El Aquelarre de Francisco de Goya, 1798

Los misterios de la historia: los juicios de Salem, la brujería en la historia Moderna.


En “Misterios de la historia” proponemos analizar algunos de los grandes misterios de la historia, muchos de los cuales han trascendido hasta nuestra época debido al halo de misterio que se ha formado en torno a ellos. A lo largo de este año presentaremos dos textos mensuales para analizar una serie de episodios misteriosos, cuya selección será meramente arbitraria y no responderá ni a la temporalidad, ni a la espacialidad o veracidad de los acontecimientos. Tampoco será relevante si el misterio finalmente se resolvió o, en cambio, se mantuvo sin explicación satisfactoria. Por lo tanto, nuestro criterio únicamente responderá a la fascinación que algunos acontecimientos han transmitido a las generaciones presentes y al impacto histórico que tuvieron en su momento.

Brujas y hechiceras, una larga historia

“La naturaleza las ha hecho hechiceras. Es su propio genio, su temperamento femenino. La mujer nace ya hada. En los periodos de exaltación, que suceden regularmente, se convierte en Sibila. Por amor, en Maga” (La Bruja, p.29). De esta forma comenzaba el historiador Francés Jules Michelet su estudio La bruja, un libro dedicado a la evolución histórica de la mujer vista como bruja en Europa. En efecto, la frase de Michelet es acertada en muchos sentidos, pues desde sus orígenes la bruja siempre estuvo íntimamente relacionada con la naturaleza misma, así como la mujer siempre ha sido vista como una bruja —porque brujos hay muy pocos (Malleus, p.47).

Las brujas se nos presentan en muchas formas. A veces como mujeres sabias que comprenden la naturaleza y sus leyes, convirtiéndose en las primeras curanderas del pueblo, quienes utilizan su saber empírico —derivado de la observación del mundo natural— para remediar los males de la comunidad. Durante la Edad Media fueron las primeras médicas, herbolarias y parteras, guardianas de un conocimiento aprendido de generación en generación y que en ocasiones llegaba a discordar con la teoría que manejaban los doctores de la corte. Belladonas y mandrágoras contrastaban con la teoría humoral, a veces rígida y dedicada a aliviar la inmediatez de la enfermedad, sin buscar su causa (Abigail Casey, p.1516).

En otras ocasiones las brujas nos muestran su lado más oscuro, y adoptan la forma de seres terribles de ver; se vuelven hechiceras que tienen la capacidad de devorar los sueños y esperanzas de los inocentes; se convierten, entonces, en adoradoras del mal cuyo único objetivo es perpetuar el caos en la comunidad. Las vemos volando montadas en escobas o sobre animales endemoniados, también bailando en un aquelarre orgiástico a la luz de la luna. A su conocimiento de la naturaleza se le suman prácticas aprendidas del diablo en el Sabbat, como el hecho de crear un ungüento con cadáveres de niños sin bautizar, el cual utilizan para hacer levitar las cosas (Lecouteux pp.101-102). Practicas terribles siquiera de mencionar.

 

Una de las primeras representaciones de brujas volando, en Le Champion des dames de Martin Le Franc, 1451.

Una de las primeras representaciones de brujas volando, en Le Champion des dames de Martin Le Franc, 1451.

Durante gran parte de la Edad Media la mujer curandera-bruja fue un miembro valioso de la sociedad, respetada e incluso admirada, pero no por ello estuvo libre de acusaciones, especialmente porque sus prácticas contrastaban con el dogma cristiano. Lo común es que se les culpara por las calamidades venidas con el hambre o la peste —el año mil deja testimonios de mujeres violentadas dada la gran hambruna europea—, pero también caían en desgracia por simples banalidades, como el que entre las mujeres se acusaran por su belleza o riqueza. Así, el tema de la brujería no fue desconocido durante gran parte del periodo medieval, pero durante las postrimerías de la Edad Media, la figura de la bruja alcanzó su decadencia completa como servidora de la comunidad y adoptó una forma completamente demoniaca. En este sentido, Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger —autores del Malleus Maleficarum, 1486— eran hombres de su tiempo, pues, casi sin inventar nada nuevo, recogieron las creencias y temores que tenía la población europea sobre la brujería de finales del siglo XV. La reforma luterana (1517) vino a intensificar el temor y el odio contra las brujas, alcanzando su clímax en las guerras de religión del siglo XVII —en especial la guerra de los Treinta Años (1618-1648).

