Yo solo sé que lo sé todo.


Mientras te escucho no dejo de pensar que de lo único que puedo estar seguro es de mi propia ignorancia; la sabiduría es una presa imposible de cazar ya que cada acercamiento representa un nuevo retroceso. ¿De verdad vale tanto la pena estar sentado escuchándote? No estoy prestando atención y busco enfocar mi consciencia en la potencial oportunidad de tener sexo. El desenvolvimiento de la situación ha sido demasiado lento y es casi seguro que no será fácil; el primer paso debe ser pasar la barrera del contacto, pero sigue sin presentarse la oportunidad adecuada y para colmo elegiste uno de los peores pubs de la ciudad cuyo ambiente empeora la situación, atestado de pretenciosos malolientes “revolucionarios” con playeras de símbolos comunistas y quejándose del salvajismo de los saqueos canadienses a los bellos recursos mexicanos. Basura electoralista.

Cuatro jarras de cerveza e incluso el mesero me lanza un par de miradas lastimeras, pues, como buen fraterno, entiende mi situación y ahora sugieres pedir de cenar; pinche cuenta va a salir cara. El proceso necesita ser acelerado ya que a este paso voy a convertirme en Matusalén antes de poder estar entre tus piernas. Respiro profundamente e invoco en mi mente “…piensa que el Hado ordena a todo morir, y que los fáciles honores y bienes de fortuna son inciertos; que las pruebas de la vida vienen por voluntad divina… ”.

Dios no ayuda a los pendejos, así que seré quien tome la iniciativa ¡Qué empiece el culto apolíneo! Muevo mi mano y bruscamente la coloco sobre tu pierna sólo para encontrarme que la quitas con la misma intensidad; una Kate Millet rechazando la subyugación sexual varonil.

Dos vasos más de vodka y este era el resultado predicho, aquí estamos en mi apartamento teniendo un festín digno de Pan. Tus besos son tan naturales y apasionados que no puedo pensar que hace apenas una hora jugabas el papel de mojigata; llevamos cerca de dos horas en forplay y estoy que no puedo conmigo mismo. Que alguien apague esa chingadera de luz y que le suban a la canción que alcanzo escuchar de los Queens of the stone age. Vaya que no tengo ninguna complicación para entrar y alcanzo a vislumbrar un éxtasis tremendo; valió la pena cada momento que tuve que esperar para llegar a esto y eso que andaba pensando en rajarme.

“¿A qué hora vas a terminar?”, me preguntas después de un extenso período de movimiento. Tendría que estar muy pendejo para eso, pues no planeo derrochar toda la energía que he logrado acumular recientemente y mucho menos de esta manera. Me limito a contestar con un entrecortado “pronto”; pareces haber adivinado mis intenciones pues me sonríes y me susurras al oído “el tantra esta muerto, será mejor que te acostumbres”. Recargaste por completo tus brazos en mi pecho moviendo tu cadera suavemente acompañado de esa terrible contracción de los músculos de tus glúteos y una espalda bien erguida, un denso olor a dalias inunda la habitación y utilizas tus manos para acariciar mi cara. Ya me chingaste.

¿Acaso eres Hécate? Mi terror de la noche, no pienso cerrar los ojos, pues temo ser devorado por ese extenso vacío que parece fluir de ti. Mis piernas extendidas cada vez me duelen más por la tensión y mi pecho no deja de arder, creo que me voy a morir y tu no dejas de besarme (que belleza de agonía, con una chingada). Cada vez más aceleras el ritmo de tu cadera y de tu respiración e incluso creo que alcanzo a percibir tus latidos que se escuchan con un volumen impresionante (¿O serán los míos?). Tus pechos moviéndose de arriba a abajo me recuerdan las dos columnas de entrada al Sanctum Sanctorum y siento la penetrante mirada de tus ojos, dos energías serpentinas tan oscuras y vacías como la misma NADA.

Planeo resistir hasta el final, es mi derecho conservar lo que me corresponde, pero pareces estar determinada a destruirme. Me obligas a sentarme y me abrazas del cuello, colocas mis manos alrededor de tu cintura y al entrar de nuevo se que ya todo esta perdido, solo sé que…

Para entender el principio del hombre primero se requiere entender el principio divino, estoy conectado a esa ilimitada fuente de poder. Puedo sentir que tengo una certeza absoluta de cualquier cosa, ¿por qué no habría de tenerla? ¿Por qué dudar de los arquetipos implantados en mi esencia por el Altísimo, siendo que al venir de él como mínimo son verdaderos y como máximo son inmutables? Si la presencia del Eterno mora en cada uno, y el mismo Eterno es omnipotente, entonces quiere decir que el máximo esplendor de fuerza y voluntad mora en cada minúscula parte mía. En lo indivisible. ¿Qué es lo que se requiere entonces para alcanzar la sabiduría? Volver a la unidad, al centro, al precepto original de que toda creación por ser obra mía es divina. Devenimos de la misma sustancia. No quiero que termine, no quiero regresar. Flujo de energía.

