Carol o el amor que no se atreve a decir a decir su nombre.


Oscar Wilde, por las circunstancias en las que se vio inmerso ―al ser acusado de «sodomita» por el padre de su amante― o, quizá, simplemente por un arranque poético en el que seguiría persistiendo hasta el final de sus días ―por no cambiar la manera de describir lo mismo―, llegó a confesar que lo que sentía por su querido Bosie no era más que un «amor intelectual», o, más precisamente, como el propio Lord Alfred Douglas diría en uno de sus poemas inspirados en el escritor irlandés-británico, un «amor que no se atreve a decir su nombre». Una elegante y hermosa expresión que se concibió como una perífrasis de algo que se podía haber dicho de otra forma más directa y cruda: «amor homosexual».

Carol (2015), basada en una novela de Highsmith ―la propia Blanchett ha estado en la adaptación de otra novela suya: El talentoso Sr. Ripley, 1999―, retrata justamente un amor homosexual entre dos mujeres. Quizá se podría haber llamado «Mujer contra mujer», pero eso sólo habría sido una referencia algo problemática ―la canción de Mecano del mismo nombre―. El nombre es lo de menos, sin embargo. Y si bien el argumento podría parecer lo suficientemente sencillo como para resumirse en «el amor homosexual entre dos mujeres», lo importante ―tal y como expresa una de esas frases que conoce cualquiera y son de autor anónimo― no es lo que se dice, sino cómo se dice, al menos en casos como éste, donde lo que se busca es ahondar en la psicología de los personajes más que enfocarse en hacer una historia emocionante en términos de acción, suspenso, giros inesperados y demás ―de los cuales se ocupa cualquier «thriller» fílmico y literario, cabe decir―. Algo curioso si se tiene en cuenta que las novelas que hicieron famosa a Highsmith fueron precisamente «thrillers» y no dramas como Carol.

Hay quien cree y promulga, por otro lado, que esta es una época donde se aboga por ser «políticamente correcto» ante todo, y por ello se explica y se justifica la mayor presencia de películas sobre minorías que, por largo tiempo, fueron discriminadas y/u oprimidas. En el caso del feminismo, por ejemplo, la propia Maleficent (2014) ―aunque en el contexto de la fantasía― o Suffragette (2015) ―basándose o inspirándose en personas que existieron en la realidad efectiva―. En el caso de la homosexualidad o la transexualidad (LGBT, para decirlo sin rodeos), ésta obra y otra como The Danish Girl (2015), y eso sin mencionar muchas otras… Hay quienes piensan que esta mayor presencia de historias no contadas con anterioridad es sólo una astuta estrategia de marketing para atraer al público potencial que pertenece a las minorías antiguamente discriminadas, y es, por ello mismo, un gesto hipócrita y/o manipulador. O, para decirlo de otra manera, simplemente una «moda». Con ello pretenden desestimar lo que de verdadero y de humano tienen algunas de esas historias ―porque no todas buscan expresar algo común a toda la condición humana―, que no sólo tratan sobre un amor homosexual o las inclinaciones de un transexual, sino que lidian a su vez con aquello de lo que todos hablan, sea para alabarle o despotricarle: el amor. Así, a secas, sin etiquetas. El amor, simple y llanamente.

Decía Heráclito que la armonía o paz verdadera era la lucha de los opuestos, o, también, la guerra misma ―tanto en un sentido literal como metafórico―. Que no podía haber equilibrio alguno si no hubiesen «fuerzas contrapuestas» que quisieran dominar las unas a las otras. Y decía también, en cierta forma, que el mundo se presentaba como una dualidad de opuestos correlativos ―pares en constante y compartida concreción― en continua pugna y relación con los demás. Así, por ejemplo, teniendo en cuenta ya lo que dijera Platón, lo bueno/malo, lo verdadero/falso y lo bello/feo estaban íntimamente relacionados entre sí ―y seguirían así hasta que Kant los separara y diferenciara unos de otros―. De modo, pues, que podría haberse dicho incluso desde la antigüedad, que el amor y el odio son las dos caras (los dos opuestos) de la misma moneda (la unidad subyacente que los engloba). Que, además, el amor se define y se afirma negando al odio y viceversa, pero que, justamente en este estar «juntos pero no revueltos» de su oposición mutua, estaba la clave de algo importante: ambos son necesarios el uno para el otro. Y este amor y comprensión o este odio y rechazo ante el otro conforma el espacio en el que se desenvuelven las relaciones humanas. «El otro es el garante de lo que soy», parafraseando a Sartre. O, dicho de otro manera, «me reconozco en el otro», que me objetiva y me cosifica.