En este último periodo nos encontramos con en el punto más álgido de la cacería de brujas. La guerra entre católicos y protestantes se libró más allá del campo de batalla, extendiéndose a los pueblos y ciudades de Europa. Era una guerra sin cuartel, en la que la ideología era el medio por el cual se diseminaba el odio entre los hombres. Basta con ejemplo para mostrar la intensidad de la guerra. Tan solo en Bamberg, Alemania, fueron juzgadas, torturadas y llevadas a la hoguera entre 600 y 900 personas en el periodo de 1625 a 1633. En ocasiones bastaba con señalar a los culpables, sin ofrecer pruebas claras de hechicería, lo que dio pie a venganzas familiares y políticas. Sólo la intervención del emperador cesó la fiebre de la cacería de las brujas, que para 1633 ya había alcanzado cifras alarmantes.

 

El Aquelarre de Francisco de Goya, 1798

El Aquelarre de Francisco de Goya, 1798

Este breve esbozo histórico nos ayudará a entender mejor lo que ocurrió en Salem a finales del siglo XVII, pues el miedo a la brujería, a diferencia de nuestro mundo posmoderno, era algo que se tomaba con mucha seriedad. Hoy haría falta más que simples “pruebas espectrales” para acusar a una persona de practicar la brujería, pero en el siglo XVII el método científico aún no se generalizaba y, especialmente en las comunidades conservadoras, la fe y el temor de Dios era pan de cada día. Si hoy nos parece trágico el destino de las víctimas, ¿cuál habrá sido el terror de aquellos que creían que convivían con brujas?

La constante lucha por alcanzar la Salvación

Massachussets fue una de las colonias inglesas más importantes de Norteamérica, recibiendo a algunas de las comunidades más prósperas de migrantes puritanos. Los seguidores de esta vertiente del cristianismo protestante creían en un Dios vengativo y que nunca perdonaba el mínimo error; siempre vigilante, juzgaba todos y cada uno de los movimientos de los hombres, por lo que cualquier falta o pecado, por pequeño que fuera, podía significar la diferencia entre la salvación o la condenación eterna (The Salem Witch Trials, p.9).

Los puritanos consideraban que el trabajo duro era un medio de salvación, por ello negaban cualquier muestra de pereza o de distracción —como los juegos, el canto y el baile— que los apartara de su adoración a Dios. Como todo religioso de la época, los puritanos creían en el diablo y su influencia en el mundo de los mortales, llegando a interpretar que todo lo malo que les ocurría era un castigo por sus pecados. Ya fuera que la leche se agriara, que un niño se perdiera en el bosque o que la cosecha fuese robada, todo ello era considerado como una señal divina de que los puritanos habían perdido el camino y por ello merecían un terrible castigo. Esto volvió a los puritanos una comunidad muy unida, que se protegía a sí misma tanto de sus enemigos terrenales como espirituales —incluyendo a los pecadores de su misma sociedad—, por lo que los extranjeros eran vistos con recelo y desconfianza.

La vida comunal se prestaba para la convivencia, aunque sin muchas distracciones. El oficio religioso era obligatorio, por lo que la ausencia en misa era considerada una falta grave tomada muy en serio por la comunidad. Testimonios de la época hablan de familias enteras que caminaban horas con tal de llegar a la iglesia, incluso durante tormentas de nieve. La fe no era cuestión de elección, era una forma de vida.

