Caribe, Caníbal, Calibán… #TodosSomosZombies: Un fetiche de la democracia. (Parte 3.5.1)


“El horror no es el espectro (particular viviente) dentro de la máquina (universal muerto), sino que la misma máquina (universal muerto) está en el corazón de cada espectro (particular viviente).”  

Slavoj Zizek, En defensa de la intolerancia.

  1. La única motivación de los zombis es alimentarse con la carne de humanos vivos.

He anticipado en el artículo anterior que de acuerdo con Freud (1975), el tabú de la antropofagia se origina con la muerte del padre, cuando los hijos lo engullen, asimilándolo, digiriéndolo, incluso convirtiéndolo en tótem. Por su parte, Jorge Fernández Gonzalo señala en su Filosofía Zombie (2011) que la horda es una “formación sin tótem, un grupúsculo que no se ampara bajo la culpa o la ley.” (p. 108) Si así fuera… ¿No estaríamos ante el ideal de los anarquistas? Sí, de no considerar que los zombis carecen de deseo, por lo tanto, sólo son esclavos de su necesidad de alimentarse. Paradójicamente, al dejar de desear, han abandonado el reino de la libertad para sumergirse de lleno en el de la necesidad. Ahí es donde radica otra de las características que nos causan escozor en los “no-muertos”: que se dejen llevar por el puro instinto. Esta sujeción ha sido llevada a sus últimas consecuencias en el reciente filme Voraz (Raw en inglés, Grave en francés; Julia Ducournau, 2016) que si bien no es una película de zombis, usa el polémico tópico del vegetarianismo como excusa para abordar el tema de la prohibición y la transgresión de la norma durante la adolescencia, en su caso, a través de la antropofagia.

 

Lo que Fernández Gonzalo omite es que los zombis originalmente sólo eran autómatas revividos, tal vez una reminiscencia del esclavismo en el Caribe; como se muestra en el filme White Zombie (1932); y no será sino hasta que devoren carne humana que comenzarán a ser aterradores. Pero entonces, ¿de dónde surge su canibalismo?

De acuerdo con la arqueología, no existen pruebas suficientes para afirmar que el canibalismo se practicó de manera ritual en el Paleolítico (Leroi-Gourham, 1987), como afirmó Freud, sino para sobrevivir en las épocas de hambruna. Por lo tanto, en un principio, será también la necesidad la que obligue al ser humano a devorar carne, en especial la de sus semejantes. Muchos siglos después, cuando se encuentre con este Nuevo Mundo, la relación entre el supuesto primitivismo y la antropofagia llevará a Europa a enfrentarse de nuevo a sus miedos más profundos.

 

En su célebre ensayo Caliban, Roberto Fernández Retamar analiza a este “personaje-metáfora” shakespeariano de inspiración antillana1.

Caliban es anagrama forjado por Shakespeare a partir de «caníbal» —expresión que, en el sentido de antropófago, ya había empleado en otras obras como La tercera parte del rey Enrique VI  y  Otelo—, y este término, a su vez, proviene de «caribe». […] Pero ese nombre, en sí mismo —caribe—, y en su deformación  caníbal, ha quedado perpetuado, a los ojos de los europeos, sobre todo de manera infamante.

Siguiendo el diario de Cristóbal Colón, refiere que éste los veía como seres de un sólo ojo que devoraban carne humana. Los caribes, en cambio nos explica Fernández Retamar “eran los más valientes, los más batalladores habitantes de las tierras que ahora ocupamos nosotros [los cubanos].” Su contraparte será el “arauaco de las grandes Antillas —nuestro  taíno en primer lugar—, a quien [Colón] presenta como pacífico, manso, incluso temeroso y cobarde.” De aquí podemos inferir las dos visiones que los europeos tuvieron del indígena: El primero como aquel salvaje al que hay que erradicar; el último como aquel noble ser primitivo que hay que educar, evangelizar… y someter. En éste se encuentra el origen de la utopía; en aquél el exterminio y la justificación de la esclavitud de los primeros… Y aunque tiempo después sea prohibida hacia los indígenas, los taínos y los caribes ya no sobrevivirán para disfrutar de semejante “privilegio”.

Esta aparente dicotomía entre la utopía y el genocidio estará presente a lo largo de la historia moderna y en parte serán el origen (o quizá el mejor ejemplo) de la visión que aún se tiene del otro, en su versión imaginaria, descafeinada y carnavalesca; o en su versión real, sórdida y aterradora. Hay que agregar también que la figura del caníbal se va a repetir a lo largo de todo el Nuevo Mundo que, como dirá Agamben (1998), será un “espacio vacío”, un territorio en donde todo estará permitido o, según Todorov (1998, p. 144), el lugar donde se cometerá el primer gran genocidio de la era moderna. En cuanto a la antropofagia entre los mexicas, la discusión está estancada en argumentos bizantinos, como ha quedado demostrado en el polémico artículo de un diario español que llama “Holocausto azteca” al tzompantli. Como podemos ver, por su carácter de tabú, la antropofagia (más allá de haberse o no practicado; con fines rituales o no) se convirtió en la excusa perfecta para la dominación europea: Los indios son caníbales, por lo tanto, son salvajes; así que hay que educarlos y evangelizarlos; por lo cual hay que conquistarlos. Esta falacia se repetirá ad nauseam, con ese clasismo cultural hacia las masas que permea incluso (¿sobre todo?) en el discurso de la izquierda liberal.

