Guerra y cultura popular: Dunkerque o la experiencia del soldado más allá de la batalla.


Guerra y cultura pop: Dunkerque o la experiencia del soldado más allá de la batalla

Porque la guerra nos causa una fascinación inexplicable, esta sección está pensada para analizar las representaciones bélicas en todos sus motivos y temas dentro de la cultura contemporánea. Pues a partir de la cultura popular podemos explicar los valores, ideas y simbolismos que nuestra sociedad posmoderna tiene en relación con la guerra.

De cara a la Segunda Guerra Mundial

Cuatro largos años duró la Gran Guerra (1914-1918); cuatro años en los que el mundo progresista de la modernidad europea del siglo XIX se desarticuló estrepitosamente, pues su legado, apenas entrando al nuevo siglo, se consumió en la industrialización de la violencia armada y en el uso de la ciencia al servicio de una maquinaria de guerra que devino en la muerte de millones de personas y en la devastación de gran parte del territorio europeo.

Con el antecedente de la Primera Guerra Mundial, no sorprende que los políticos, comandantes y población en general estuvieran reacios a entrar en otra guerra contra Alemania en 1939. ¿Qué más daba el rearme de Alemania o que éstos se anexionaran Checoslovaquia? La movilización armada no era necesaria para defender a un país de Europa oriental. Por ello, cuando Inglaterra y Francia le declararon la guerra Hitler por la invasión de Polonia, fueron pocos los que estuvieron contentos de marchar, después de todo, ¿quién querría ir a la guerra por Polonia?

Para entender el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, es necesario observar los dos cambios en la doctrina militar de los beligerantes. Por un lado, estaba claro que el enfrentamiento directo entre dos fuerzas militares con la misma capacidad bélica —lo que se conoce como guerra simétrica— daba como resultado un estancamiento en el frente, como se vio en los primeros años de la Gran Guerra; dado que ninguna industria era capaz de imponerse sobre otra, la victoria sólo podía alcanzarse a un alto costo humano. De esta forma, se comenzó a teorizar la posibilidad de una estrategia indirecta —propuesta por el general británico Basil Liddell Hart— para obtener resultados militares menos sangrientos en el campo de batalla, pero que tenía un impacto mayor de la guerra en la sociedad civil. Así pues, desde la década de 1920, comenzaron a desarrollarse modelos estratégicos que incluían el uso de bombardeos de precisión en contra de la población civil. Los objetivos de estos bombardeos no sólo se limitaban a derribar fábricas de municiones o de armamento en territorio enemigo, sino que se extendían a las ciudades enteras, pues se pensaba que, si los civiles recibían las penurias de la guerra, éstos se organizarían y presionarían a su gobierno para finalizar el conflicto.

El segundo cambio en la doctrina militar vino del cuestionamiento de cómo aprovechar mejor las unidades motorizadas. Durante el periodo de entreguerras, los Estados Mayores europeos buscaron cómo volver mucho más eficiente el campo de batalla, precisamente para evitar el estancamiento de la guerra de trincheras que diezmó a los ejércitos del frente occidental durante los primeros años de la Gran Guerra. Los franceses y los ingleses realizaron algunos experimentos combinando divisiones de blindados e infantería, pero la falta de recursos y de interés político limitó la adopción de esta nueva doctrina militar. Además, los franceses prefirieron limitarse a la construcción de la línea fortificada de Maginot en la frontera sur alemana. En cambio, los alemanes terminaron por aprovechar de mejor manera el uso de las unidades motorizadas gracias al interés del general Guderian por la guerra móvil: se organizaron varias divisiones de tanques (Panzerdivision), las cuales actuaban en conjunto con la infantería motorizada y eran apoyados por los cazabombarderos (Stukas). Esta nueva doctrina, sumada al nacionalismo y adoctrinamiento del fascismo, le dio a los alemanes el impulso necesario para llevar a cabo una “guerra relámpago” a lo largo de la guerra.

La ofensiva contra Francia

En 1914, los alemanes, siguiendo el plan Schlieffen, invadieron Bélgica para intentar derrotar a los franceses desde su frontera oriental y, con un movimiento de pinza desde el norte, fueran acorralados los franceses en sus fortalezas distribuidas junto a la frontera alemana. En aquella época el plan falló, y lo que se esperaba sería una victoria rápida como la guerra franco-prusiana de 1871 derivó en una contienda sangrienta que devino en otros cuatro años de intensa lucha. Así pues, cuando los alemanes iniciaron su ofensiva sobre Bélgica en 1940, para el alto mando inglés y francés no había duda: los alemanes repetirían su estrategia de 1914.

