Apología para Juan Soria o El Oficio de enseñar.


El ensayista Gabriel Zaid decía que si la lectura no sirve para hacernos más reales, no sirve para nada. Lo mismo ocurre con la historia: es una gran mentira esa verdad de Perogullo que sentencia a un pueblo a repetir su historia si no la conoce. En realidad, la historia da tantas vueltas que en muchas ocasiones, las víctimas terminan convertidas en verdugos de otras nuevas víctimas. O dicho de otro modo: La historia no es la maestra de la vida, por sí misma es incapaz de enseñarnos algo; así que para comprenderla, uno tiene que interpretarla, escuchar lo que trata de decirnos, y ante todo, hay que vivirla.

En ese sentido quiero apelar al recuerdo de Juan Soria para comprender cómo fue su método de enseñanza. Para ello usaré una serie de ideas que publiqué en Facebook pocos días antes de su muerte. Aprovecho este espacio para aclararlas.

En ocasiones, los conceptos nos sobrepasan, nos impiden ver aquello que definen. Por ejemplo, en la poesía, el uso de la “metáfora” fue anterior a su definición, evidentemente; aunque el concepto “metáfora” se utilizara originalmente para explicar que una palabra estaba siendo trasladada a otro significante. Así, primero se dijo “el lucero de tus ojos”, por poner un ejemplo; y después a eso se le llamó metáfora.

El problema surge cuando creemos de manera a priori lo que significa un concepto y lo utilizamos indiscriminadamente; o cuando somos incapaces de explicar dicho concepto a través de ejemplos, dando por hecho que los demás comprenden todo el marco conceptual que utilizamos. Los historiadores a menudo caemos en esta trampa.

Por ello los “ejemplos chabacanos” de Juan Soria nos ayudaban a comprender el mundo que nos rodeaba. Recuerdo en particular uno de los más comunes: cuando nos explicaba la expansión de los mercados y la competencia económica entre las potencias imperialistas, la principal de las múltiples causas de la primera guerra mundial, decía que era como cuando una señora vende tamales afuera de la facultad y le va bien hasta que alguien más decide poner otro puesto enfrente; lo que a su vez provocará que la primera en llegar se sienta con el derecho único de vender ahí, y generará un conflicto.

El ejemplo es tan sencillo que damos por hecho que no estamos aprendiendo algo, cuando en realidad el proceso de aprendizaje ha sido inverso: del ejemplo hemos pasado a comprender el concepto: competencia económica, e incluso algunas de sus consecuencias. Y es ahí donde nuestra arrogancia intelectual nos impide reconocer que hemos aprendido: algunas veces llegué a escuchar varias críticas a este método de enseñanza, incluyendo a esto de los “ejemplos chabacanos”; su postura política marxista (supuestamente ortodoxa, aunque ya veremos más adelante que los ortodoxos siempre fueron otros) y por último, a su forma de evaluar.

Hay que resaltar que Soria perteneció a esa generación que soñó lo imposible e intentó llevarlo a cabo. Marc Bloch decía que nos parecemos más a nuestra generación que a nuestros padres, y Soria no era la excepción. Como hijo del 68, cuestionaba todas las figuras autoritarias, incluyendo la del maestro. Por eso nos llamaba “jóvenes ilustres” y no “alumnos”, porque como decía, de acuerdo con la etimología, el alumno era el que necesitaba “iluminación”. Porque creía en nosotros, nos miraba como a sus iguales. Lástima que estemos acostumbrados a una educación tan vertical que muchas veces no comprendamos esta igualdad.

Y era en la horizontalidad que predicaba donde entraban las exposiciones. En estas publicaciones que mencioné previamente, cuyo único fin era recordar, luego del día del maestro, a uno de los mejores profesores que tuve en la carrera, mencionaba que había quienes “dicen que [Soria] nada más pone a exponer a sus alumnos. Me gustaría verlos en su primer día [de trabajo] dando clases sin la confianza de que si […te equivocas] va a haber quién te saque del hoyo.” Recordarán quienes tomaron clase con él, que en realidad las exposiciones eran un trabajo colaborativo: Nosotros exponíamos un dato, y él lo explicaba y complementaba, haciendo palpables los conceptos que teníamos en el papel.

