The Knick, o el incurable dolor del mundo.


No podemos conquistar las montañas,

pero nuestros ferrocarriles las atraviesan con facilidad.

No podemos vencer al río,

pero podemos desviarlo a voluntad y utilizarlo para nuestros fines.

Vivimos una época de posibilidad sin límites.

 

En los primeros albores del día, la tragedia está por comenzar. Cuatro caballeros aparecen en escena, envueltos en largas batas blancas con tímidas aberturas por detrás, asistidos por dos mujeres coronadas con cofias y ataviadas con vestidos victorianos. El director y actor principal de la puesta anuncia a los asistentes lo que van a presenciar: cesárea obligatoria por un caso de placenta previa en el octavo mes de gestación, con la confianza de que, tras una exhaustiva investigación, la velocidad necesaria puede lograrse.

Esterilizado hasta las barbas, el capitán se dispone a lograr tal proeza impulsado por las últimas palabras de la parturienta antes de caer rendida por la anestesia: “Por favor, salve a mi bebé”.

“Cuchillo quirúrgico”, solicita, y fija la meta: “100 segundos”. “100 segundos”, le responde confiado y asertivo su coprotagonista. Un busto de Hipócrates se asoma en escena, como queriendo no perderse ni un solo movimiento. La línea media por encima del pubis marca el camino de una incisión tan clara que revuelve el estómago. El sangrado se apodera del show. Con el incesante flujo, el segundo a cargo urge: “Tenemos que hacer más grande la incisión y sacar al bebé ahora”. El cuchillo se hace presente de nuevo al igual que el cauterizador. “Tengo una pierna”, asegura uno luego de un jugueteo en el interior de la mujer. La tensión sube, la sangre no para, y el remate perfecto: “Está atorado con el cordón umbilical”.

Fórceps y tijeras. La cauterización continúa, la sangre rebasa los frascos. Finalmente uno libera al bebé y lo sostiene en sus manos, pero éste aún no pertenece a este mundo. Una joven trata de darle aliento al recién llegado, mientras que el equipo procura estabilizar a su progenitora. Manos temblorosas y agitación. La fuente del sangrado ha sido ubicada y alistan la sutura. El sangrado se detiene, pero se lleva consigo el pulso. La madre no lo ha logrado. Las miradas se tornan en una sola hacia la enfermera con el bebé, quien sacude la cabeza en señal de negación. Los actores se miran los unos a los otros en el más triste y decepcionante de los silencios, ante la enjuiciadora mirada de los espectadores.

Siendo el más duro de los críticos consigo mismo, el titular de este tortuoso espectáculo se retira a su oficina, cubre un elegante sofá de piel con una sabana y, tras recostarse, decide que este ha sido su último fracaso. Pone un revolver contra su cabeza y jala el gatillo.

Así es como comienza The Knick: maravillosa, escalofriante, agria, inteligente y desgarradoramente humana.

El resto de este escrito está plagado de SPOILERS.

Dirigida por Steven Soderbergh (Ocean’s Eleven, Traffic) y protagonizada por Clive Owen (Closer, Children of Men), la serie tiene lugar en el hospital neoyorkino The Knickerbocker en pleno 1900, el escenario perfecto para mostrar los contrastes de una época revolucionaria en avances médicos, pero gobernada por prejuicios sociales y personajes aberrantes, cuya vigencia actual es fácilmente detectable.

Con una fotografía hermosa, cuidada y aterrorizante, además de un soundtrack electrónico y oscuro de la mano de Cliff Martínez ―considerado un “profeta sónico” por un buen amigo mío―, la serie ilustra el arduo camino que tuvo que recorrer la medicina moderna para llegar a ser lo que conocemos hoy día: los ríos de sangre y el desolador número de pérdidas humanas que solventaron la aprobación de métodos, instrumentos, sustancias y la propia ética médica en lo que pareciera una empresa de carniceros.

El trabajo historiográfico en esta serie de época es excepcional. Haciendo a un lado el romanticismo y aquella máxima de que “todo tiempo pasado fue mejor”, nos muestra la consolidación de los grandes nosocomios modernos, la llegada de la electricidad, las primeras máquinas de rayos X, el Harlem, los espectáculos de fenómenos, el auge del hipnotismo, las altas expectativas de la eugenesia, comunidades en cuarentena por las enfermedades que traían consigo los inmigrantes, la aparición del cinematógrafo y la filmación de las primeras cintas pornográficas, así como un guiño exquisito sobre la invención del psicoanálisis.

