2018: Elección “histórica”


Celebramos el triunfo de una victoria electoral histórica. Por primera vez, ganó un candidato presidencial de la izquierda. Y sí, tiene, como todos, algunos defectos; al final de cuentas nadie es perfecto. Sin embargo, tras décadas de derrotas, fraudes y compra de votos, ¿cómo no vamos a alegrarnos por este triunfo?

Por donde se las vea, las elecciones del pasado 1 de julio rompieron esquemas: ganó la izquierda, que si bien es una izquierda moderada y tibia, sigue siendo izquierda; se tuvo la mayor participación electoral de la historia del país: alrededor de 63% de los votantes salieron a las urnas; la oposición pasó a ser mayoría en las Cámaras; las recién fundadas alcaldías de la capital y varios municipios del Estado de México pasaron a manos de la oposición, y un partido joven, con escasa experiencia electoral, arrasó en las elecciones a todos los niveles.

La recién victoria electoral puede ser considerada histórica, y no en el sentido de que fueron unos comicios extraordinarios que rompieron modelos previos, sino por lo que representan, por la miríada de movimientos sociales que están detrás de la coalición partidista ganadora, y por la vinculación existente entre aquellos movimientos y el gobierno recién electo. Si la historia es legitimación política para todo gobierno, el recién ganador abre la puerta de la reivindicación histórica como no se había hecho desde las primeras décadas del siglo XX.

Recordemos la lista de agravios sociales acumulados: la represión y masacre de estudiantes de 1968; el halconazo de 1971; la represión de los movimientos de oposición que buscaron una apertura democrática durante 1970 y 1980, como aquel encabezado por Salvador Nava; la guerra sucia contra los movimientos armados que soñaron con la posibilidad de construir otro México; el fraude electoral de 1988; los asesinatos políticos ocurridos durante el gobierno salinista; el levantamiento del EZLN; el incumplimiento de los tratados de San Andrés Larráinzar; la tradicional negativa del gobierno federal para otorgar reconocimiento a la autonomía de los pueblos indígenas; el “error de diciembre” y el Fobaproa; la masacre de Acteal; la decepción de la transición foxista y su gran estela de corrupción; la absurda guerra contra el narco desatada en la administración calderonista con los ríos de sangre que ha desatado; los asesinatos extrajudiciales de Tlatlaya; la imposibilidad de resolver el caso de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa; el caso de la guardería ABC… La lista es larga y se extiende en todos los ámbitos de la vida pública. La coalición ganadora ha reiterado en repetidas ocasiones que todos estos crímenes y errores deben ser esclarecidos y resueltos, y, por si fuera poco, el gobierno recién electo se identifica a sí mismo con estas causas y movimientos sociales.

Ante dicho panorama, la nueva administración tiene de cara un gran reto. México se encuentra ante la posibilidad de comenzar a enmendar los errores del pasado, a resolver esta magna lista de crímenes impunes, y, de esta manera, cerrar heridas y terminar ciclos.

¿Será posible al menos resolver aquellos crímenes más recientes, aquellos que más duelen por ser historia viva?

¿Por qué no creerlo? La reciente victoria electoral abre la puerta de aquel lugar recóndito en donde la esperanza estaba escondida, y quizá ese sea el mejor regalo que pudo tener la sociedad mexicana, representada en los contingentes de ciudadanos que la noche del 1 de julio se apoderaron del Zócalo capitalino mientras gritaban consignas de apoyo, no de protesta, ante las promesas elementales de que no nos van a mentir, de que no nos van a hacer a un lado, de que no nos van a robar.

Tal vez sólo baste cumplir con esas tres promesas, tal vez sea así de simple. Tal vez tengamos, por fin, el gobierno que merecemos; tal vez el reciente proceso electoral termine con el largo siglo XX mexicano. Todo está por verse. Lo único certero es que hemos recuperado la esperanza.

Eduardo A. Orozco Piñon

(Ciudad de México). Es pasante de la licenciatura en Historia que imparte la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha participado como organizador y ponente de un puñado de eventos académicos relacionados con la historia militar y política mexicana del siglo XIX, temática y periodo de la que es especialista. Asimismo, es miembro fundador y activo del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval, cuyas sesiones se llevan a cabo en Palacio Nacional el último viernes de cada mes.

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