En ese sentido, recuerdo una anécdota que me contó: Decía que él se había especializado en historia clásica, y que cuando lo contrataron por primera vez para dar clases, le asignaron un grupo de Historia de México, tema que desde luego no dominaba, pero que se puso a estudiar para enseñarlo. Y eso mismo quiero compartirles a mis compañeros: lo que nos enseñan en la academia no es ni la mitad, ni el 10% siquiera, de lo que nos falta por aprender. En la universidad sólo nos dan las bases, el verdadero conocimiento lo vamos a adquirir en el campo. Y nunca, jamás vamos a dejar de aprender. Como el propio Soria, pues su esposa Bárbara, mejor conocida por él (y por nosotros) como “la güera”, nos contó que hasta el último día de su vida siguió estudiando para preparar de mejor forma sus clases. Por ello habrá que ser humildes y reconocer que estamos lejos de saberlo todo.

Otra cosa que extraño de Soria es que nunca fue mezquino con su conocimiento. Siempre podías acercarte a él para preguntarle, y siempre tenía algo qué decir. Pero también tenía tiempo para escuchar, y en el caso, por ejemplo, de su postura política, aunque no estuviera de acuerdo contigo, siempre estaba dispuesto a poner los argumentos sobre la mesa, a discutir y argumentar, a volarte la cabeza con tantas ideas que no dudaba en compartir. Por eso se entiende que los tiranos de la palabra, aquellos que quieren monopolizar el conocimiento para convertirlo en un objeto de consumo; no entendieran la bondad de Juan Soria hacia sus alumnos, y muchas veces, se negaran a discutir de frente sus ideas.

De ahí que siempre eligiera leer en sus ponencias, tenía tanto qué decir, que nunca le alcanzaba el tiempo para explicarlo todo, y por eso prefería leerlo, para darle mayor orden a su exposición y no perderse en ese mar de ideas. Esto puede explicarse con lo que Deleuze y Guattari llaman “rizoma”, en donde las ideas son como neuronas conectadas unas con otras y en las que no hay una organización jerarquizada, no hay una idea principal, ni otras subordinadas. Por lo tanto, cualquier idea podía derivar en un sinnúmero de posibilidades, y éstas a su vez en otras de forma exponencial. Si entendemos todo el conocimiento del profe Soria, y las probabilidades que tenía de desencadenar sus ideas, podemos comprender de mejor forma por qué prefería leer en sus exposiciones.

Lo curioso era la sesión de preguntas y respuestas donde nunca faltaba quien no había entendido nada y Soria volvía a explicar todo desde cero y con sus ejemplos chabacanos. Esto también explica por qué nunca terminábamos a tiempo el programa de estudios: Más que la impuntualidad del profe, la razón por la que siempre se alargaban las exposiciones por semanas, era que le apasionaba tanto lo que se trataba en clase, que en algunas ocasiones terminaba dando el tema, y aún así faltaba tiempo para decirlo todo.

Y precisamente para muchos era extraño que a pesar de ser tan sabio, sólo hubiera hecho la licenciatura: mi teoría es simple: como vivió tanto en el mundo real, no tuvo tanto tiempo para inmiscuirse en el universo académico. Recuerdo que decía que antes de titularse, había quienes le decían: “Ahí va un licenciado sin título”, a lo que respondía: “Ahí va un título sin licenciado”. O como leí por ahí: El doctorado no quita lo tarado. En fin, que Soria era un sabio, un tanto al estilo de Diógenes el cínico.

Por eso su forma de evaluación era tan sencilla, puesto que únicamente le importaba el conocimiento, no la disciplina. El saber, no el poder. Y de nuevo, como estamos tan acostumbrados al premio y al castigo, al pan y al palo; muchos se inscribían en sus clases sólo para pasar, no para aprender. Y como no tenían disposición para aprender, rara vez lo hacían, por más que, decían, fuera reiterativo en sus ejemplos. A esos que lo denostaban en ese sentido me gustaría verlos explicar un proceso histórico como él explicaba la expansión de los mercados con las dos señoras que ya mencioné previamente.