Pese a contar con una variedad de personajes cuyas tramas transcurren contiguamente con una narrativa impecable, tres de ellos guían la historia principal encarnando el carácter transitivo de la época: Lucy Elkins, una joven enfermera recién llegada al Knick, quien bien podría ser el símbolo de una revolución feminista de principio de siglo; Algernon Edwards, un médico negro cuyo genio no es suficiente para superar el racismo de la sociedad que lo rodea, y John Thackery, otro de esos peculiares personajes que nos ha regalado la televisión en los últimos años, reflejo de una época de hombres escindidos y evanescentes.

Thack es un Don Draper, un Walter White, un Rick Sánchez, el Gregory House del naciente siglo 20: brillante, carismático, obsesivo, arrogante, eternamente atormentado, melancólico, decepcionado de la vida y de los hombres; un alma torturada que parece destinado a jamás conservar la felicidad, a cargar con el aspecto trágico de la vida, a padecer la sabiduría del Sileno:

“Estirpe miserable de un día, hijos del azar y de la fatiga, ¿por qué me fuerzas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no oír? Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor en segundo lugar es para ti morir pronto” (Nietzsche, 1871).

A pesar de ello, Thack es de los pocos personajes en la serie que muestran una bondad legítima y un genuino interés por ayudar a los demás, en su caso, desde la ciencia, el ancla que lo mantiene cuerdo, aunque no pueda sobrellevar el día a día sin una inyección de cocaína.

Inspirado en William Stewart Halsted, pionero de la cirugía moderna y también adicto a la cocaína y la morfina a consecuencia de sus investigaciones, Thack realiza las más atrevidas proezas médicas que el hombre de 1900 pudiera imaginar, desde cosas que ahora parecen muy simples como una traqueotomía improvisada hasta la separación de un par de siamesas, una rinoplastia para devolverle la nariz a una enferma de sífilis, y el estudio de las reacciones químicas en el cerebro directamente en el órgano de un adicto, en una escena que podría haber salido de Silent of the Lambs.

El cuidado al detalle, la acidez y la mirada profunda a la lúgubre esencia humana redondean la serie. Los episodios están plagados de personajes corruptos, hipócritas y egoístas tan propios de la época en cuestión como de cualquier otro momento de la vida. Frente a ellos, The Knick nos ofrece a Lucy Elkins aplicando eutanasia a su padre predicador, el mismo que le propinó una golpiza y la llamó ramera cuando ésta confeso su “pecaminoso” andar por la gran ciudad, pero que después sufre un infarto cerebral mientras es azotado por una prostituta en un burdel.

También está la Hermana Harriet, una monja que practica abortos clandestinamente, es “descubierta”, encarcelada y excomulgada, y que pasará a fundar la cultura de la anticoncepción masculina con un negocio de condones caseros elaborados con intestinos.

Tras un “recorte sanitario”, se decidió que la serie de 20 episodios que había terminado en 2015 no tuviera una tercera ni cuarta temporada ―que estarían ambientadas en 1920 y 1947, respectivamente, con un elenco renovado y el Knickerbocker como único denominador común―. La verdad es que no hace falta, pues ése vigésimo episodio es uno de los finales más perfectos de la televisión: conciso, directo, abrumador.

Si bien la serie había logrado un clímax insuperable con el séptimo episodio de la primera temporada, donde una convulsión racial lleva al linchamiento masivo de ciudadanos de color y al saqueo y vandalismo del Knickerbocker, John Thackery operándose a si mismo la isquemia intestinal producto del habitual consumo de sustancias es algo extraordinario, que recuerda de alguna forma a Santiago Nassar de Crónica de una muerte anunciada deambulando con las entrañas en las manos, tanto como a esta inolvidable escena:

Acompañando al último y descabellado gran truco de Thack está una sucesión de revelaciones y conclusiones que lo llenan a uno de rabia, de una impotencia como pocas producciones logran hacer. Un despreciable gerente de hospital que se sale con la suya tras un gran fraude inmobiliario; un joven heredero que decide deshacerse a sangre fría de su padre y hermana para controlar el emporio familiar, así como un conductor de ambulancias que no se tienta el corazón para destruir el mundo de una mujer con tal de convertirse en su único consuelo.

Al final, la perversidad gana en The Knick, al igual que lo hace día a día en el mundo, tal cual nos bombardea en forma de noticias y alertas en cada instante de la vida moderna. ¿El único consuelo? La última sentencia de John Thackery:

Pirrón Kapuściński

Antiguo rey narrador, físico[CULTURISTA] y artista contemporáneo aprobado por Avelina L. Inflación cosmogónica, interrupción legal de las ideas y enmascaramiento de la verdad a precio de menudeo.

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