Después de un periodo de preparación, el 10 de mayo se reinició el avance alemán: se invadió Bélgica y Holanda. Los Aliados avanzaron desde Francia para detener a los alemanes, concentrando la mayoría de sus tropas —especialmente del Ejército Expedicionario Británico— en la frontera con Bélgica. Sin embargo, cuando los Aliados cayeron en cuenta de que todo era una trampa, ya era demasiado tarde: el verdadero ataque no sería por Bélgica, sino desde las Ardenas, una barrera boscosa al sur de Bélgica que se creía impenetrable. Tras algunas batallas en las que se destacaron Erwin Rommel por los alemanes, y De Gaulle por los franceses, las pocas fuerzas francesas que defendían el sur de Francia colapsaron y permitieron el avance alemán hacia el norte, encerrando a los Aliados en Bélgica.

Superados por los alemanes, los ingleses se replegaron hacia la costa, hacia el puerto de Dunkerque, mientras los franceses los cubrían en retaguardia. Bélgica y Holanda capitularon al poco tiempo, dando paso libre a los alemanes. Sin embargo, la debilidad táctica del Estado Mayor alemán impidió cosechar un mayor fruto, pues detuvieron sus unidades Panzer en Bélgica, persiguiendo a los ingleses sólo con su infantería y con sus cazas (Stukas).

Este es el contexto que da pie a la película Dunkerque (Christopher Nolan, 2017). Los ingleses, acorralados contra la costa, esperan por ser evacuados; mientras, los franceses, en un último acto de resistencia, intentan detener a los alemanes. Churchill, recién ascendido a primer ministro, realiza una última maniobra para rescatar a sus hombres: ordena que toda embarcación —comercial, pesquera o privada— recoja al ejército varado en Francia. Pocas veces podemos decir que han habido hechos que marcaron un cambio drástico en la historia de la guerra. La operación “Dínamo”, como se le conoció a la evacuación inglesa, fue uno de esos momentos que cambiaron la historia y nos permiten preguntarnos: si hubiese sido de otra forma, ¿cómo hubiesen terminado las cosas?

La guerra más allá del combate

Dunkerque es una historia poco convencional en términos clásicos del cine bélico. Los cineastas nos tienen acostumbrados a que las grandes producciones sobre la guerra muestren los aspectos más crudos del combate (Salvando al soldado Ryan, 300), con la intención de mostrar el patriotismo, el honor y la valentía de los participantes desde el tópico del guerrero: un hombre que lo da todo por su patria, que sufre las penurias del combate, que es abnegado hacia sus camaradas, que inspira a continuar luchando y no descansa hasta cumplir su objetivo o morir en el intento. Dunkerque se aleja lo más posible de esta visión y nos presenta una historia que, en efecto, nos muestra el valor, el honor y el patriotismo, pero desde una mirada completamente diferente. Podríamos llamarla, una mirada más “humana” de la guerra.

El filme está narrado en tres tiempos y miradas distintas en torno al mismo evento, las cuales se entrelazan y confluyen hacia el último tercio de la película. Por un lado, se nos presenta la visión de un recluta inglés, quien hace lo que puede por sobrevivir y no está dispuesto a sacrificarse por ninguna causa, llegando incluso a romper el vínculo de la camaradería entre los soldados. La siguiente visión es la de un capitán de barco inglés —civil— movido por el patriotismo, quien no se la piensa dos veces para embarcarse hacia lo desconocido y ayudar cuanto pueda en el esfuerzo de guerra. La tercera visión está dada por un piloto de caza inglés spitfire, al que se le ordena apoyar a los ingleses varados en la playa, dándolo todo por su causa.

En Dunkerque, la guerra se vuelve un contexto y no la vemos presente sino esporádicamente. El enemigo se nos muestra sin rostro —ni siquiera al final que aparecen los alemanes podemos identificarlos—, sólo el sonido de la artillería a lo lejos o los esporádicos vuelos de los Stukas nos recuerdan que el enemigo está ahí y en cualquier momento puede aparecer y causarles penurias a los hombres varados en la playa o en los barcos de transporte. A la par, el combate se resuelve en el aire: la marina es incapaz de responder a las incursiones enemigas y no se diga de la infantería, que no puede hacer nada ante esta nueva forma de lucha. El combate cerrado cuerpo a cuerpo en tierra desaparece y es sustituido por amplios espacios en el cielo infinito protagonizados por máquinas voladoras que apenas y se alcanzan a ver. El soldado se despersonaliza: desde tierra el combate aéreo parece irreal; la infantería no lucha —o no puede luchar—, pierde su razón de ser y se vuelve innecesaria, es un blanco más de los cazas.