Todo esto se muestra en Carol (dirigida por Todd Haynes), aunque de manera ciertamente implícita, en las miradas compartidas, en los suspiros y gemidos susurrados, en las afrentas disimuladas o directas, y, en fin, hasta en algunos de los diálogos ―donde se puede obtener un retrato del amor homosexual en la época de los 50―. A ello me refería con que había, detrás de la «historia simple», un trasfondo verdadero y humano, que, además, es filosófico. Efectivamente, como ya se ha dicho, al afirmar algo se niega otra cosa, o, como decía Spinoza, «toda negación es una de-terminación». Y, también se sabe, una palabra sin significado es sólo un término vacío, una mera abstracción. El concepto de alguna palabra, su significado, viene dado por una serie de determinaciones que necesariamente deben corresponder con la realidad efectiva a la que dicha palabra alude. Por ello, en los 50, cuando se rechazaba abierta y consistentemente el «amor que no se atreve a decir su nombre», sólo se le daba de-terminaciones, identidad y, con ello, mayor realidad concreta. Es decir, que se pretendía eludir el problema justamente dándole mayor fuerza.

Pero en esta historia hay más: no sólo el amor íntimo en oposición al odio generalizado que se le expresaba por su mera existencia, sino que, también, se muestra la pugna implícita de aquel sentir compartido entre amantes escondidos en habitaciones de hotel. Pugna, lucha u oposición que también conforma al amor en general, sea el de la adolescencia, el de la madurez o el de la vejez; sea entre hombres, entre mujeres o, por supuesto, entre hombres y mujeres. Guerra delicada que, sin embargo, no se fundamenta en las diferencias o igualdades de un género con el otro o consigo mismo, sino en la propia identidad del uno y del otro. Es decir, en lo que Carol es (alegato a su esencia) más allá de ser madre, y lo que Therese es más allá de ser su amante. Es en este contexto donde esta «historia simple» trasciende a la mayoría de los intentos fallidos de hacer cine sobre las personas que pertenecen o pertenecieron a una minoría discriminada y/u oprimida: muestra lo que es común a todos ―heterosexuales, homosexuales, bisexuales y demás―, y que la diferencia entre uno y otro es vital para definirnos como personas, pero, por supuesto, teniendo en cuenta que en la medida en que amo también odio y en la medida en que odio también amo. «El infierno son los otros», como dijo Sartre en una de sus obras de teatro.

Nota: Nunca he dejado de admitir que, dentro de la industria del cine, hay unas actrices que conforman lo que llamo mi «tríada del deseo»: ellas son Kate Winslet, Cate Blanchett y Tilda Swinton. Es tan parcializada y pre-juiciada la forma en que me acerco y aprecio cualquier película de alguna de ellas que, aunque parezca demasiado exagerado decirlo, casi nada de lo que han hecho me ha decepcionado. «Casi» es la palabra clave aquí, porque sé que no son perfectas en sí mismas ni mucho menos lo son todas las producciones en las que participan, pero al menos eligen bien qué hacer y qué no (la mayoría del tiempo). Sirva esto de advertencia ante la reseña aparte de confesión del más profundo respeto y admiración que puedo profesar por estas diosas terrenales.

Joan Sebastián Araujo Arenas

Joan Sebastián Araujo Arenas (Mérida, Venezuela, 1996), estudiante de Filosofía en la UCV, ha publicado algunos artículos de opinión en la revista chilena Humus ―en abril, julio y diciembre de 2013―, una reseña literaria en la publicación venezolana Canibalismos ―en junio de 2015― y un poema en la mexicana Marabunta ―en abril de 2017―. Además de ello escribe reseñas sobre las obras que ha leído en Goodreads, donde además es bibliotecario: https://www.goodreads.com/user/show/32513402-joan- sebasti-n- araujo-arenas Su blog, donde agrega sus reseñas, poemas y cuentos, es el siguiente: https://jsaaopinionpersonal.wordpress.com/

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