La edad dorada, Netflix y el futuro de la TV.


En los últimos meses, Netflix se ha visto envuelto en dos controversias respecto a su forma de producción y distribución; la primera de ellas fue en la edición 2017 del Festival de Cannes, en donde Pedro Almodovar, como principal portavoz de la contracorriente de Netflix, hacía una apología al cine (el espacio cinematográfico) como el lugar ideal para ver cine y como objetivo primordial de los cineastas para estrenar sus obras. El segundo momento de controversia fue semanas antes del estreno de la película Dunkirk (2017), cuando el director Christopher Nolan expresó su antipatía hacía el servicio de streaming, mientras estrenaba su más reciente filme en otra plataforma: las salas IMAX. 

En el caso de la televisión, los analistas y críticos no han dejado descansar al principal servicio on demand, sobre todo en esta temporada en donde series como Game of ThronesTwin Peaks y Rick and Morty, éxitos que van desde masivos hasta de culto, ponen en duda la calidad de las producciones de la empresa de Silicon Valley. El tema toma relevancia si recordamos lo dicho en el 2013 por el jefe de contenidos de Netflix, Ted Sarandos: “La meta es convertirnos en HBO, más rápido de lo que HBO pueda convertirse en nosotros” (“The goal is to become HBO faster than HBO can become us“). Lo que da pie para pensar en lo que sucede actualmente con el servicio más popular de TV on demand y en lo sucedido con HBO en su momento de esplendor; pensar en similitudes y disparidades. Este ensayo tiene como propósito tres ejes temáticos: El primero de ellos es conocer la llamada Edad de oro de la televisión (antes del streaming como servicio de masas), el segundo eje plantea el conocer la situación actual de Netflix y los cambios prácticos que esta marca ha establecido en el consumo de la TV, y por último se plantea exponer los problemas culturales que representan en streaming hoy en día y las posibilidades de alcance que éste tiene a futuro. 

 

La edad dorada de la TV (1999-2015). 

Hasta los años noventa, las series de televisión tenían un desarrollo audiovisual convencional, se pueden detectar claramente tres formatos televisivos y que en nuestra TV actual aún predominan: El primero de ellos estaba más dedicado a los programas unitarios y con un mínimo desarrollo general, los cuales tenían resoluciones en el mismo episodio y se encargaban de enaltecer los valores norteamericanos (La Ley y el Orden). El segundo formato son las miniseries, por los regular dramas históricos y temáticas de problemas urbanos (Show me a hero). El tercero, que demandaba un compromiso más real con el espectador, es aquel en donde la trama al final de la temporada tenía que llegar a un punto climático y una resolución; el ejemplo claro es el delirante viaje multidimensional de Twin Peaks. La revolución televisiva comenzó en un sólo lugar y de la siguiente manera: 

En el libro Difficult men (The Penguin Press, 2013), el periodista Brett Martin relata cómo el ascenso de un puñado de ejecutivos, liderados por Chris Albrecht, a los altos mandos de Home Box Office (HBO) en los noventa fue toral en facilitar el contexto para que el canal se convirtiera en el hogar del grupo de visionarios responsables de redefinir la narrativa audiovisual de nuestros días: David Chase (Los Soprano), David Simon (The wire), Alan Ball (Six feet under) y David Milch (Deadwood), entre otros que vendrían después. (Mauricio González, 2014).    

Ante la inevitable partida en la señal de HBO de algunos programas y contenidos de otras cadenas para comenzar a crear sus propios canales (Warner Channel, Universal, Sony, etc.), era imperante que se comenzara a crear contenido propio; el eslogan No es televisión. Es HBO (It’s not TV. It’s HBO) fue la punta de lanza para el cambio que generaría la producción y desarrollo de dramas seriados. La idea fue la siguiente: explotar todas las aristas y dimensiones posibles de un personaje, no importando el tiempo y los años que esto tomara, elevando a otro nivel el compromiso que la audiencia tenía que adquirir al ver la serie de televisión. 

El cliffhanger, esa escena justo al final de un episodio que deja a medias las tramas, que interrumpe un hecho para sacudir la intriga en el espectador (quien estará deseoso por saber cómo continúa), se volvió un agente nulo en las series de HBO; en lugar de eso, la clave para llegar a conocer a los personajes en su totalidad era explorar sus “dimensiones”. En términos narrativos, una “dimensión” es una contradicción en la naturaleza del personaje. Por ejemplo, Cary Grant en Charade interpreta a un “ladrón encantador”, lo que es una contradicción, pues los criminales casi siempre son repelentes, hostiles o poco simpáticos. Como esta contradicción, Tony Soprano tiene más de doce… 