 

La muerte del héroe bélico

El personaje interpretado Harry Styles es todo lo opuesto a lo que hemos visto en las películas sobre guerra en el pasado. Temeroso de su destino, abandona su deseo de combatir —desde el principio pierde su rifle— y se preocupa únicamente por su supervivencia: el rango y la nacionalidad no importan cuando la muerte se avecina, especialmente cuando se es recluta. Visto de forma idealizada y en comparación con el cine clásico de guerra al que estamos acostumbrados, creeríamos que el personaje representa al soldado cobarde, que no está dispuesto a luchar y sólo se dedica a salvar su existencia. En efecto, ya habíamos visto a esta clase de personajes en otras películas, pero siempre como una figura secundaria en la trama. El “cobarde” está ahí precisamente para resaltar el papel del héroe: el primero es víctima de nuestro rechazo por su cobardía e incapacidad de actuar cuando llega el momento, mientras el segundo es admirado por su valor abnegado que le permite triunfar; uno muere o se redime al final —a veces inspirado por el héroe—, mientras el otro triunfa por su valor o sucumbe en el cumplimiento de su deber.

En Dunkerque el discurso del héroe quasidivino se rompe y nos encontramos ante el soldado visto como humano, pasional e irracional, cuyo vínculo con el nacionalismo queda relegado a segundo plano cuando la muerte está a la vuelta de la esquina. Estamos ante una visión más “antropológica” de la guerra, es el “rostro de la batalla” si lo viéramos a la manera de John Keegan. No es el héroe divino que es indiferente a la muerte, sino el héroe humano que se aferra a la vida sobre cualquier cosa. ¿Acaso no es más parecido a nosotros? ¿Acaso no nos identificaríamos más con los miles de soldados temerosos y estresados varados en las playas de Dunkerque que con Leónidas y sus trecientos espartanos? Otrora juzgaríamos de cobardes a estos hombres que tratan de sobrevivir, pero hoy nos muestran lo difícil que es mantenerse en pie ante una situación tan difícil y continuar la lucha.

Bajo esta perspectiva, ¿por qué se lucha en Dunkerque? No es por la libertad, no es por la democracia, no es por el Estado o la Nación; más bien, se lucha por el individuo mismo, por la autopreservación humana. ¿No nos suena a nuestra sociedad moderna? Hoy día se reniega de las fronteras y de los valores que sostienen al nacionalismo; hoy se lucha por los intereses del individuo en todos sus matices.

El heroísmo en sus muchas formas

A pesar de ser una película en gran medida pacifista, Dunkerque nos muestra otra cara de la moneda de la guerra: el patriotismo. No nos referimos al ultranacionalismo que llevó a Europa a dos guerras intestinas. Más bien al amor por el país y por sus habitantes, especialmente cuando éstos se encuentran en una situación tan desesperada. El piloto de barco refleja esto justamente: el miedo existe, pero el impulso de ayudar a quien lo necesita va más allá de nuestro estado de confort. Como él, muchos marineros civiles británicos debieron sentir miedo de adentrarse en el canal y afrontar lo desconocido de la guerra, pero su esfuerzo fue tan heroico como el de todos los soldados que dieron su vida en los distintos frentes de batalla.

Finalmente, el piloto de Spitfire, interpretado por Tom Hardy, nos muestra la idealización del militar —un piloto difícilmente podría ser recluta— que lucha hasta el último momento y se sacrifica en la guerra. Una versión moderna de la caballería medieval: combate por una causa justa y no “remata” a sus adversarios, sólo los derriba esperando dejarlos fuera de combate. Por otro lado, su visión de la guerra aérea es simplemente desoladora: extensiones de mar infinito que se confunden con el amplio cielo; la tierra se vuelve un espacio imaginario, donde los soldados pierden su individualidad y se vuelven masas amorfas incapaces de combatir. Jamás el combate se vio tan solo y tan desesperanzador, pero al mismo tiempo tan dramático y crucial en su desarrollo, llevado al clímax en los últimos cuadros de la película. El heroísmo se hace presente, pues Hardy está dispuesto a darlo todo por defender a sus camaradas de la amenaza esporádica de los cazas alemanes hasta el último momento.

Para todos aquellos que busquen una mirada más “humana” de los conflictos bélicos, Dunkerque se presenta como un filme indispensable y necesario. Nos proporciona distintas visiones pasionales de los protagonistas de los hechos y nos enseña que la guerra se construye más allá del combate, en momentos que pueden ser igual o más dramáticos que una batalla en las Termópilas, un desembarco en Normandía o un atrincheramiento en el Somme.

José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

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