… Antropófagos… #TodosSomosZombies: Un fetiche de la democracia [3.5.2]


No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. José Martí, Nuestra América.

En su cuento más famoso, Edmundo Valadés relata una situación tragicómica: Un grupo de campesinos, cansados de los abusos cometidos por el alcalde de su pueblo, deciden manifestar en la asamblea ejidal su deseo de castigar a dicho gobernante, y piden que las autoridades agrarias den su visto bueno. Los ingenieros, un tanto sorprendidos por la petición, discuten, teorizan y critican la posibilidad de justificar la barbarie o quedar como unos ineptos frente al pueblo. El asunto no les compete, y sin embargo, está en juego su credibilidad como autoridades y la cercanía que pudieran mantener con los agremiados. Finalmente, el presidente de la asamblea ―que en otro momento también fue un campesino― propone que la asamblea decida el futuro del cacique. Poco a poco se irán alzando las manos en señal de apoyo a los vecinos, y entonces, el líder decide apoyar a los ejidatarios y asumir la responsabilidad de lo que ocurra. “Pos muchas gracias por el permiso, ―responde Sacramento, vocero de los inconformes― porque como nadie nos hacía caso, desde ayer el Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas está difunto.”

Como en el relato anterior, la fuerza antecede a la razón, primero se ejerce el poder y luego se le justifica. Y no sólo el poder político de uno (o varios) sobre el resto; sino incluso como la posibilidad de realizar un cambio, como crítica o como acto revolucionario. La muerte del presidente municipal de San Juan de las Manzanas es un acto de poder, aunque sea temporal, pues seguramente vendrá otro a ocupar su lugar.

Por ello la fuerza, en su estado primitivo, se considera bruta, pues los hombres primero aprendieron a someter y luego a legislar. Pero al aprender a resolver sus constantes contradicciones a través del habla antes que de la violencia, los hombres modernos niegan que el poder y el saber sean dos pulsiones opuestas y complementarias. El saber crea o conserva, el poder destruye o reprime, según sea el caso. Ambas pulsiones se necesitan mutuamente en su carácter coercitivo: cuando la opinión pública no consigue convencer a la disidencia, es necesario vencer ejerciendo la fuerza pública. Cuando la fuerza pública necesita legitimarse, lo hace a través de la opinión pública. También la disidencia, que no sólo es natural sino necesaria, posee fuerza y razón, aunque sea reprimida constantemente. La razón disidente busca espacios en la propia opinión pública para ejercer la crítica al sistema, mientras que la fuerza disidente intenta transformar el estado de cosas a través de acciones tangibles, sobre todo violentas. Si comparáramos sus disidencias con las visiones referidas en el artículo anterior acerca del otro, la razón sería el arauaco, y el caribe la fuerza. En La Tempestad de Shakespeare, estas dos actitudes se ven representadas en los personajes de Ariel y Caliban, ambos bajo el mando de don Próspero.

Fernández Retamar hará una somera revisión a estos personajes en el ensayo antes citado. Encontrará, por ejemplo, que para Renan

Caliban es la encarnación del pueblo, presentado a la peor luz, sólo que esta vez su conspiración contra Próspero tiene éxito, y llega al poder, donde seguramente la ineptitud y la corrupción le impedirán permanecer. Próspero espera en la sombra su revancha. Ariel desaparece.” (Fernández Retamar, p. 14).

Y aunque tres años después, en 1881, se retracte de su postura, los personajes siguen encarnando los mismos tópicos:

Amo a Próspero, pero no amo en absoluto a las gentes que lo restablecerían en el trono. Caliban, mejorado por el poder, me complace más. […] Próspero, en la obra presente, debe renunciar a todo sueño de restauración por medio de sus antiguas armas. Caliban, en el fondo, nos presta más servicios que los que nos prestaría Próspero restaurado por los jesuitas y los zuavos pontificales. […] Conservemos a Caliban; tratemos de encontrar un medio de enterrar honorablemente a Próspero y de incorporar a Ariel a la vida, de tal manera que no esté tentado ya, por motivos fútiles, de morir a causa de cualquier cosa. (Citado por Fernández Retamar: Loc. Cit.).

