…y comeguaguas #TodosSomosZombies: Un fetiche de la democracia [3.5.3]


A Roberto Tiempos, un necio comeguaguas

Me ha asegurado un sabio americano que he conocido en Londres, que un niño saludable y bien alimentado es, al año de edad, un alimento de los más delicioso y nutritivo, ya sea estofado, rostizado, horneado o hervido; y no tengo duda alguna de que servirá igualmente bien en un fricassé o un ragoust.

Jonathan Swift, Una modesta proposición.

Para la tradición chilena de la derecha anticomunista y aun entre algunos liberales, el comeguaguas se ha convertido en una parodia del comunista. El origen de la palabra es incierto, aunque claramente puede entenderse el significado si sabemos que “guagua” tiene su origen en el quechua y significa “bebé” como clara referencia al sonido que éste emite al llorar. En los años sesenta, durante el auge de la “Guerra Fría”, y aún en el gobierno de Salvador Allende, a los comunistas chilenos se les llamaba así porque se presumía, se comían a los niños. Pero este prejuicio no es exclusivo de Chile, de hecho en varias partes del continente se les representó de esa manera. Se presume que surgió en los años treinta como parte de la propaganda fascista, basándose en holodomor, la gran hambruna en Ucrania, donde supuestamente los habitantes, ante la carencia de granos, se comieron a sus propios hijos. Otro ejemplo clásico de esta propaganda anticomunista se dio sobre el sitio de Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial (Pacorbo, 2008, p. 134), donde igualmente se creó el rumor de que los primeros en desaparecer eran los niños. Lo curioso es que se decía lo mismo de los japoneses, quienes obviamente eran los enemigos a vencer por parte de los soldados estadounidenses (Ídem, p. 132). Tiempo después, tras la revolución cubana, se organizará la Operación Peter Pan para enviar a 14 mil niños cubanos a las afueras de la isla. Uno de los argumentos esgrimidos por la iglesia católica y los exiliados fue una supuesta ley de Patria Potestad, por la cual, miles de niños serían separados de sus familias y adoctrinados por el Estado. En el colmo de lo hilarante, algunos de ellos, se decía, serían llevados a Rusia para ser convertidos en comida enlatada. Todos los sucesos descritos tienen que ver más con el miedo al hambre (a la necesidad) que con un verdadero ritual, o con aquel apotegma que la propaganda anticomunista repite hasta el cansancio: “Toda política comunista lleva inexorablemente a la inanición, y luego al canibalismo”.

En La Guerra de Galio, Héctor Aguilar Camín retrata el golpe del Excélsior de 1976 desde un ojo puramente literario. En esta novela, Galio es un intelectual orgánico que critica y enaltece la Guerra Sucia con su lenguaje palindrómico,como diría Mauricio Tenorio Trillo (2000, p. 176).En una conversación con el protagonista, García Vigil; Galio justifica la represión institucional a partir de un ejemplo bastante fuera de lo normal:

Vea esa hilera de señoras que van al supermercado y ponen en su carrito chuletas, costillas, filetes. ¿Cuántas podrían soportar el olor a sangre fresca de los rastros donde se preparan esas carnes? ¿Cuántas podrían soportar la mirada melancólica de la vaca a punto de ser sacrificada y presencial sin desmayarse la escena del puntillazo sobre el animal? […] ¿Cuántas de ellas o cuántos de nosotros, ciudadanos carnívoros, seríamos capaces de empuñar el cuchillo de carnicero y matar, destazar, limpiar las vacas necesarias para que haya filetes en el supermercado? Si viéramos al matarife ejecutando su labor, la gran mayoría de los que usufructuamos su trabajo, encontraríamos su oficio repugnante, inhumano, siniestro, como en efecto lo es. Pero sin ese repugnante oficio de matar y destazar vacas, no habría limpísimos ciudadanos que aborrecen el proceso pero aman el resultado. (Aguilar Camín, p. 80)

Eliseé Reclús hace un comentario en la misma tonalidad cuando habla de las atrocidades cometidas en la guerra de China, recordando que los soldados también son seres humanos, y cuestionándose por el origen de su violencia:

¿Pero no hay acaso una relación directa de causa a efecto entre la alimentación de esos verdugos que se dicen “civilizados” y sus actos feroces? ¡Ellos también se han acostumbrado a ponderar la carne sangrienta como generadora de salud, de fuerza y de inteligencia! Ellos también entran sin repugnancia en las carnicerías donde uno resbala sobre un piso rojizo, donde se respira el olor acre de la sangre.

Y hace una relación para nada gratuita entre comer carne humana y de cualquier otro animal: “Las razones que podían evocar en el pasado los antropófagos contra el abandono de la carne humana en la alimentación diaria, tenían el mismo valor que aquellos que usan hoy los simples carnívoros.” Mucho antes que él, algunos filósofos ya habían llegado a conclusiones similares.