Entendiendo el origen de Caliban, no es extraño que el zombie aparezca en el Caribe. En 1791, los esclavos de Haití se alzaron en contra de sus amos y declararon su independencia de Francia arguyendo justamente los valores de la propia Revolución Francesa: “Libertad, Igualdad y Fraternidad”. En una más de las ironías de la historia, lo que Toussaint y los esclavos hacen es llevar a sus últimas consecuencias el discurso liberal de los franceses; haciendo evidentes las contradicciones propias de 1789. De cualquier forma, la revuelta también tiene sus propias aporías y termina otorgándole el poder a un emperador (¿les suena?).

Como señala Roger Luckhurst; a partir de ese momento “Haití fue demonizado constantemente como un lugar violen, supersticioso y mortal, pues su sola existencia constituía una afrenta para los imperios europeos.” Sin embargo, será en el periodo de 1915 a 1934, durante la ocupación de por parte de los Estados Unidos, cuando el mito del zombi cobre mayor fuerza. Durante este proceso, William Seabrok escribió La Isla Mágica (1927) y Victor Halperin filma La legión de los hombres sin alma (ya referida como White Zombie, 1932), con la actuación de Bela Lugosi en el papel del bokor (o brujo vudú). Aquí hay una escena perturbadora dentro de la casona del brujo. En ella uno ve una horda de zombis trabajando sin parar y uno de ellos cae al molino sin que por ello se detenga la producción. Las interpretaciones son diversas (crítica de la esclavitud en la isla; apología de la intervención extranjera a través de la enunciación de lo salvaje; incluso la muestra del sueño rosa del capitalismo más salvaje…); lo importante es que se ha creado el antecedente de lo que abordaremos en las próximas entregas con respecto a la consciencia del zombi y la manipulación de las masas.

 

 

Para 1936, la escritora y antropóloga Zora Neale Hurston gana una beca Guggenheim para hacer una investigación acerca del vudú en Haití. De ahí se desprenderán dos textos: Their eyes were watching god (1937) y Tell my horse (1938). En este último, Hurston describirá lo que ella afirmaba era un zombi real. Su nombre era Felicia Felix-Mentor. Obviamente nadie en la academia tomó en serio esta historia, hasta que en 1945 el doctor Louis P. Mars publicó sus conclusiones en la revista Man: A record of anthrpopological science. Mars le diagnosticó una severa enfermedad mental (similar al síndrome de Cotard, al que ya aludimos en otra entrega). Como afirma Luckhurst: “el trauma histórico de la esclavitud apuntala esta terrible condición de estar privado del ser, de una mujer sin lazos que fue abandonada a su suerte, a deambular como una muerta viviente.” De nuevo, vemos el otro rostro del zombi: el desarraigo.

Felicia Felix-Mentor

Felicia Felix-Mentor

Sumisión y desarraigo serán los tópicos de este Zeitgeist, o espíritu de la época. Recordemos que estos eran los años del gran desarrollo industrial y de la construcción de de las nuevas ciudades. De la Guerra Civil Española y la posterior dictadura Franquista, con los transterrados republicanos que vendrán a echar raíces en el México posrevolucionario. El periodo de “entreguerras”, la II Guerra Mundial, en que se enfrentarán el comunismo y el liberalismo a su propia síntesis perversa que será el nacionalsocialismo. Serán los tiempos de City Lights (1931), Modern Times (1936) y The Great Dictator (1940); las más famosas comedias de Charles Chaplin. Y, como ya vimos, los años en que Occidente temerá que los totalitarismos (fascistas, por lo pronto) tomen el control del mundo; y sobre todo, de las conciencias.

Una vez finalizada la II Guerra Mundial, el miedo a la manipulación de las masas se transferirá hacia la URSS y la Guerra Fría dará pie a ese cine, que si bien no es de zombis en toda la extensión de la palabra, mezcla el terror a la enajenación y la propaganda conservadora tan característicos de esa época conocida como macartismo –Invaders from Mars (1953), Invasion of the body snatchers (1956) y Brain eaters (1958) son magníficos ejemplos-.

Pero entre 1959 y 1968, Caliban despertará con una nueva identidad. Parafraseando la famosa frase de Marx sobre la repetición en la historia: La antropofagia se presentó en el Nuevo Mundo primero como tragedia (el caníbal) y luego como farsa (el zombi).

Notas:

1 Cabe señalar que éste a su vez inspiró el personaje homónimo del cómic X-Men.

 

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José G. S. García

[@Xose_G_S_Garcia]. Aprendiz de escritor y prófugo de la academia de historia en la FES Acatlán-UNAM, ha sido y es profesor freelance.

Referencias

  1. Agamben, Giorgio, Homo Sacer I: El poder soberano y la nuda vida, Valencia, Pre-Textos, 1998.
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  5. Baudelaire, Charles, Las Flores del mal, México, Planeta, 2014.
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  8. Dubiel, Helmut, Teoría crítica ayer y hoy, México, Plaza y Valdés, 2000.
  9. Fernández Gonzalo, Jorge, Filosofía Zombie, Madrid, Anagrama, 2011.
  10. Fernández Retamar, Roberto, Todo Caliban, La Habana, CubaDebate, 1998.
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