Contramuerte. (Parte 1)


CONTRAMUERTE.

Aún no amanece y la ciudad ha despertado, el primer rayo que allana la ventana no es de sol, es de luz del café-bar “Azul bohemio” cuya fachada color almendra, siempre limpia, casi besa el contrastante semblante de un edificio desgajado, viejo, sufrido. El 63 de la calle Valero. Despierto en una cama dura y fría, totalmente desnudo parado frente al espejo me encuentro diferente.

 

Inútil fue el gasto del despertador de cuerda pues el repique de su campana de nada sirve teniendo el recordatorio maternal del claxon camionero y los portazos de Don Gabriel, el contratista de la puerta vecina. Demasiado frío para el baño, al anochecer o quizá mañana, por ahora la misma ropa, los mismos zapatos, el mismo abrigo, el mismo corazón, el mismo nombre, ―¿el mismo hombre?―. La tarjeta de la editorial, los cigarrillos ―sin filtro―, la llave, las renegridas monedas y el último billete; que es tomado con precaución o, hasta podría decirse, con sentimentalismo.

Al abrir la puerta, el olor a té es buen indicio acerca del vivaz organismo metropolitano. De memoria los escalones, el portón, la banqueta y sólo unos pasos para estar del otro lado de la calle; igual que todos los días un café, un cigarro, el periódico, aunque hoy el “Azul bohemio” tendrá que esperar un poco, hacía semanas que el cielo era poseído por un terco gris que hoy parece cansado de apagar el sol y le da una oportunidad. A media calle ocurría una esporádica aurora y era un lujo presenciarla, incluso los ojos se extrañaban ante el acto. Hoy, sin duda, se podría decir ―no sólo por costumbre―: Buenos días.

Daban ganas de regresar y meterse a la cama, hacerse el dormido y dejar que fuera el día, el verdadero día, quien obligara a los párpados a abrirse hacia él; simular que se había soñado y despertado tranquilo. Dormir y soñar, despertar y vivir, despertar y soñar y vivir.

 

Buenos días amor: anoche soñé que dormiría para siempre y que siempre te soñaría. Soñar tu olor violeta y tu sombra que sabe a río, soñar tu palabra tibia y escuchar tu mano balbucear sobre la mía. Inmortalicemos en esta habitación que nos conoce como uno solo. Ven, sueña, recuéstate sobre la noche de mi ser, hospeda tu cuerpo de ángel y permanece eternamente. Buenas noches amor, hasta mañana, hasta el día siguiente, hasta la siguiente vida, amor.

 

Absorto, pero satisfecho, como niño frente a la magia más fascinante, rompe el encanto y echa a andar de nuevo el tiempo. Termina de cruzar la calle, empuja la puerta de la planta baja y ahí está el viejo Otto con su eterno tarareo de “In the mood”.

―Buenos días Lázaro. ¿Buen fin de semana?

―Buenos días, igual que el inicio.

Una escalera, un pasillo, la barra y Benjamín.

―Pensé que hoy no vendría, Lázaro.

―Estuve a un día de no venir.

―No le entiendo ―mientras servía la acostumbrada taza de café, la primera del día― ¿qué quiere decir?

―Nada, nada ―con melancólica sonrisa―. Pero tengo el presentimiento que hoy no será igual que siempre.

Después de una pausa al recibir el café y el periódico en la mesa junto a la ventana, continuó.

―Benjamín, ¿has pensado que la dirección que lleva tu vida puede ser causa del cambio de la dirección de otras? ―la mirada de Lázaro inquiere la del joven.

―Sinceramente no, ―y tomando un segundo para analizar, siguió incierto― pero procuro ser responsable, por lo menos, de mi vida.

Un sorbo de café, pero sin quitar la vista de los ojos del joven lanzó otra pregunta: ―¿De verdad crees que “tu vida” te pertenece?

El afable joven contesta mientras regresa a la barra: ―Eso supongo. Pero ¿qué le pasa hoy?, llega más tarde que de costumbre, pocas veces platica conmigo, ¿se levantó con complejo de filósofo?

―No ―otra vez la melancólica sonrisa―. Nada más es la vida del mundo que ayer me habló al oído.

El joven, con la misma incertidumbre que al principio, decide mejor ocupar el tiempo en pulir la barra para cuando comiencen a llegar los clientes, 7 a.m. Al tiempo que Lázaro vuelve la vista al periódico sobre la mesa, mientras con una mano busca los cigarrillos y con otra los fósforos, recuerda.

 

Sí, la vida del mundo que se comunica a través de los Hombres. Ayer, domingo sin sol, plática acostumbrada, compañía maltratada. Viejo amigo, vieja costumbre, viejo Leonardo, viejos los dos.