Puritana Joven de E. Percy Moran.

Puritana Joven de E. Percy Moran.

Los puritanos no eran ajenos a las creencias sobre brujería y entendían que el demonio se manifestaba en formas muy diversas. Debido a su visión tan cerrada del mundo, les era imposible no relacionar todo aquello que les parecía “extraño” con alguna manifestación diabólica, y como seguidores de Dios, creían que era su misión ayudar a borrar el mal de este mundo. Esto, sumado a las inclemencias del tiempo, a los constantes ataques de indios y la pérdida de las cosechas, generaron un ambiente propicio para la histeria colectiva que finalmente se desató en contra de los mismos miembros de la comunidad.

El mal que acecha la comunidad

Los primeros puritanos llegaron a Massachusetts en 1620 y para 1626 ya habían fundado el pueblo de Salem. Gracias al trabajo duro de sus habitantes, la comunidad prosperó tanto que en 1630 construyeron la villa de Salem en los alrededores del pueblo. Esta expansión puritana entró en conflicto con las poblaciones nativas que reclamaban la zona como su propiedad. Si bien los indios veían a los europeos como extranjeros que les arrebataban sus tierras, los puritanos no reconocían el derecho de los indios americanos sobre el territorio, pues como éstos no trabajaban la tierra, los colonos consideraban que podían apropiárselo legítimamente.

La vida en América era dura y una lucha constante entre la naturaleza y el hombre civilizado. Desde las incursiones espontáneas de nativos, hasta la pérdida de cosechas por el mal clima y las enfermedades mal tratadas, los colonos tenían muchas razones para ser temerosos y precavidos a lo que ocurría fuera de sus comunidades. Especialmente las creencias sobre el demonio y las brujas eran un tema de mucho cuidado para los puritanos, tanto así que en 1641 se decretó que los crímenes relacionados con brujería serían castigados con la muerte.

Sobre todo, el bosque era uno de los lugares más peligrosos a los que se enfrentaban los colonos, pues además de ser el escondite para animales salvajes y nativos peligrosos, era también el hogar del demonio y de su consorte por excelencia, la bruja. En efecto, en la Edad Media el bosque era visto como un lugar peligroso, habitado por malhechores, criaturas malignas y demoniacas; al ser un lugar obscuro, se entendía como la contraparte de lo divino: Dios es luz, el demonio es oscuridad. Las pestes y hambrunas no ayudaron a mejorar su imagen; existen testimonios de viajeros que eran secuestrados en los bosques para después ser devorados por los caníbales (Duby, p.81). Pero, sobre todo, el bosque comenzó a relacionarse con el entorno natural de las brujas y como del lugar ideal para realizar los ritos de hechicería: antaño era laboratorio de cultivo para las curanderas, ahora era lugar de sacrificios para las hechiceras. Los cuentos de hadas son la mejor prueba de esto último, Hansel y Gretel, Blanca Nieves y la Cenicienta, cuyos antagonistas son brujas malvadas, se desenvolvían en el bosque.

Escena de la película La bruja, de Robert Eggers (2015). Es una muestra fiel del pensamiento puritano y el temor que tenían por la brujería.

Escena de la película La bruja, de Robert Eggers (2015). Es una muestra fiel del pensamiento puritano y el temor que tenían por la brujería.

Muchos de los animales con los que se relacionaba a la bruja en sus ritos maléficos eran criaturas del bosque: lechuzas, sapos, cuervos, serpientes y murciélagos. Se creía que las brujas utilizaban a estos animales y un sinfín de flores y bayas en sus pociones malignas. Por ejemplo, Gail Stewart explica que en aquella época se tenía la creencia que la baba de sapo era un ingrediente primordial en pócimas relacionadas con la invisibilidad (The Salem Witch Trials, p.15). También era común asociar ciertas marcas o heridas en el cuerpo de las mujeres con mordidas de cuervos o murciélagos, pues según la creencia éstos se alimentaban con la sangre de la mujer durante la noche y así poder comunicarse con el maligno. De esta forma, si una persona poseía una marca sospechosa en el cuerpo, aunque fuera un lunar, era motivo suficiente para acusarla de brujería.

