El Origen, o cómo Dan Brown destruyó su propia saga


La nueva novela de Dan Brown, la quinta entrega de la saga del profesor universitario Robert Langdon, llegó a librerías el pasado 12 de octubre. Desde entonces, el libro se encuentra en los primeros lugares de las listas de los más vendidos, situación que no es inusual, pues las entregas anteriores de las aventuras del profesor Langdon siempre han sido bien recibidas por el público. Sin embargo, El Origen rompió con los elementos narrativos que caracterizaron y aseguraron el éxito de los títulos pasados. Más allá de esto, la novela por sí sola resulta floja, con escasa acción y, en pocas palabras, la peor historia de la serie de Robert Langdon.  

Son cuatro los elementos que han caracterizado a las historias del profesor de la universidad de Harvard: 1) La relación pasado y presente: la trama siempre se desarrolla en la actualidad, no obstante, para resolver un conflicto y desentrañar un secreto asombroso, se vuelve necesario que los protagonistas indaguen en la historia, a través de arquitectura, arte, literatura y símbolos antiguos ―recordemos que Robert Langdon es un experto en simbología―, situación que sirve de pretexto para que el autor describa toda serie de datos históricos interesantes. ¿Quién no aprendió un poco de historia tras leer El Código Da Vinci Inferno? 2) Los avances científicos de punta: Dan Brown nos tiene acostumbrados a incluir en sus novelas modernos y controvertidos descubrimientos científicos, basta con recordar la producción de la antimateria en Ángeles y Demonios y los experimentos que narra El Símbolo Perdido, donde se busca probar que el ser humano tiene un alma y que la mente es capaz de interactuar con el mundo material. 3) El conflicto entre ciencia y religión: en toda la saga se muestran avances científicos que relegan a la religión a un segundo plano de la vida pública, la religión ha dejado de ser necesaria para explicarnos la naturaleza y al hombre; sin embargo, aún quedan preguntas existenciales y fundamentales que la ciencia todavía no logra responder, pero no por ello deja de intentarlo. La añeja pugna entre ciencia y religión por dar respuestas al misterio del origen de la vida es una constante en la obra de Brown. 4) Las organizaciones secretas: en todas las novelas de Brown existen agrupaciones clandestinas, que pertenecen al terreno de lo real, cuya misión es enterrar o hacer público un secreto que puede alterar los cimientos de la religión y de la historia ―los Illuminati de Ángeles y Demonios, el Priorato de Sión y el Opus Dei de El Código Da Vinci, los masones en El Símbolo Perdido y el Consorcio en Inferno. 

Ahora bien, la noticia de una nueva entrega de la serie de Robert Langdon generó gran expectativa entre los seguidores de esta saga. Particularmente, la especulación creció cuando se supo que el escenario de la nueva aventura del profesor universitario sería España, específicamente Sevilla, Bilbao, Barcelona y Madrid. Resultó inevitable preguntarse cuál podría ser la intriga histórica y el secreto que se desarrollarían en dichos escenarios. Personalmente, imaginaba una trama en donde existiera una sociedad secreta de la que formaron parte Cervantes, Lope de Vega, Francisco de Quevedo, quienes guardaron un gran secreto que sólo Langdon podría desentrañar escudriñando en las obras de esos autores, pero también a través de las pinturas de El Greco, Diego Velázquez o Francisco de Goya. En su lugar, Dan Brown deja de lado la exploración de obras consideradas clásicas y se decanta por el arte y los artistas modernos, desde Paul Gauguin, Gaudí y Picasso hasta obras o instalaciones de artistas contemporáneos.  

España es un país con una amplia riqueza histórica y arquitectónica, ejemplo de esto son los abundantes castillos, palacios reales, fortalezas, museos y centros históricos que se remontan a la Edad Media. Es evidente que no faltaban escenarios en donde transcurriera la acción de la novela. Sin embargo, es una pena que tan variopintos edificios históricos fueran dejados de lado por el autor. No me malentiendan, los escenarios que son descritos en la novela son notables y de una belleza extraordinaria, pero no van acorde con las locaciones a las que Dan Brown nos tenía acostumbrados. Así, la nueva aventura de Langdon transcurre a través de la abadía de Montserrat, el museo Guggenheim, el Palacio Real de Madrid, la Catedral de la Almudena, el Valle de los Caídos, el Escorial, la Sagrada Familia, la Casa Milá, sin que Brown logre generar el efecto envolvente de las entregas anteriores. 