 

Desde que era niño hasta la fecha, raramente he tenido ganas de llorar, necesidad o privilegio, no lo sé. Es rara la sensación apretujante en el pecho; el agrio sabor en el paladar y el caliente ardor en los ojos; el temblor de las manos y el peso de la sangre. De niño se llora por todo eso que no es nada, se utiliza el llanto como forma y parte del lenguaje, nada más. Ahora el hombre llora porque se le ha cansado el espíritu, el llanto es el grito del alma maltratada, el llanto es la tenue luz que se filtra a través de la cortina que separa a la vida del hombre; al hombre del mundo; al mundo de Dios o a Dios de sí mismo. Cuando el hombre llora, orienta a las estrellas a iluminar el camino no penetrado aún; cuando el hombre llora, revive el mar muerto de soledad y eleva sus olas para darle de beber al sufrimiento.

     La noche encima y el parque vacío, estrechar manos, abotonar el abrigo y emprender pasos regresivos a donde el papel espera inquieto, excitado. La memoria se interrumpe.

 

―¿Otro café? ―con la jarra en la mano desde la barra.

―No ―exhala remolinos de humo―, gracias.

La sección de anuncios no es muy útil, pero entretiene mejor que la política o los deportes, letras negras ―más que la de los otros― al centro de la columna:

 

“Se pintan cuerpos.

Interiores y exteriores”.

 

“Busco virgen experta

en el amor”.

 

“Se rentan almas sórdidas

con buenas referencias”.

 

El tabaco da lo último de si, otro sorbo, vuelta a la hoja, cultura, cartelera: recital francés de tango. Las 7 a.m. Sobre la mesa queda media taza de café, un ojeado periódico, cenicero con una colilla humeante y una moneda expresionista de culturas prehispánicas. “Azul bohemio” a las espaldas, tres calles abajo y la avenida, la ruta y después el subterráneo. Un ciclo. Como Irene.

 

Luz de la luz que eres, en mi memoria hay luz, mi sangre te recuerda, mi recuerdo te revive en sangre y luz. Eres cada luz en mi memoria. Luz de la luz que eres.

 

Callejuela decadente de muros mudos, nudos de mundos nulos. La avenida en la próxima esquina. Unas piernas que nunca cambian su modulación; el ejecutivo perfumado de colonia impregnante; los universitarios que no se cansan de platicar borracheras; el colectivo llegando. Igual de gente, gente igual. 7:20 a.m. El subterráneo. Escaleras eléctricas que conducen al interior del mar, mar de gente, gente del mar en busca de la barca redentora de almas en naufragio. El andén trabaja intercambiando la materia prima (reciclada) de la sociedad.

Minuciosamente acomodados en el vagón y sin la oportunidad de reclamar el proceso, el túnel sombrío te absorbe. 7:40 a.m. Después de un tono las puertas se abren y un vaho insoportable te expulsa lánguidamente. Afuera, aliviado, lejos de anuncios que te censuren el placer, podrás fumar. Para atravesar la glorieta no se necesita un mapa que diga dónde encontrar la salida al vacío sexual que en ella impera, es sorprendente encontrar cuerpos que todavía están de pie esperando un hombre descuidado al que se le olvida que anoche tenía que comprar amor. Te ven pasar con cierta resignación, saben que aunque tuvieras dinero no lo gastarías en lamer piel cansada de calor.

―Adiós Lazarito ―voz suave y sonrisa incompleta de la última carne amorfa―, a ver cuándo te animas.

 

Perdido en el néctar de tu exquisita geometría. Triángulo, triángulo. En el final del corredor después de la plaza, en una esquina, hay una bodega pequeña. Una cortinilla de acero se alza y un anuncio es colocado en la entrada: Compraventa de libros.  Un gato pardo de ojos rasgados como el cielo sale pasivamente de entre los estantes, voltea la cabeza hacia su dueño en forma de reclamo por haberle encarcelado desde el sábado a mediodía. Lázaro lo carga hasta por encima de su cabeza: “No seas rencoroso, Iván”. El lugar es reducido. Sólo cuatro estantes con tres niveles hacia arriba y dos a los lados, al fondo una puertecita de cancel atrinchera un retrete de anémica higiene; en una esquina, al lado de la entrada, una mesita de pie y una silla barroca concluyen el mobiliario; sin embargo, la minúscula bodega es inmensa en contenido: guarda mundos, hombres, religiones, amores, muerte, madres, seres nunca vistos ―pero perfectamente conocidos―, corazón, tierra y una o dos buenas mujeres.

NERU EBRAX

07 de Octubre de 1978. México, D.F. Empleado privado. Lic. en Administración y con estudios en Psicología por parte de la UNAM. Escritor en libertad, emancipado de las técnicas literarias y amante de los neologismos. Fb: Neru Ebrax Mail: neruebrax2025@gmail.com

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