Guerra y cultura popular: Star Wars, el imperio y la tecnología


Porque la guerra nos causa una fascinación inexplicable, esta sección está pensada para analizar las representaciones bélicas en todos sus motivos y temas dentro de la cultura contemporánea. Pues a partir de la cultura popular podemos explicar los valores, ideas y simbolismos que nuestra sociedad posmoderna tiene en relación con la guerra.

La Guerra en las Galaxias

Aunque la nueva entrega de Star Wars peca de ser una película un tanto deficiente en cuanto a trama y narrativa, lo cierto es que los aspectos visuales alcanzan a dejar un buen sabor de boca a los espectadores más exigentes; y entre todos los efectos, los que se llevan las palmas siguen siendo las representaciones de batallas, tanto en la tierra como en el espacio exterior. ¿Qué podría ser más entretenido que presenciar un concierto de luces, explosiones y sonidos estridentes? Es innegable que Star Wars siempre ha estado a la vanguardia en cuanto a las representaciones de batallas espaciales. Lo vimos en los últimos quince minutos del Ataque de los clones -los únicos quince minutos que valieron la pena- y en el spin-off de Rouge One, en la batalla final -una verdadera joya de cómo representar una confrontación espacial.

Desafortunadamente, la saga también tiene sus deslices al momento de representar las batallas. ¿Realmente esperan que creamos que un puñado de naves rebeldes podrían destruir todo un planeta-arma, como se vio en el episodio VII? Es difícil creer que toda una organización militar, como lo es el imperio, con una logística, inteligencia y capacidad de fuego bien organizado, sea incapaz de hacerle frente a una pequeña incursión enemiga. Pareciera más bien que este tipo de elementos siguen un argumento al estilo Deus ex machina, con la intención de beneficiar a la trama, que realmente una salida lógica. Pues, ¿el arma más poderosa del universo ni siquiera puede defenderse a sí misma?

Otro aspecto interesante que, aunque no se explica del todo bien en las películas, pero que valdría la pena reflexionar, ¿existe una economía de guerra? O cómo logran financiarse las distintas armadas de los bandos que se enfrentan. En ese caso, ¿cuál es el planeta madre del imperio? O al contrario, ¿únicamente está conformado por un número indeterminado de bases militares? Ello lo complicaría aún más, pues ¿cómo obtienen recursos para mantener una organización militar tan eficiente y capaz de someter a toda una galaxia? Al menos los rebeldes tienen sus propias bases planetarias, de los que pueden extraer recursos para sostener una guerra total.

Por otro lado, ¿cuál es el proceso de reclutar a un soldado y, si el uso de armas láseres cambia el adiestramiento de las tropas? De igual forma, ¿el uso de las nuevas tecnologías que implican una transformación en la conducta de la guerra? ¿O lo que atestiguamos es la falta de táctica en el campo de batalla? Si la capacidad destructiva de estas armas es tan grande que da igual el planteamiento táctico, tendría lógica atestiguar enfrentamientos cuerpo a cuerpo entre las diferentes guerrillas. En este sentido, los enfrentamientos cuerpo a cuerpo sustituyen a la táctica de ponerse a cubierto y literalmente ganan los que tengan la mejor puntería.

En las películas estos cuestionamientos se nos muestran ya digeridos; pero no hay que olvidar que, en la vida real, el proceso de organizar, reclutar, armar, abastecer y mantener un ejército implica un fuerte gasto para todos los beligerantes. En este sentido, los estudios militares no únicamente se reducen al hecho mismo de la batalla, sino que también abarcan aspectos que van desde el estudio de la cultura y hasta la política. Vale la pena hacernos estas preguntas, porque la forma en que aparecen representados en la pantalla grande, es también un reflejo de lo que nosotros estamos asimilando que es la guerra en la vida real.

El imperio, eterno antagonista

La saga creada por George Lucas nos ha fascinado a partir de su primera entrega en 1977, y desde entonces, los seguidores del eterno conflicto entre Jedis y Siths no han hecho más que aumentar en número y en fanatismo -especialmente con la última trilogía. En efecto, muchos crecimos enamorados de la saga, ya sea con la tercia de 1970s-80s, con la de los 2000s, y recientemente con la de 2015-2019. Y un elemento que no puede faltar en toda la saga es la guerra, y, específicamente, el conflicto entre la república (rebeldes) y el imperio; esto es, entre la búsqueda por la dominación un sistema político sobre otro y la libertad de las personas por elegir su propia forma de gobernarse.

Sin duda, este es el elemento más interesante de la saga. El imperio surge como una fuerza que busca traer orden y control sobre los diferentes sistemas planetarios, y el medio que utiliza para lograrlo es la fuerza militar como medio coercitiva. En ese sentido, no es gratuito que la caracterización de los miembros del Imperio -así como de la Primera Orden- guarde muchas similitudes -por decir poco- con el Tercer Imperio Alemáni: los uniformes, la forma en que se estructura la cadena de mando, y la manera en que se perpetúa el estado militarista.

Del otro lado nos encontramos con la Alianza Rebelde -o Rebeldes-, quienes dedican todos sus esfuerzos a confrontar el poder que guarda o busca ostentar el imperio. Primero en confrontación abierta, con ejércitos y flotas bien consolidadas y organizadas como verdaderos ejércitos -en el término occidental de la palabra-, para después hacerlo desde una estrategia más parecida a la guerra de guerrillas y a la insurgencia. Incluso el discurso étnico parece muy claro: el alto mando imperial está compuesto por hombres y mujeres con facciones extremadamente anglo-germanas -casi salidas de un poster de los años del Reich alemán-, mientras la resistencia está compuesta por un sinfín de razas alienígenas, mostrando la diversidad de los ideales republicanos: la democracia y pluralidad de ideas.

