir, bajo el lenguaje de simulación, una consciencia invertida del mundo y de lo real considerado concretamente. En términos más entendibles: ha puesto un espejo ficticio frente a todos en su total e irónica irreverencia.

El quid de la cuestión es su franqueza cabal, su falta de delicadeza, la ausencia de las «buenas maneras» del manual de Carreño. Carece de los arrullos de una madre porque sabe que, ante las cosas auténticamente esenciales, sólo se puede ser radical. Es decir, «atacar el problema por la raíz. Y la raíz, para el hombre, es el hombre mismo». De modo que, bajo la ilusión con la cual raptó a su querido público, no hace sino reflejar el mal, el desastre, el desgarramiento del mundo. Y sin pelos en la lengua expone el síntoma característico de este «estado de cosas»:

JACK.― Odio los diagnósticos que puedes escribir con letras.

VIRGILIO.― Eso no es justo, las letras son claras. Nos cuidan y crean límites entre el bien y el mal, y llevan a la religión.

JACK.― La religión ha arruinado a los seres humanos…

Es necesario hacer la salvedad de que la religión a la que se refiere no es otra que la supersticiosa, que vive de fantasías y llega a morir por ellas. De modo que Von Trier intenta sacar de la caverna a su público a través de papeles y máscaras instituyendo «un juego y no un juicio» que substituye «el tribunal de la historia» por el «teatro de la historia», para hacerles tomar conciencia del desgarramiento, es decir, de la necesaria consecuencia de los períodos de crisis. Todo esto con el fin de que, como él mismo, se atrevan a cuestionar una realidad general enmohecida.

JACK.― El arte de la ingeniería es, ante todo, la estática. Es decir, que las cosas permanezcan en pie, a pesar de las diversas fuerzas que impacten a los edificios. […] A menudo digo que el material hace el trabajo. En otras palabras, tiene una especie de voluntad propia. Y al seguirla, el resultado sería de lo más exquisito. […]

VIRGILIO.― Pero todo eso no tiene ningún interés. Al menos que seas un ingeniero.

JACK.― Soy un ingeniero. Mi madre era de la opinión de que convertirse en ingeniero era la opción más viable desde el punto de vista financiero […]

Von Trier, el «misántropo barbudo», refriega en la cara la inmundicia que usualmente el público quiere olvidar cuando va al cine, puesto en términos más imaginables y coloquiales. En eso consiste su máxima ironía, en su crítica, que es el nervio vital o la esencia misma de la filosofía. Considerándose, pues, un mero ingeniero (léase «artesano», volviendo a Platón), resulta que es un arquitecto (es decir, un «filósofo»).

¿Y cuáles son los temas de su pensamiento? Los mismos de todas las épocas: el amor (Nymphomaniac, 2013) y la muerte (The House that Jack Built, 2018). Como dijo el poeta: «todos los hombres matan lo que aman pero no todos deben morir por ello». O, como dijo otra pluma también llena de burla envolvente: «muerte y amor son los mitos de la dialéctica negativa (léase «diálogo crítico»), porque la dialéctica es la interior y sencilla luz, el penetrante ojo del amor, el alma íntima, no oprimible por el cuerpo de la disgregación material; es el lugar interno del espíritu. Así que su mito es el amor; mas la dialéctica es también la arrebatadora corriente, sumergiendo todo en el mar uno de la eternidad. Su mito es pues, la muerte».

Lo mismo que la persona non grata dice casi textualmente a través de sus personajes:

JACK.― ¿Puedes decir si la putrefacción es buena o mala? La mayoría de la gente diría que es el colapso natural que, al final, es una reacción de la materia que es la base de la vida en la Tierra. Por lo tanto, [dirían que] no es ni particularmente buena, ni mala […] Se podría decir de los tres procesos que es la ruptura la que eleva a la uva viva para ser parte de una obra de arte. Puedes ver los procesos que se inician en un ser humano después de la muerte de la misma manera.

VIRGILIO.― ¡Lo dirás tú! Y yo sigo diciendo que sin amor, no hay arte. No está abierto al debate.

[…]

JACK.― Tan reacio como el mundo es a reconocer la belleza de la decadencia es igual de renuente a dar crédito […] a nosotros quienes creamos los íconos reales de este planeta. Se nos considera el mal máximo. Todos los íconos que han tenido y tendrán siempre un impacto en el mundo son para mí un arte extravagante. La noble putrefacción.

VIRGILIO.― Basta… ¡Anticristo!

La misma pluma que nos habló de la muerte y del amor entendidos filosóficamente en su relación es la misma que predijo que un irreverente provocador del siglo XXI haría una obra maestra como esta, donde Jack no es más que el alter ego de su creador:

 

«No os da vergüenza, ¡oh cristianos, nobles y vulgares, sabios e ignorantes cristianos!, [¿]no os [da] vergüenza que tenga que ser un anticristo quien os muestre la esencia del cristianismo en su verdadera y desembarazada luz? Y vosotros, teólogos y filósofos especulativos, os aconsejo que os desembaraceis de los conceptos y los prejuicios de toda filosofía anterior, si quereis ver las cosas tal y como son, es decir, si quereis descubrir la verdad. Pues si quereis llegar a la verdad y a la libertad, teneis que pasar necesariamente por el Arroyo de Fuego. Este Arroyo de Fuego […] es el purgatorio de nuestro tiempo».

 

 

Joan Sebastián Araujo Arenas

Joan Sebastián Araujo Arenas (Mérida, Venezuela, 1996), estudiante de Filosofía en la UCV, ha publicado algunos artículos de opinión en la revista chilena Humus ―en abril, julio y diciembre de 2013―, una reseña literaria en la publicación venezolana Canibalismos ―en junio de 2015― y un poema en la mexicana Marabunta ―en abril de 2017―. Además de ello escribe reseñas sobre las obras que ha leído en Goodreads, donde además es bibliotecario: https://www.goodreads.com/user/show/32513402-joan- sebasti-n- araujo-arenas Su blog, donde agrega sus reseñas, poemas y cuentos, es el siguiente: https://jsaaopinionpersonal.wordpress.com/

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