Como resalta Retamar, la primera cita es una respuesta a la Comuna de París, con su claro odio hacia las masas y la clásica respuesta restauracionista: Todo sueño de igualdad del pueblo lleva a la debacle, dicen, incluso en nuestros días, los conservadores. O en palabras de Justo Sierra:

Todo lo que quiso fundar por el terror, la República […] vino por tierra; y cerca de un siglo después, apenas a fuerza de alejar la violencia de sus actos y de seguir la evolución política sin precipitarla, el pueblo francés ha podido fundar una república […] conservadora. (Zea, 1968, p. 243.)

La segunda cita de Renan corresponde al sueño que en México compartían los positivistas: «piensa que la solución estaría en la constitución de una élite de seres inteligentes que gobiernen y posean todos los secretos de la ciencia». (Citado por Fernández Retamar, p. 15). La burguesía ha terminado con Próspero (la aristocracia) y ha utilizado a Calibán (el pueblo) para sus fines. Ariel, que en este caso representa la inteligentsia, o los intelectuales, ya no deben ser mártires de ninguna causa, sino legitimadores del poder. Y aquí es donde la democracia decanta en carnaval. Así, durante el gobierno de Díaz (personaje emanado del pueblo, que ya no piensa como pueblo) o durante la Tercera República Francesa (que fue profundamente conservadora, como ya mencionaba Justo Sierra), quien realmente gobernaba no era el pueblo, sino esa élite de administradores científicos de los que hablaba Renan. ¿No era éste el sueño de Platón, la del Rey Filósofo? Pues es que en la práctica quedó demostrado que el poder, por muy sabio y virtuoso que seas, termina corrompiendo a quien lo ejerce.1

Por eso, cuando uno de los alumnos de estos “hombres de ciencia” (representados a imagen de Próspero) retomó la dicotomía Shakespereana, se inclinó por Ariel y no por Caliban. José Enrique Rodó (1900) imagina al mago Ariel como “el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad;” (p. 3) representados, obviamente, en Caliban: “símbolo de sensualidad y torpeza” (p. 4). El problema es que, como refiere Fernández Retamar:

Nuestro símbolo no es pues Ariel, como pensó Rodó, sino Caliban […]: Próspero invadió las islas, mató a nuestros ancestros, esclavizó a Caliban y le enseñó su idioma para entenderse con él: ¿Qué otra cosa puede hacer Caliban sino utilizar ese mismo idioma para maldecir, para desear que caiga sobre él la «roja plaga»? No conozco otra metáfora más acertada de nuestra situación cultural, de nuestra realidad. […] ¿Qué es nuestra historia, qué es nuestra cultura, sino la historia, sino la cultura de Caliban? (Fernández Retamar, pp. 25-26).

Y aunque ninguno de los dos sea Real ―ambos son, como ya dije, “personajes metáfora”― Caliban es quien mejor se nos asemeja. Ya en la segunda década del siglo XX, personajes como Oswald de Andrade retomarán la figura de Caliban (en este caso, enfundado en la reivindicación del antropófago) para resignificarlo. En su manifiesto antropófago pueden verse algunos de los rasgos que caracterizarán el análisis que posteriormente hará Fernández Retamar de Caliban: “Queremos la Revolución Caribe. Más grande que la Revolución Francesa. La unificación de todas las revueltas eficaces en la dirección del hombre.” (De Andrade, 1981, p. 68). La referencia a la Revolución Francesa no es gratuita, quizá podríamos verla, a partir de lo dicho en la entrega pasada, como un coqueteo a Haití y a lo referido líneas arriba, como una reivindicación de la Comuna de París. “El espíritu se rehúsa a concebir el espíritu sin el cuerpo.” (p. 69) Clara relación a lo Real, sobre aquello ideal o imaginario. Luego veremos una aparente reivindicación del pasado prehispánico: “Teníamos la justicia codificación de la venganza. La ciencia codificación de la Magia. Antropofagia. La transformación permanente del Tabú en tótem.” (Loc. Cit.) Y Aquí habrá que detenernos en la última frase. Como ya habíamos visto, Freud afirmaba que la autoridad paterna se introyectaba en los hijos que engullían al padre luego de matarlo, idea que De Andrade conoce y refiere: “El pater familias y la creación de la Moral de la Cigüeña: Ignorancia real de las cosas + habla de imaginación + sentimiento de autoridad ante la prole curiosa.” (p. 71) Sólo que aquí habrá una variante con respecto a la teoría psicoanalítica que habrá que analizar en las aparentes frases sueltas que componen uno de los fragmentos más complicados de este manifiesto:

La lucha entre lo que se llamaría Increado y la Criatura – ilustrada por la contradicción permanente entre el hombre y su Tabú. El amor cotidiano y el modus vivendi capitalista. Antropofagia. Absorción del enemigo sacro. Para transformarlo en tótem. La humana aventura. La terrenal finalidad. Pero, sólo las puras élites consiguieron realizar la antropofagia carnal, que trae en sí el más alto sentido de la vida y evita todos los males identificados por Freud, males catequistas. Lo que sucede no es una sublimación del instinto sexual. Es la escala termométrica del instinto antropófago. De carnal, él se vuelve electivo y crea la amistad. Afectivo, el amor. Especulativo, la ciencia. Se desvía y se transfiere. Llegamos al envilecimiento. La baja antropofagia aglomerada en los pecados del catecismo –la envidia, la usura, la calumnia, el asesinato. Plaga de los llamados pueblos cultos y cristianizados, es en contra de ella que estamos actuando. Antropófagos.

Lo que está proponiendo el autor es una antropofagia sin culpa, y de antemano, sin autoridad devorada: carnal, o sea, horizontal: “Contra la realidad social, vestida y opresora, catastrada por Freud –la realidad sin complejos, sin locura, sin prostituciones y sin las prisiones del matriarcado de Pindorama.” (p. 72) Esta idea del matriarcado la desarrollará más adelante en La crisis de la filosofía mesiánica: “En el mundo del hombre primitivo, que fue el Matriarcado, todavía la sociedad no se dividía en clases. El Matriarcado se fundamentaba en una triple base: el hijo por derecho materno, la propiedad común del suelo y el Estado sin clases, o sea, la ausencia de Estado.” (p. 179) Así, vemos en el manifiesto como este pasado es en realidad la búsqueda de una vanguardia: “Ya teníamos el comunismo. Ya teníamos la lengua surrealista. La edad de oro.” (p. 69) ¿Cómo se arruinó este Estado primitivo? “Cuando se instauró el Estado de clases como consecuencia de la revolución patriarcal, una clase había conquistado el poder y dirigía las otras.” (p. 179) Oswald de Andrade parece entonces haber encontrado el pecado original, el origen del mal, los motivos de Caín, el génesis de la Culpa freudiana o hasta el origen de la Ley: “Por lo tanto, el derecho que defendía los intereses de esa clase pasaba a ser legal, creando así una oposición entre ese Derecho, el Derecho Positivo y el Derecho Natural.” (Loc. Cit.) …y del estado de Derecho: “Siendo  aquel un derecho legislado, exigía obediencia. Se estableció entonces la organización coercitiva que es el Estado.” (Loc. Cit.) De ahí proviene una de las frases más ingeniosas del Manifiesto: “Le pregunté a un hombre lo que era el Derecho. Me respondió que era la garantía del ejercicio de la posibilidad. Ese hombre se llamaba José de Galimatías. Me lo comí.” (p. 70) Ahora bien, lo que en el Manifiesto Antropófago era una anábasis (una vuelta al pasado por un nuevo camino), en La crisis de la filosofía mesiánica será más bien una síntesis:

1° término: tesis – el hombre natural
2° término: antítesis – el hombre civilizado
3° término: síntesis – el hombre natural tecnificado. (p. 179)

Por lo tanto, negar la dialéctica entre la fuerza y la razón; o en palabras de Martí: “entre la falsa erudición y la naturaleza”; es lo que impide que el zombi (…Caín, caníbal, Caliban, antropófago…) logré superar su condición y establezca al Hombre Nuevo.

Notas:

1 En la cultura popular vemos esta idea ejemplificada en la figura de Ozimandías dentro del cómic de Alan Moore The Watchmen, que al ser brillante y poderoso, no duda en usar ese poder en contra de la humanidad para unificarla.

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José G. S. García

[@Xose_G_S_Garcia]. Aprendiz de escritor y prófugo de la academia de historia en la FES Acatlán-UNAM, ha sido y es profesor freelance.

Referencias

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