La lucha estudiantil a 50 años de la revolución del 68


A 50 años del histórico año de la revolución mundial de 1968, diría Immanuel Wallerstein, el movimiento estudiantil sigue vigente y muestra de ello fueron las manifestaciones recientes en contra de la violencia en las universidades, en específico en la UNAM, como resultado de una sumatoria de hechos que incluyen feminicidios y actividad “porril”. Este panorama deja entrever un sistema autoritario decadente vinculado a un Estado represor manipulado por los intereses de la economía mundial, el cual no dista ni se diferencia mucho del gobierno de aquellos aciagos tiempos de Gustavo Díaz Ordaz y la dolorosa, imperdonable e inolvidable represión que tuvo su punto más álgido el 2 de octubre del 68.

Esto nos remite a su vez a un México imaginario, como lo llamó Guillermo Bonfil Batalla, que trató y ha tratado de guardar las apariencias ante el extranjero. Así, recordamos que en los periódicos se presumía el México de aquel año como un país moderno y digna sede de las olimpiadas, a las cuales algunos deportistas, en protesta por la masacre de estudiantes, decidieron no asistir.

Para la historia crítica, la importancia del 68 no se reduce a hechos como el 2 de octubre, la ofensiva del Tet de los combatientes vietnamitas o las manifestaciones de mayo en Paris, que fueron hechos de alto impacto en todo el mundo1, sino que la importancia de este año se debe a la acumulación de hechos de los que emergieron nuevos actores sociales, como la lucha feminista, indígena, lésbico gay, ecologista, estudiantil, entre otras. A ésta última se sumaron también sectores de la sociedad como los obreros, para el caso de México, la de los ferrocarrileros y la de los médicos, así como la llamada “clase media”, entrecomillada porque siempre ha sido difícil definirla.

Así, la lucha estudiantil emergió en un contexto contracultural inmerso en una guerra fría que tomó de sede a los países del llamado tercer mundo, de donde extrajo a sus líderes ideológicos, tales como Ho Chi Minn, en Asia, mientras que en América Latina podemos fecundó la imagen de un Che Guevara representativo de la guerrilla y de la victoria de la Revolución Cubana de 1959, en la que muchos historiadores ubican el inicio de los movimientos anti sistémicos latinoamericanos, y de donde surgen los frentes de liberación nacional, como organizaciones con tintes guerrilleras a los que algunos estudiantes se sumarian después. Esto inspiró el surgimiento del movimiento de la nueva canción latinoamericana, o mejor conocida como música de protesta, por la cual, en 1973, fusilaron a Víctor Jara, consecuencia del golpe de Estado de Pinochet contra el gobierno de Salvador Allende en Chile.

Son estos himnos libertarios de la nueva canción, de voces como Mercedes Sosa, Inti Illimani, Violeta Parra, Víctor Jara, Óscar Chávez, por mencionar algunos, en combinación con la influencia musical del “hipismo” estadounidense, lo que marcaba el espíritu contracultural y pacifista del ambiente estudiantil mundial de la época.

Siguiendo la lógica braudeliana, cada siglo tiene una temporalidad que no necesariamente se mide cronológicamente y lineal. Así, de acuerdo a Carlos A. Aguirre Rojas, el siglo XX mexicano inicia con la revolución mexicana, pasa su etapa posrevolucionaria y luego está el 68, año que marca el inicio de la segunda mitad del siglo, el cual culmina con la insurrección neozapatista de los Altos de Chiapas. Esto nos permite ubicar un antes y un después del 68 en la historia de los movimientos anti sistémicos en México para vincularlo con una revolución cultural mundial que emerge precisamente en la década del 60, donde encontramos una sociedad cada vez más politizada y cuya juventud encuentra su expresión en la lucha estudiantil, desplegando sus propuestas de cambio y revolución, porque, como diría Salvador Allende, “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción incluso biológica”.

Así, a 50 años de distancia el movimiento estudiantil, éste ha labrado varios logros, como lo fue la huelga del 99 de la UNAM para mantener las cuotas accesibles de la universidad, gracias a la cual muchos estudiantes han logrado concluir sus estudios; así también, el poder de organización de los estudiantes ha posibilitado el diálogo para llegar a acuerdos con sus pliegos petitorios e incluso ha demostrado que se pueden elegir a sus autoridades, entre otros logros. Asimismo, dicho movimiento estudiantil se ha nutrido de las ideas del 68 que dejaron, sin duda, un espíritu de protesta vigente hasta la fecha, en un año de transición presidencial y de cambios mundiales en todos los sentidos, donde el recuerdo de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa es una huella dolorosa que tampoco se perdona ni se olvida, como tampoco se olvida la sangre derramada que ha enturbiado esa imagen del México imaginario que, en nombre de la modernidad y el progreso, es capaz de matar y desaparecer a su juventud.

Nayeli Estrada Hernández

Nayeli Esmeralda Estrada Hernández (Estado de México, 1992). Egresada de la Licenciatura de Historia, con la línea de investigación en historia universal, cursada en la FES Acatlán. Interesada en la investigación y en la difusión de la historia. Ha contribuido en festivales y congresos como tallerista y ponente, además de contribuir en el ámbito docente dando clases particulares forjando el interés por la historia en jóvenes con problemas académicos. Actualmente se encuentra en proceso de titulación con el tema de la etnicidad indígena ante la praxis neoliberal.

Referencias

  1. Raúl Zibechi, “La revolución de 1968. Cuando el sótano dijo ¡Basta!” Contrahistorias. La otra mirada de Clío. No. 11, México, 2008, p. 45.

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