El terror se apodera del pueblo

Cuando los puritanos arribaron al Nuevo Mundo trajeron consigo su miedo y fervor por limpiar al mundo de cualquier mal. En su mentalidad, si la hechicería era alimentada por el diablo, su deber como seguidores de Dios era perseguirlo y exterminarlo.

Ahora bien, los juicios en contra de supuestas brujas en Nueva Inglaterra y Massachusetts no eran nuevos, pero no fue sino hasta 1692 cuando éstos comenzaron a intensificarse, especialmente en Salem. A principios del año, la joven Abigail Williams —cuyos padres habían muerto a manos de nativos americanos— y su prima Betty Parris —hija del reverendo Samuel Parris— comenzaron a actuar de forma muy extraña: lanzaban alaridos incomprensibles y gesticulaban de forma terrorífica; sin duda, en una sociedad tan rígida y cerrada como la puritana, estos desplantes causaron un gran furor en la comunidad, y pronto otras dos niñas comenzaron a tener los mismos síntomas: Ann Putnam y Elizabeth Hubbard.

Posteriormente las cuatro chicas comenzaron a explicar que veían los rostros de Tituba, la esclava negra de la familia Parris, quien pasaba gran parte del tiempo contándoles historias de magia negra y de fantasmas de su tierra en Barbados. También, dijeron haber visto a Sarah Good, quien por sus antecedentes familiares fue fácilmente señalada y acusada. La última en ser culpada fue la septuagenaria Sarah Osborne, quien había dejado de ir a la iglesia y por ello era mal vista por la comunidad.

Tituba contando historias de terror a las cuatro niñas.

Tituba contando historias de terror a las cuatro niñas.

Los juicios en contra de las tres sospechosas comenzaron en febrero de 1692. Las tres fueron interrogadas, pero sólo Tituba aceptó haberse entrevistado con el diablo, además de sugerir que había más personas implicadas en brujería. Las tres fueron llevadas a prisión en espera de veredicto, mientras en Salem la histeria colectiva se apoderaba de la comunidad. Pronto las tres niñas volvieron a acusar a otras personas, en algunas ocasiones apoyadas por “testigos” que respaldaban sus historias, por ejemplo, la mamá de Ann Putnam que afirmó haber visto el espectro de Rebecca Nurse una y otra vez. Las acusaciones continuaron a tal grado que las cárceles de Boston y de Salem estaban prácticamente llenas, por lo que se autorizaron cortes de “escuchar y juzgar”.

Las cortes de Oyer and Terminer (escuchar y juzgar) fueron encargadas a nueve jueces: William Phips, Samuel Sewall, Bartholomew Gedney, John Richards, Nathaniel Saltonstall, Peter Sergeant,, John Hathorne, Jonathan Corwin y Wait Still Winthrop. Ellos permitieron el uso de “pruebas espectrales” para decidir culpabilidad de las acusadas lo antes posible. Algunas de estas “pruebas” eran elementos asociados con la creencia de las brujas, como encontrar marcas o lunares sospechosos en el cuerpo de las acusadas, así como de testimonios inventados basados posiblemente en viejas rencillas entre la comunidad y las acusadas. La sentencia era expedita y la mayoría de las acusadas —que no murieron en la cárcel— fueron condenadas a morir ahorcadas.

Las acusaciones continuaron hasta septiembre de 1692, momento en que los pobladores comenzaron a cuestionar la legitimidad con que se llevaban a cabo los juicios y la veracidad de las acusaciones de las niñas. Finalmente, el 22 de septiembre se llevó a cabo la última ejecución, después de haber condenado a 19 personas, así como otra decena que murieron en prisión. Después que se decretara el fin de los juicios, las niñas dejaron de convulsionarse y de señalar de brujería a otras mujeres, pero para entonces el daño a la comunidad ya era irreversible.