Ahora bien, hubo quienes criticaron su marxismo radical, cuando no lo llamaban “ortodoxo”. Pues bueno, basta recordar que el propio Soria combatía ese marxismo de manual. Con sus incontables ejemplos de Gramsci y la escuela de Fráncfort, del marxismo inglés, e incluso del anarquismo; lo que hacía el profe era reinterpretar, todo el tiempo, al marxismo. Por ello no creo que haya sido un ortodoxo, un radical, sí; y eso también hay que explicarlo. Decía que la etimología de radical era “raíz”, así que éste siempre atacaba la raíz del problema. De ese modo, en estos tiempos convulsos, de la supuesta muerte de las ideologías, en los que más bien el espectro político se inclina cada vez más hacia la derecha, al grado tal que la izquierda identificable es la socialdemocracia reformista; el pensamiento radical se vuelve indispensable.

Soria era entonces “El Necio” de Silvio Rodríguez que dice en uno de los versos: “dirán que pasó de moda la locura/dirán que la gente es mala y no merece/más yo partiré soñando travesuras/acaso multiplicar panes y peces.” Y bueno, no cito el coro porque aún se rompe algo en el interior cuando la escucho. Y en otra de sus canciones dice: “si no creyera en quien me escucha/si no creyera en lo que duele/si no creyera en lo que quede/si no creyera, en lo que lucha […] Qué cosa fuera la maza sin cantera, un testaferro del traidor de los aplausos/un servidor del pasado en copa nueva.” Cuando escucho eso, no puedo evitar recordar a mi querido profe Soria.

Nos llamaba hijos de la crisis y el neoliberalismo, pero en 2012 creyó que el #YoSoy132 podría hacer un cambio y estoy seguro que luego del 19 de septiembre pasado, hubiera estado orgulloso de ustedes, sobre todo de la brigada que lleva su nombre. En un mundo tecnificado en el cual nadie es imprescindible, en el cual todos somos “recursos humanos” fácilmente desechables, esta fe en la humanidad, que predicó hasta el final de sus días, puede considerarse como un acto casi revolucionario. Tal vez una forma de rendirle homenaje a su labor docente sea ésta, de entrada: confiar en los alumnos, y sobre todo, en aquellos por los que nadie daría un peso.

En mi experiencia personal como docente, descubrí que son aquellos insumisos quienes son capaces de hacer un cambio: pues ellos se aventuran a pensar afuera de la caja, como dicen algunos pedagogos. Es curioso esto porque en el poco tiempo en que he tenido la fortuna de estar frente a un grupo, he observado que mi generación y la siguiente, ‘introyectamos’ nuestros problemas. O sea, que en lugar de combatirlos rebelándonos, condición que por cierto, decía Soria, era intrínseca al ser humano siempre que haya injusticia, en lugar de eso, nuestra generación proyecta hacia dentro ese conflicto, ocasionando una frustración mayor y normalizando la indiferencia. Ello explica por qué decían que los millenial éramos apáticos, y entonces vino el temblor a demostramos que más allá de lo que decían acerca de nosotros, no era la apatía, sino la falta de oportunidades, nuestro sello distintivo.

Ya para terminar, decía, a la manera de los zapatistas, que entre todos lo sabemos todo, que entre todos lo podemos todo. Por ello quiero concluir este homenaje con una de sus frases más célebres, y como Juan Soria no tiene un albacea, o sea, un único heredero, sino que su recuerdo es público, es de todos, me gustaría que me ayudaran con algunas otras frases que le hayan escuchado:

“El Capitalismo no tiene patria, ni madre; es más, si la tuviera, ya la hubiera vendido”.

José G. S. García

[@Xose_G_S_Garcia]. Aprendiz de escritor y prófugo de la academia de historia en la FES Acatlán-UNAM, ha sido y es profesor freelance.

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