Estampitas navideñas


Diciembre ya está en nuestra puerta y no viene sólo, con él llega toda la parafernalia navideña: hombres gordos vestidos de rojo, envolturas de regalos, compras al por mayor, frío y, por supuesto, suéteres feos. Pero las cosas no siempre fueron así, para demostrarlo y recordarlo es que están aquí estas estampitas navideñas.

En un tiempo remotísimo de fecha imprecisa, nuestros ancestros, los fundadores de la civilización, vieron y contemplaron el cielo, sobre todo el nocturno, y lo que observaron les permitió conocer el comportamiento de los astros. De esta manera se pudo conocer que los cuerpos celestes repercutían de diversas maneras en el mundo terrenal, por ejemplo, los días y las noches se alargaban o se reducían. Fue así que se comenzó a ¿festejar? ¿celebrar? ¿adorar? a los astros.

Con el transcurrir del tiempo, años, décadas, siglos, milenios, algunos de aquellos astros adquirieron, en la mente de nuestros antepasados, formas antropomórficas, tal vez para hacerlos menos abstractos y más “humanos”. Así nacieron las deidades astrales, a las que se comenzó a rendir ceremonias. Para muchos pueblos el dios solar revestía gran importancia. Los solsticios fueron algo que diversos grupos humanos celebraron de maneras particulares. Un elemento constante en este tipo de festividades era la comida en forma de abundantes y públicos banquetes.

Situémonos en el 200 a. n. e. En Roma, la capital del Imperio, al astro humanizado y denominado Saturno se le rendía una serie de fiestas y ceremonias del 17 al 23 de diciembre. Durante estos días las casas y edificios públicos se adornaban con plantas de diversos tipos y se procuraba tenerlas bien iluminadas. Después de las debidas ceremonias (sacrificios animales incluidos) se celebraba un banquete público ―o tal vez eran una serie de banquetes― donde comida y vino debieron ser abundantes. Las Saturnalias o Saturnales culminaban con la fiesta del Sol Invictus el 25 de diciembre. Se celebra entonces que el Sol vencía a la oscuridad, y que a partir de ese momento los días eran más largos que las noches. Durante estas fiestas, y dependiendo las creencias del momento, el Sol podía estar personificado por el dios Mitra.

El año es 350, el cristianismo ya existe en el mundo, pero aún hay cuestiones dogmáticas que resolver y el Papa Julio I sugiere que el nacimiento de Cristo debería celebrarse el 25 de diciembre. Será el Papa Liberio quien decrete en 354 que así se hará a partir de ese momento. Comienza entonces el proceso de sincretismo entre las fiestas paganas romanas y lo predicado por los cristianos. Algo que no cambia es la celebración de los banquetes públicos.

Estamos ahora en algún momento del siglo VIII en la Europa medieval y occidental. En la noche del 24 de diciembre se celebra un gran banquete en algún castillo de algún gran señor. Tras la cena, a la medianoche, viene la liturgia en forma de misa de gallo. En la iglesia o monasterio local se cantan pasajes de los evangelios: las profecías de Isaías, el evangelio de San Juan, la genealogía de Cristo, todo en buen latín, por supuesto.

Ahora estamos en el año 800, el día es 25 de diciembre. Nos encontramos en Roma, en la basílica de San Pedro. Seguimos con la mirada al papa León III quien lleva una corona de oro en sus manos. Camina con paso solemne ante una figura hincada, al llegar al hombre le coloca la corona en la cabeza y lo proclama como Imperator Augustus.

El año es 1914, el mes es diciembre y el día ―o más bien noche― es el 24. En el frente occidental de la Europa sumida en la Gran Guerra, británicos y alemanes dejan de disparar sus fusiles y cañones en Ypres. Poco después los teutones, desde sus trincheras comienzan a cantar villancicos que son respondidos en inglés por las tropas británicas. Momentos más tarde, en la tierra de nadie, los enemigos se reconocen como iguales, se encuentran, se comunican como mejor pueden e intercambian tragos, comida y risas; incluso en algunas zonas se organizan partidos de fútbol. Heridos y muertos son recogidos por ambos bandos. Al amanecer se reanudan las hostilidades y la Gran Guerra sigue su curso por tres años más.

Estamos en el México de la posrevolución, el año es 1930 y el Presidente es el efímero Pascual Ortiz Rubio. La búsqueda y la construcción de la identidad nacional se alimenta del indigenismo, y en ese contexto es que el 23 de diciembre, en el desaparecido Estadio Nacional, se lleva a cabo un magno evento para promocionar a la figura nacionalista que en sustitución de Santa Claus (porque es anglosajón y extranjerizante) y de los Reyes Magos (porque afortunadamente ya se dejó claro que en México los monarcas extranjeros no tienen buena fortuna) regalará juguetes a los niños y será el “santo patrono” navideño: Quetzalcóatl. En el evento se canta el himno nacional, se presentan bailes tradicionales, y algún pagano disfrazado de la serpiente emplumada reparte ropa y juguetes a los niños. En los días posteriores las burlas y quejas no se hacen esperar. El sector tradicionalista y católico de la sociedad capitalina se escandaliza: ¿cómo era posible que un dios prehispánico repartiera juguetes a los niños? Dios hay sólo uno, decían, y no es ninguna serpiente. La propuesta no prosperó, y el extranjero vestido de rojo y los monarcas mágicos afianzaron su lugar en las celebraciones decembrinas.

¿Qué nos dicen estas estampas navideñas? Los más tradicionalistas (y ateos) dirán que no nos compliquemos, Navidad se trata de celebrar el solsticio de invierno, como lo hacían nuestros más remotos antepasados. Los religiosos exclamarán que celebramos el nacimiento de Cristo. Los medievalistas opinarán que festejamos la coronación imperial de Carlomagno. Los pacifistas y románticos verán que la Navidad es capaz de reconciliar a todos y de enmendar cualquier mal. Este tecleador opina que una navidad con Quetzalcóatl sería algo digno de recordarse y que, sin duda, lo más importante de las fiestas decembrinas ha sido siempre el inmemorial banquete.

¡Feliz Navidad!

Eduardo A. Orozco Piñon

(Ciudad de México). Es pasante de la licenciatura en Historia que imparte la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha participado como organizador y ponente de un puñado de eventos académicos relacionados con la historia militar y política mexicana del siglo XIX, temática y periodo de la que es especialista. Asimismo, es miembro fundador y activo del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval, cuyas sesiones se llevan a cabo en Palacio Nacional el último viernes de cada mes.

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