No contento con estas transformaciones, el novelista se queda cortísimo en cuanto al desarrollo de la intriga y de la acción necesaria e imprescindible en todo thriller. Y es que cualquier lector, medianamente atento, puede discernir desde los primeros capítulos la identidad del verdadero villano, de la mente maestra detrás de todas las fechorías. Asimismo, desde el segundo capítulo es totalmente posible descubrir la primera “vuelta de tuerca” en la trama. De más está comentar el poco desarrollo psicológico de los personajes, la inverosímil relación entre Robert Langdon y el personaje femenino de turno, y la pobre prosa, puesto que son elementos constantes a toda la serie del profesor universitario. Otro cambio notable introducido por el autor tiene que ver con que no hay una organización secreta en esta novela. Bueno, técnicamente sí la hay, es la Iglesia Palmariana, pero su papel es enteramente irrelevante y absolutamente prescindible. 

Finalmente, el gran misterio, o sea el momento clímax de la trama, que se ha estado construyendo a lo largo de más de 200 páginas, resulta totalmente anticlimático. El efecto que produce este punto “cumbre” sin emoción puede compararse con la siguiente analogía: imaginen que están a punto de saltar de una ventana creyendo que la caída es larga y, tras mucho pensarlo, deciden brincar sólo para darse cuenta que ni si quiera estaban a un metro del suelo. El “gran secreto” que en la novela prometía acabar con todas las religiones resulta intrascendente para este propósito. 

Por otra parte, el autor introduce una modificación más en su nueva novela: prescinde casi absolutamente del contexto histórico. En una saga en donde los lectores estamos acostumbrados a misterios ocultos a través de diversos episodios del pasado, el autor ha decidido no adentrarse en la historia. Si bien es cierto que hay menciones a periodos históricos, particularmente de la época franquista, estas menciones no le llegan ni a los talones a lo que el autor nos tenía acostumbrados. Esto representa un punto en contra de El Origen, sobre todo si una de las claves del éxito de las aventuras de Robert Langdon reside precisamente en su interacción con el pasado. 

Sin duda, el punto más incómodo de esta obra es su escasa relación con la historia de España y los malos juicios que se forman sobre ella. Es imposible preguntarse ¿a qué se debe que Dan Brown no nos entregara una novela bien cimentada en el pasado como lo ha venido haciendo? Tal vez la respuesta se encuentre dentro de la novela misma. Si uno lee con atención, se encontrará pasajes como los siguientes: “el Palacio Real de Madrid se alzaba como un compás espiritual y un monumento a una larga historia de férreas convicciones religiosas”; “la mayoría de los españoles tradicionalistas creían que [el nuevo monarca] continuaría la austera tradición del rey actual y preservaría la dignidad de la Corona española, celebrando los rituales inherentes a la nobleza y, por encima de todo, mostrándose reverencial respecto a la rica historia católica del país.” De esta manera, Dan Brown nos presenta una España profundamente conservadora, reaccionaria, religiosa y hasta monarquista.  

Esta idea de una España “atrasada” no es nueva, se conoce con el nombre de leyenda negra española. Nació en el siglo XVI con la rebelión de los Países Bajos contra el dominio de Felipe II, posteriormente fue adoptada y extendida por la Gran Bretaña. Fungió como propaganda para socavar y denigrar la hegemonía hispana en aquella época. La leyenda surtió efecto y desde entonces los españoles cargan un estigma de bárbaros, crueles, y sumidos en el atraso por profesar una religión oscura y retrógrada. La leyenda negra ha perdurado hasta nuestros días, sus remanentes los encontramos en el cine y en novelas como El Origen o en la también recientemente publicada Una Columna de Fuego, del británico Ken Follet. Si alguien tiene duda de la vigencia de esta visión de España, sólo debe recordar que la gran mayoría de la población latinoamericana reproduce los lugares comunes de esta leyenda cada 12 de octubre sin detenerse a reflexionar al respecto. 

El Origen es, sin lugar a dudas, la peor novela de la serie de Robert Langdon. Dan Brown desperdició una excelente oportunidad de servirse de la rica historia de España que le permitiera reproducir el impacto que causó hace años El Código Da Vinci. Lo que nos ofrece el autor es una historia sin un clímax impactante, sin contexto histórico, sin organizaciones secretas, sin descubrimientos científicos relevantes y con situaciones repetitivas e historias secundarias totalmente prescindibles. Esperemos que su muy posible adaptación cinematográfíca arregle varios de estos desatinos.

Eduardo A. Orozco Piñon

(Ciudad de México). Es pasante de la licenciatura en Historia que imparte la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha participado como organizador y ponente de un puñado de eventos académicos relacionados con la historia militar y política mexicana del siglo XIX, temática y periodo de la que es especialista. Asimismo, es miembro fundador y activo del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval, cuyas sesiones se llevan a cabo en Palacio Nacional el último viernes de cada mes.

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