Así, la producción de HBO es casi per se la edad dorada de la TV, producida casi por completo en HBO: Oz (1997), Sexo en la Ciudad (1998), Los Soprano (1999), The Corner (2000), Six Feet Under (2001), The Wire (2002) y Deadwood (2004). Posteriormente, FX (The Shield) y AMC (Mad MenBreaking Bad) se sumarían al legado tonal. Oz fue una serie muy extremista; The Wire es una suerte de radiografía de Estados Unidos en sus instituciones. Los Soprano redimensiona el personaje del mafioso en la figura de Tony Soprano; su vida y la de sus dos familias, la sanguínea y la mafiosa, es triste y desoladora, y, sin embargo, la contemplamos extasiados durante nueve años. Breaking Bad muestra la metamorfosis del profesor de química al monstruo cuya bondad sólo está en su mente. Mad Men es la desmitificación del sueño americano; representa la caída del hombre ante el ascenso femenino, es una serie que nos habla del pasado para tocar temas del presente; gracias a John Hamm tenemos un personaje que es digno heredero Tony Soprano en cuanto a las oscuridades presentadas al público, si se le quiere ver así es una extensión temática de Los Soprano. Tómese la sexta temporada de Los Soprano y la quinta de Mad Men como espejos. Y todas las series mencionadas comparten un tema en común: la orfandad. 

Se dice que la edad dorada de la TV comenzó en 1997 con el estreno de Los Soprano y terminó en 2015 con el final de Mad Men para dar paso al Peak TV, un nuevo momento histórico en el que la producción de series ha llegado a un “Pico” equilibrado entre calidad y cantidad; series como The AmericansThe KnickHouse of CardsGame of ThronesFleabag y otras más conforman una gama de opciones para un variado público y que pueden ser consumidas de distintas maneras. Con esta sobreoferta la audiencia tiene el control de lo que ve y cómo lo consume.  

 

El streaming y el nuevo ritual televisivo.  

 

Al igual que el IMAX, Netflix es un nuevo medio que permite experiencias distintas a los espectadores. Lo que es cierto es que no es lo mismo ver Gravity de Cuarón en IMAX 3D, Dunkirk en IMAX o Lawrence of Arabia (Dir. David Lean, 1962)  en 70 mm que en una pantalla en la sala de la casa, por muy grande que dicha pantalla sea. Hablar de los nuevos medios o formatos, si se le quiere decir así, nos lleva a hablar del streaming como un “nuevo” medio para ver la TV, en ese sentido, Netflix no es el futuro de la TV, Netflix no es EL streaming, Netflix es sólo la marca. No caigamos en entender uno con otro como sinónimos.  

Para aquellos quienes en décadas pasadas tenían en sus estanterías los DVDs de Friends, por ejemplo, el término binge watching (o maratones) no era algo nuevo, Netflix sólo masificó la experiencia del consumo compulsivo. Del mismo modo en que en la década de los noventas ofrecer un amplio catálogo de películas y series no fue suficiente para HBO, para Netflix, ahora, la producción propia se ha vuelto una necesidad al ver que los estudios televisivos van retirando sus productos para lanzar sus propias plataformas.  

Netflix, como medio alternativo para cineastas consolidados, ha permitido expresiones más aventuradas como Hasta el Hueso (Marti Noxon, 2017), en donde la exposición de una niña con anorexia es llevada a límites poco vistos; y también ha dado luz a artistas independientes como los creadores de Bojack Horseman; sin embargo, si analizamos el contenido de Netflix en comparativa con el mejor HBO, la verdad es que se han quedado sumamente rezagados en la carrera por mostrar productos interesantes para la audiencia. Sus producciones son, y seguirán siendo, de una calidad de mediana a buena: Orange is the New BlackStranger ThingsHouse of Cards, (y en el caso mexicano, Ingobernable o Club de Cuervos) y no de una calidad incuestionable como sucedió en la época de oro de HBO. Y lo cierto es que, con todo el hype que tienen las series de Netflix, matarían por un Game of Thrones. Ya veremos por qué.   

Lo anterior redunda en hablar en el riesgo tomado por Netflix al crear series de TV que son el resultado de un análisis pormenorizado de su algoritmo y estadísticas sobre los gustos de sus consumidores, dejando prácticamente en manos de una computadora la creación de sus contenidos. Bueno, no tanto así, pero de acuerdo con Tim Wu en su publicación para The New Republic sobre Sarandos, el proceso de creación para House of Cards fue básicamente así:  

Leímos muchos datos para saber qué tan popular era Kevin Spacey por las películas en las que sale. ¿Cuánta gente daba puntuaciones altas a cuatro o cinco de ellas?” Después, su equipo hizo lo mismo con David Fincher. Si te gustó La Red SocialEl Curioso Caso de Benjamin Button y El Club de la Pelea, “probablemente eres un fanático de Fincher; probablemente no lo sepas, pero lo eres”, dice. Una vez que la empresa tiene una idea de cuántos fanáticos existen, puede “predecir con más precisión el tamaño del mercado para una serie”. Y cuando puedes hacer eso, no tienes que preocuparte por mimar o por ofender a las masas. (Tim Wu, 2013). 