Mujer acusada de brujería a punto de ser ajusticiada en la horca. A diferencia de la tradición católica, las brujas puritanas eran ahorcadas y no quemadas.

Mujer acusada de brujería a punto de ser ajusticiada en la horca. A diferencia de la tradición católica, las brujas puritanas eran ahorcadas y no quemadas.

Las brujas trascienden

Las caricaturas, series y películas nos han mostrado una versión cliché de la forma de vida puritana. Es necesario que entendamos esta sociedad en su propia complejidad, la cual va más allá de la ignorancia o el miedo irracional hacia lo desconocido; más bien estamos ante una profunda interpretación de la existencia divina que impedía racionalizar el mundo y verlo en términos de relaciones complejas entre sociedad y naturaleza. Básicamente Dios estaba en todo, y todo aquello que no parecía encajar dentro de ese mundo era peligroso y demoniaco.

Llevados al límite por un terror sobrenatural hacia lo desconocido y sus propias creencias tan rígidas, los habitantes de la comunidad de Salem acusaron a casi un centenar de mujeres —y algunos hombres— de practicar la brujería, condenando a una decena de ellas a la horca por practicar las artes obscuras. Si bien es posible que todo ello surgiera de un juego de niñas que se salió de control debido a la rigidez de la vida puritana, no podemos negar que el miedo a las brujas haya sido una realidad en Salem. ¿Por qué en Salem, una comunidad al extremo del mundo, se dio un fenómeno como este? Ese es el gran misterio que trasciende la historia.

En el pasado, el límite entre lo natural y lo sobrenatural no estaba tan definido como ahora. La brujería nos ha acompañado desde el principio de nuestra especie; ella se encuentra en ese umbral que separa a la realidad y la ficción, mostrándonos un mundo de conocimientos, acciones y posibilidades que van más allá de nuestra imaginación.

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José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

Referencias

  1. Michael D. Bailey, The A to Z of Witchcraft, Lanham-Toronto-Plymoutn, The Scarecrow Pres, 2009.
  2. Abigail Casey, “Magic and Medicine in a Man’s World: The Medieval Woman as both Healer and Witch”, Proceedings of The National Conference On Undergraduate Research (NCUR) 2016, University of North Carolina Asheville Asheville, North Carolina April 7-9, 2016, pp. 1515-1524.
  3. Georges Duby, El año mil, trad. Iren Agoff, 7ª reimpr., Barcelon, Gedisa, 2006, 160 p.
  4. Britta Gehm, Die Hexenverfolgung im Hochstift Bamberg und das Eingreifen des Reichshofrates zu ihrer Beendigun, Hideshheim-Zürich-New York, Georg Olms Vergal, 2000.
  5. Richard Kieckhefer, Magic in the Middle Ages, Cambridge, Cambridge University Press, 1989, 219 p., ils.
  6. Eve Laplante, Salem Witch Judge, the Life and Repentance of Samuel Sewall, Harper Collins e-books, 233 p., ils., mapas.
  7. Claude Lecouteux, Hadas, brujas y hombres lobo en la Edad Media. Historia del Doble, Trad. Plácido de Prada, 2ª ed., Mallorca, España, El Barquero, 2005, 221 p., ils.
  8. Brian A. Pavlac, Witch Hunts in the Western World, Londres, Greenwood Press, 2009, 228 p.
  9. Andrea Renczes, Wie löscht man eine Familie aus? Eine Analyse Bamberger Hexenprozesse, Centaurus, Pfaffenw, 1995, 183 p.
  10. Gail B. Stewart, The Salem Witch Trials, EUA, Reference Point Press, 2013, 96 p., ils.
  11. Rosalyn Schanzer, Witches! The Absolutely True Tale of Disaster in Salem, Washington D.C., National Geographic Society, 2011, 94 p., ils.

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