Coco, o cómo el capitalismo nos sigue hasta la muerte.


Coco es la película fuerte con la que despide el año Pixar. Una vez más, repite la fórmula que le ha funcionado tantas veces en el pasado y con la cual ha cautivado a impresionantes masas desde hace ya más de veinte años. Historias que en su simplicidad guardan una complejidad que se manifiesta en la cuota de lágrimas que chicos y grandes pueden derramar al verla: las películas de Pixar son, en esencia, películas para todo público. 

Para esta película dejan atrás la nostalgia material a la que nos tenían acostumbrados (Toy Story, sobre nuestros juguetes de la niñez y Monsters Inc, sobre nuestros miedos al apagar la luz) y la nostalgia psicológica de nuestra niñez que se representó en Intensamente, para manejar una nostalgia mucho más metafísica, en el sentido de tocar el problema de la muerte y cómo nos relacionamos con los recuerdos de nuestros antepasados. 

A primera vista, Pixar lo vuelve a hacer y entrega un producto altamente recomendable para quien quiera disfrutar de una película llena de colores, música y morbo cultural (muchos entramos a la sala preguntándonos si habrán retratado fielmente nuestra tradicionalmente fiesta). Sin embargo, en un análisis mucho más profundo, Coco va más allá de tener el mensaje que nos quieren vender: no olvidar a los antepasados. 

La trama que maneja es simple: Miguel, hijo en cuarta generación de una familia que se ha dedicado a hacer zapatos desde que la tatarabuela fuera abandonada por su esposo (quien quería cantar para que el mundo lo escuchara), sabe que lleva la música en sus venas, pero entra en conflicto entre lo que él quisiera ser y lo que su familia espera de él. Por un incidente de Día de Muertos, Miguel entra al inframundo, donde conoce a sus antepasados, quienes lo condicionan para volver a cambio de que nunca más toque un instrumento musical. Así, Miguel debe escapar de su familia y encontrar la forma de volver al mundo de los vivos en sus propias condiciones.  

La película en sí retrata, de forma acertada, gran parte de la cultura mexicana en torno al Día de Muertos. Sin embargo, debemos preguntarnos hasta qué punto es en efecto nuestra tradición o si más bien es la forma en que los extranjeros ven nuestras tradiciones; esto es, qué tanto podría ser un cliché del ser mexicano. No obstante, para efectos de este escrito, no discutiremos a fondo si es que existe una apropiación o no de la cultura mexicana. Lo que en realidad nos interesa es analizar la sociedad que se desarrolla en el Mundo de los Muertos y cómo, aún muertos, se repiten las mismas dinámicas capitalistas que en el Mundo de los Vivos. 

Lo primero que observamos cuando nuestro protagonista llega al inframundo es la viva imagen de la burocracia estatal, pues uno no puede cruzar de vuelta al Mundo de los Vivos sin un pasaporte, esto es, la foto que la familia pone en el altar de Día de Muertos. Si por cualquier cosa tu familia no colocó la imagen de su difunto, éste debe abandonar sus sueños de poder a ver a su familia durante la fiesta. Ésta es una perfecta representación de la burocracia: los empleados sonríen, al igual que los difuntos, la amabilidad se desborda por todas partes y se resalta el buen trato que se extiende entre el Estado y la ciudadanía. Incluso el jefe de la burocracia, que en ningún momento se muestra enfadado, sino más bien amable (qué más le queda, está muerto, no tiene nada mejor que hacer), intenta ayudar a Miguel y a su familia de ultratumba a solucionar su dilema de la forma más sencilla y directa posible, sin papeleo, sin fichas que marquen el turno; de nuevo, se retrata como el burócrata perfecto: sin otro lugar a dónde ir, siempre presente para no dejar que el Estado sucumba en la anarquía. 

Por otro lado, cómo el capitalismo se perpetúa aún después de la muerte. Miguel debe reunirse con Ernesto de la Cruz, el músico más famoso de todo México, para así lograr escapar del Mundo de los Muertos. Para ello, se alía con Héctor, un desarrapado que lo único que quiere es cruzar el umbral y reunirse con su hija, quien es la única persona que aún lo recuerda. Él lleva a Miguel a los barrios que podríamos considerar “bajos”, donde entre miseria y pobreza (viven junto a las aguas casi pantanosas, en chozas y casas decadentes) tienen su última morada los “olvidados”, aquellos que ya no tienen a nadie que los recuerde y, por ello, dejan el mundo de los Muertos entre agonía y tristeza, sin saber a dónde van después de “muertos”. 

Ya desde este punto la película agudiza la trama: necesitas que te recuerden para seguir existiendo, de lo contrario mueres (valga la redundancia); y en el mundo de los Muertos, los recuerdos son los que determinan tu grado de riqueza, no por nada, Ernesto, el cantante más famoso de todo México, tiene una mansión repleta de ofrendas que los vivos le han dedicado. No por nada surge la frase “tengo más de lo que necesito”. 

Este personaje es, sin lugar a dudas, el representante del capitalismo desmedido. (ALERTA DE SPOILER) Tiene más ofrendas y dádivas que cualquier otro muerto. Pero además es el antagonista principal: un rico burgués que ha obtenido fama a costa del homicidio de su mejor amigo, quien, para empeorar las cosas, era el que escribía las canciones que hicieron famoso a Ernesto. Para evitar que se sepa su secreto, oprime al pobre, negándole a Héctor la capacidad de ser recordado. 

En el mundo de los Muertos el capitalismo a triunfado: en si, se da a entender que nadie trabaja, salvo los burócratas. Somos los vivos los que trabajamos para ellos, en una especie de outsourcing: entre más sea recordado un muerto, tendrá una mayor jerarquía en el más allá, por eso los artistas aparecen como ricos burgueses, haciendo fiestas elitistas, alejadas de los muertos de a pie. Es el poder de la fama, ya ni siquiera el poder político, lo que genera poder: Frida Khalo, El Santo, Cantinflas; en ningún momento un González Camarena, una Sor Juana Inés de la Cruz o siquiera un Benito Juárez, ¿cómo podrían compararse con las Kardashians o las Katy Perry? 

De nuevo, el rico burgués, Ernesto, en ningún momento siente remordimiento por la muerte de Héctor y prefiere dejar atrapado a Miguel antes que permitir que su secreto salga a la luz y que con ello sus riquezas desaparezcan. La moraleja queda en el aire: no hay justicia en un Estado capitalista; hayas sido bueno o malo en vida, si la gente te recuerda, vivirás bien más allá de la muerte. No existe la justicia, sólo el control de riqueza. 

Coco es una película que se disfruta a primera vista. Pero que en un análisis más profundo nos demuestra nuestra incapacidad de imaginar una vida más allá del capitalismo. Eso, más que cualquier otro susto de Halloween, fue lo que más me causó terror de la película, pues en efecto, a mí no me da miedo la muerte, lo que me da miedo es morir y ni siquiera entonces poder escapar de las garras del capitalismo. 

José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

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