Ahora bien, cronológicamente hablando, las nueve películas siguen argumentos muy específicos: las tres primeras nos muestran el surgimiento de la idea imperial y la consolidación de dicho sistema político sobre lo que parece una incompetente federación planetaria. La segunda trilogía representa el enfrentamiento concreto entre los Rebeldes, encabezados por distintos sistemas que han rehuido de abandonar su libertad para someterse ante una autoridad exterior, lo que culminaría en un aparente triunfo de la rebelión sobre el Imperio. Finalmente, la tercera marca un reinicio de las hostilidades, de nuevo los insurrectos en contra del remanente del Imperio, la Primera Orden, la cual simboliza el mismo argumento de la idea imperial.

La estrategia planteada por el Imperio sigue una lógica expansionista. En un sentido histórico, sería difícil equiparar el sentido imperialista que se refleja en las películas con los ideales de los imperios que han aparecido a lo largo de la historia humana. Por ejemplo, sería difícil compararlos con el imperio romano, pues en Star Wars no existe la idea de imponer una “civilización” superior sobre otra más “bárbara”, pues se entiende que todos tienen el mismo grado de sofisticación -de otra forma no podrían mantener una flota espacial. Tampoco tendría mucho que ver con el tercer Reich alemán, pues éste se sostenía con la idea del Lebensraum, o “espacio vital” y con la idea de una superioridad racial que se impone sobre otras culturas. Aunque en términos visuales -uniformes muy parecidos a los de la SS- y de las dinámicas de poder -sumisión absoluta al emperador- podría recordarnos a Hitler, lo cierto es que toda esta parafernalia es un elemento que se repite en cualquier idea de imperio.

Tampoco podríamos relacionarlo con la expansión europea a partir del siglo XV, pues los imperios que se consolidaron desde entonces lo hicieron bajo una lógica económica agraria, y sólo hasta el siglo XIX se transformaron en imperios industriales que se justificaban bajo la idea de exportar la civilización occidental, lo cual no se asemeja a la forma en que se desarrolla el Imperio en las películas. En este sentido, la justificación que nos muestra la saga sigue una lógica orgánica: existe un caos entre los distintos sistemas planetarios; dado que la democracia no alcanza un consenso claro en el rumbo de la República -incluso se muestra corrupta-, la única forma de gobierno legítimo debería ser necesariamente el imperio y su capacidad de ordenar, imponerse y dirigir a las masas. Por lo tanto, el sistema imperial en Star Wars lo podemos entender en función de sus intentos para ordenar el caos.

¿Los malos son tan malos?

Uno de los aspectos más interesantes que toca la nueva entrega de Star Wars -ep. VIII (2017)-, y que por desgracia no alcanza a desarrollarse a profundidad, es la idea de que los buenos no son tan buenos, y que los malos tampoco lo son tanto. Por un lado, se nos presenta la conflictiva historia entre Kylo Ren, su maestro Jedi, Luke Skywalker, y la protagonista de la trilogía, la aprendiz Rey; por otro lado, el argumento de que aquellos que venden armas al imperio también les venden a los rebeldes. El primero es una representación de la dificultad de tomar un partido claro en torno a dos discursos distintos, ¿cuál es la verdad del origen del mal de Kylo y de la caída de los Jedi? Además, el desarrollo del villano -Kylo- se nos presenta sumamente gratificante: entra en conflicto cuando tiene que decidir entre lo que se le ordena hacer y lo que él sabe que es correcto; desafortunadamente, al final de la película su personaje recayó en el cliché del malo que es malo sólo por que si.

Quedémonos con el primer desarrollo del personaje. En efecto, nuestra forma de entender la historia está sesgada por dos extremos: los personajes que fueron buenos, y los que fueron malos. Esta forma de estudiar la historia alcanzó su clímax a lo largo del siglo XIX, presisamente por la utilidad que tenía esta visión patria para construir una historia nacional y que, de la misma forma, se extendió para desarrollar una única visión de la historia -impulsada por los mismos triunfadores de los conflictos- que ahora rige al mundo occidental. Hitler es recordado como un villano, pero ello sólo porque el ejército alemán fue derrotado por los rusos y, a partir de entonces, se pitan como un monstruo. ¿Qué hubiera pasado si los alemanes hubiesen triunfado? ¿Cómo hubiesen sido representados Stalin o Truman?

Por otro lado, sabemos que la industria de la guerra no tiene un bando definido y más bien se mueve por intereses netamente comerciales. Lo hemos visto, por ejemplo, en la venta de armas dentro de suelo norteamericano a los miembros de los distintos cárteles de la droga mexicanos; mismas armas que son utilizadas para mantener los altos índices de violencia y delincuencia -organizada o desorganizada- dentro del territorio mexicano, al mismo tiempo que le permiten al Ejército Mexicano justificar la modernización de su armamento. A escala mucho más global, hemos sido testigos del poder militar -armamentista- del Estado Islámico: armas de primer mundo que sólo los ejércitos más ricos podrían costearse y que en muchas ocasiones ha demostrado su poder, pues basta recordar cómo los miembros del EI derribaron un helicóptero ruso. En este punto deberíamos preguntarnos, ¿quiénes financian a estas organizaciones criminales y qué empresas -o estados- se benefician de que los conflictos armados continúen? Las mismas preguntas podríamos hacerlas a la trama de la película, desafortunadamente los desarrolladores del film no fueron más allá de plantear la idea, pero la posibilidad está abierta: los mismos que venden armas al imperio también se las venden a la república. ¿Realmente importa quién gane? ¿O lo verdaderamente importante es quién se hace rico?

 

José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

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