Década gloriosa de los 80 + dramas/acción + nostalgia =  Stranger Things. Creando así un producto de satisfacción pura para mantener a sus consumidores contentos, los cuales pueden ser series dignas y disfrutables, pero difícilmente tendrán el arriesgue y el nivel creativo de otras producciones antes mencionadas.  

  

La nuevas dinámicas culturales / problemas culturales.  

 

Cuando uno va al cine acepta que por dos horas la película es algo más grande que uno, es someterse a un tiempo determinado, concentrarse y ser parte de la cinta; uno se pone en función del cine. La TV, a diferencia del cine, nació como un producto cultural para disfrutarse con un círculo pequeño de personas o en la soledad del hogar; sin embargo, tanto el cine (el templo) como la TV (tradicional) coinciden en un requisito: Concentración y tiempo determinado. Con los reproductores de DVDs y BLURAYs, y ahora la experiencia de las Smart TV, desde que yo controlo el cómo ver las cosas se pierde una gran cantidad de concentración que nunca vas a tener en su totalidad en la pantalla chica. Sin embargo, este cambio en las dinámicas sociales no ha hecho que la TV pierda su poder de acontecimiento cultural.  

Twitter y Facebook son creadores de hype mediante hashtags, conectores de ideas y la sala virtual del mundo. Después de una ausencia de largos años, para cuando se transmitió el último episodio de Los Soprano, 11 millones de personas en Estados Unidos lo vieron, ¿la razón dee ese alcance de popularidad? El boca a boca, rentas de DVDs, compras de episodios online y, claro está, pláticas en Twitter que hicieron de ese episodio un acontecimiento importante en la TV.  

The Red Wedding y esta séptima temporada de Game of Thrones son, en sí, acontecimientos globales que de no ser por el diálogo virtual no tendrían el impacto que hemos percibido; ni hablar de los videos en YouTube de reacts que la mencionada boda roja causó y que en cuestión de minutos el horror causado por esa secuencia se apoderó de las redes sociales.  

Si hubieran sido series de lanzamiento on demand donde se pudiesen ver de “un chingadazo”, no hubieran generado la experiencia cultural de la gente conectándose y discutiendo en plataformas como Twitter o Facebook; esta espera de semana a semana que permite captar la atención durante un periodo muy prolongado de tiempo para generar cierta expectativa e inventar formas de mercadotecnia y publicidad que capitalice es casi nulo para Netflix. 

Sin embargo, el streaming genera acontecimientos distintos, por ejemplo, el contenido nuevo es como una avalancha de nieve, parte de la cual se deshace, parte de la cual se endurece y va acumulando gradualmente más. En sus primeros 16 días de emisión, Stranger Things fue vista por 8,2 millones de personas en EEUU, con un rating en adultos de 18 a 49 de 5,94, una cifra que la coloca en la misma línea que grandes éxitos de audiencia de la TV tradicional; la masa crítica para esta segunda temporada se espera supere esa cantidad de audiencia por aquellos que con el tiempo se fueron sumando al hype. Netflix sólo ha tenido dos momentums similares a los que han generado fenómenos televisivos como Game of Thrones o la última temporada de Breaking Bad. El primero con el lanzamiento de House of Cards (telenovela política que al noveno episodio de su primera temporada perdió la identidad de su personaje central) y, acaso, en menor medida con lo ya mencionado sobre Stranger Things.  

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En internet la gente es mucho más leal a sus intereses y obsesiones que a una programación impuesta desde fuera. En lugar de alimentar una identidad colectiva con un contenido que atraiga a grandes audiencias, estos proveedores por streaming imaginan una cultura unida por gustos compartidos, más que por horas arbitrarias de emisión. Netflix fue el primer eslabón contra la cultura de masas. Sin embargo, difícilmente el medio tradicional como la TV convencional dejará de ser imperante a mediano plazo, mucho menos los hábitos de consumo establecidos hace décadas. John Steinbeck ofreció una respuesta: “‘Es difícil abandonar cualquier vida profundamente rutinaria, aunque la odies’. Cualquier historiador de la tecnología de consumo añadiría que las máquinas cambian mucho más rápidamente que la gente” (Tim Wu, 2013). Amen de sus desvirtudes, las virtudes pueden ser muy explotadas; el streaming da para la creación de nuevas formas narrativas, como episodios no seriados y de libre visualización a modo de lectura como Rayuela o de juegos de exploración libre como The Last of US. Esta era del Peak TV debería fungir como un eslabón, continúo con el símil de HBO en los noventa, si en este caso Netflix u otros servicios quieren hacer una revolución en la TV, dejar volar la creatividad y arriesgar es una de las tantas soluciones.  

 

 

Ligas de interés: 

How Netflix is turning viewers into puppets.

Netflix: “The Goal Is to Become HBO Faster Than HBO Can Become Us”.

Netflix’s War on Mass Culture

The golden age of TV is dead; long live the golden age of TV

TV Eats Itself: Welcome to the end of the Golden Era

 

Fernando Teodoro Gabino

Egresado de la Licenciatura en Historia por parte de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán.

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