Que alguien calle a los pinches gringos marihuanos del piso de arriba. Volteo para besarte, pero me rechazas, debe ser por el aroma a cigarro que ya te molestó (simplemente no he dejado de fumar). Vaya voluntad tan poderosa que se apoderó de mi hace unos instantes: la VOLUNTAD. ¿Cómo puedo volver a experimentar lo de hace rato? Entré sin saber que era el mismo UNIVERSO el que me absorbía. No puedo dejar de admirar tu belleza y ese cuerpo esbelto que parece inspiración de la Venus de Arlés. No se escucha ni un solo sonido, el silencio de Dios. Así es como me gusta, el interior del misterio de la vida se expresa por el silencio (despierta de tu letargo). ¿Y cómo volvemos? No existe un solo árbol, ave o bestia que en este momento no esté hablando de ti y de mi.

Un cigarrito de tabaco negro para acompañar este tarro de cerveza del cual ni Neruda podría hacer una oda. Frente a mi, Ernesto hace un ademán de limpiar sus lentes, pero en lugar de eso prefiere dar un sorbo a su bebida que a mi parecer ya se estaba calentando. Seguimos el tema de conversación, aún no está seguro si estudiar la licenciatura en comunicaciones o en letras (speech de limosna en construcción). Puedo notar que por su mente cruzan un montón de pensamientos y cada uno de ellos resulta crucial para su futuro, bendita humanidad capaz de cargar con el peso de sus propias decisiones. Nuestras miradas se cruzan y veo amor. Siento que nunca había tenido un amigo con tanto brillo como él, no busques mi consejo mejor habla con la conciencia universal que ella sí sabe lo que hay que hacer.

Sólo soy capaz de pedirle a mis piernas un kilómetro más, el dolor en las rodillas se está empezando a tornar insoportable y cada vez me cuesta más poder hacer una respiración profunda. La alcanzo a vislumbrar, es bellísima. Un par de metros más y tal vez la pueda terminar de admirar con el último esplendor rojo fuego que Helios proyecta sobre ella. Mientras observo la magnificencia del ocaso reflejándose en la catedral, siento que ese mismo proceso se replica en mis entrañas, en lo más profundo de mi cuerpo, aquel proceso natural divino en mi microcosmos. Corrientes de aire parecen llevar esos luminosos colores a un estado estático, belleza. Dionisios es quien mora allá arriba, pero es Apolo quien me da este regalo. Es todo lo que se puede decir concerniente a la operación del Sol.

Esta oscuridad se palpa tan densa y profunda, no puedo vislumbrar absolutamente nada. Tengo demasiado miedo como para intentar moverme siquiera; extraño mi hogar. Ese aroma putrefacto no ha dejado de seguirme desde que llegué aquí. Muevo mi pie derecho y puedo sentir una superficie acuosa que me hace padecer náuseas. Un torbellino de aire caliente revolotea a mi alrededor y golpea fuertemente mi cara. Estoy contigo, peleo por lo mismo.

Un millón de gritos en tu nombre, dos noches enteras sin dormir y con un agudo dolor de cabeza; la tercera noche siempre todo mejora. Esta es mi afamada muerte simbólica egipcia, pero tengo la certeza de que tarde o temprano Apolo acaba con toda incertidumbre de una posible eterna oscuridad. Canciones, emociones e imágenes, himnos dedicados a tu grandeza de antaño, ahora no son más que ruinas de un imperio celestial derrocado.

Ya no queda nadie que recuerde de lo que se hablaba, sólo se ven pasillos vacíos y lugares sin vida.

Ya no queda nadie que busque en las ruinas.

Ya no queda nadie que piense en ti.

Ya no queda nadie que vea a Dios con los mismos ojos con los que él nos ve.

Ya no queda nadie que voltee su vista al cielo agradeciendo lo que se le ha dado.

Ya no queda nadie que pacte con la oscuridad en la misma luz.

Ya no queda nadie que lo sepa todo.

Victor Fernández

Victor Fernández nacido el 19 de enero de 1992 en Saltillo, Coahuila. Egresado de la facultad de Sistemas de la Universidad Autónoma de Coahuila en la carrera de Ingeniería en Tecnologías de la información y comunicaciones. Actual profesionista en el área de software para telecomunicaciones. Amante intenso del Cine especialmente del film noir y obras de Woody Allen, voraz lector con un denotado gusto por obras existencialistas. Adepto del Jazz y el Rock.

Comentarios