Sobre comer carne de Plutarco, es una magnífica recopilación de los argumentos por los cuales Pitágoras era vegetariano. En este alegato poco se habla de los beneficios a la salud que conlleva el prescindir de la carne, no tanto como los argumentos de carácter ético; y sin embargo, sí apela al orden natural para determinar que no está en nuestra condición comer carne:

[…] es que el cuerpo del ser humano no se parece al de las criaturas de condición carnívora: carece de hocico corvo, de garras agudas, de poderosas fauces, de estómago resistente, de jugos internos capaces de digerir y elaborar alimentos pesados, y carne. […] Con todo, nadie osaría comer un animal sin vida tal y como, cadáver, se encuentra. Al contrario, lo cuecen, lo asan, cambian su aspecto con fuego y hierbas; alteran, modifican y matizan con numerosas especias la pieza a fin de que el paladar, bien engatusado, acepte lo que le resulta extraño […] mezclamos aceite, miel, salsa de pescado, vinagre con especias sirias y arábigas como si, en realidad, estuviéramos embalsamando un cadáver para su sepelio. (I, 5; pp. 384-385)

Bajo la premisa de que “al parecer, somos más sensibles a los actos contra las costumbres que a los actos contra la naturaleza” (I, 7; p. 387) Plutarco afirmará que, la generación de seres humanos, “para quienes por vez primera decidieron comer carne, el motivo era la absoluta necesidad y más aún, la penuria.” (I, 2; p. 379). ¿No es el mismo motivo que orilló al ser humano a engullir a su semejante? ¿Qué tan posible es que el homínido, antes de que comiera carne animal, hubiera probado los restos de alguno de sus familiares? ¿No fue la carne animal una manera de transferir ese instinto caníbal? De antemano hay que decir que esto es una mera hipótesis, pero no por ello deja de ser bastante perturbadora. Volviendo a Plutarco, éste afirma dicha necesidad de comer carne ya no lo es tal en su época (y aún menos en la nuestra), al grado que pregunta “a quienes vivís en la actualidad”:

¿qué arrebato o qué locura os impulsa a mancillaros con sangre, cuando tenéis cubiertas vuestras necesidades? ¿Por qué hacéis escarnio de la tierra, como si no pudiera alimentaros? […] ¿No os avergonzáis de mezclar nuestros frutos con sangre y muerte? (I, 2; pp. 380-381)

La intención de hacer esta pequeña apología del vegetarianismo no es que se deje de comer carne; aunque no estaría mal. Viene a colación porque, como se ha afirmado en varias de las entregas, nos molesta que alguien enuncie lo Real; y somos capaces de usar las más variadas falacias para impedir ver lo evidente. Desde aquella pregunta que hace quien come carne al vegetariano: “¿Qué harías si de pronto te encontraras en una isla desierta donde sólo hubiera para comer animales?” hasta la ridiculización de las personas que hacen evidente que el género es una construcción social.

Que una persona no coma carne no afecta en absoluto a otra que no lo haga; así como ocurre con quien no se siente identificado con el género que le ha asignado la sociedad. El problema no está en quien decide ejercer su libertad, sino en quien opta por cuestionar esta decisión. ¿No son estos cuestionamientos una forma de negarnos a reconocer que eso otro sea posible? Sólo que de ahí al “discurso moralizante que emana de cierto privilegio que se permite juzgar a propios y extraños […] que termina por metamorfosearse en un etiquetamiento de aquellos que son «conscientes y progres» y aquellos que no lo son” hay una abismal diferencia. El propio Reclus menciona en el texto arriba citado:

[…] no se trata […] de fundar una nueva religión y de atenernos a ella con dogmatismo de sectarios: se trata de hacer nuestra existencia tan hermosa como sea posible y de conformarla en cuanto dependa de nosotros a las condiciones estéticas del medio en que vivimos.

Si bien es cierto que en ocasiones “el veganismo suele ser presa […] de lo que algunos filósofos ambientales denominan el síndrome del ‘Alma Bella’1”, en general todas las luchas sociales e individuales caen rápidamente en este engaño, que bastaría explicar usando la famosa metáfora nietzscheana del camello, el león y el niño.

De acuerdo con Zaratustra (Nietzsche, 2015, 157), el espíritu se convierte en camello, se arrodilla para que lo carguen de las cosas más pesadas con el fin de demostrar su fortaleza. ¿Cuáles son estas pesadas cosas?:

[…] humillarse para hacer daño a la propia soberbia […] alimentarse de las bellotas y de la hierba del conocimiento y sufrir hambre en el alma por amor a la verdad […] estar enfermo y enviar a paseo a los consoladores, y hacer amistad con sordos, que nunca oyen lo que tú quieres […] amar a quienes nos desprecian y tender la mano al fantasma cuando quiere causarnos miedo.

En pocas palabras: ser un alma complaciente. Con esta pesada carga el espíritu metamorfoseado en camello parte hacia el desierto, como el ermitaño que busca apartarse del mundo. Una vez ahí, ocurre la segunda transformación: El camello se convierte en León: “quiere conquistar su libertad como se conquista una presa y ser señor en su propio desierto.” Y encuentra en la figura del gran dragón a su enemigo con quien pelear hasta conseguir la victoria: “¿Quién es el gran dragón, al que el espíritu no quiere seguir llamando señor ni dios? «Tú debes» se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice «yo quiero».” En términos psicoanalíticos, el dragón sería el superyó y el león el ello. El dragón dice: «Todos los valores han sido ya creados, y yo soy – todos los valores creados. ¡En verdad, no debe seguir habiendo ningún “Yo quiero”!». Las luchas posmodernas giran en ese sentido, son combates por la libertad, no son capaces de crear un nuevo estado de cosas, pero están ahí para descubrir qué es lo que queremos. Sólo que la libertad no sirve de nada si no puede crear; por ello que el León debe transformarse a su vez en niño: “Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento.” ¿No es este nuevo comienzo la Anábasis de la que hablábamos en la primera entrega?

El vegetarianismo mal llamado radical2, y junto con éste, todas las ideologías posmodernas deben convertirse en niños, ser capaces de crear algo nuevo.

Notas:

1 Dice el mismo artículo citado acerca del complejo de “Alma Bella”: “este término, acuñado por Hegel, remite a esta estetización del propio sujeto vegano que inadvertidamente se beatifica a sí mismo.”

2 Digo que es falsamente radical puesto que no ataca la raíz del problema, sino que, desde la falsa erudición, busca juzgar a quien aún, sigue siendo un camello.

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Referencias

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