¿Existe realmente la democracia en el capitalismo?


Los grandes organismos internacionales como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), han señalado que para aumentar el desarrollo económico de los países en vías de desarrollo es necesario profundizar la democracia de dichos países. La lógica de esta institución radica en que la desigualdad y la pobreza pueden afectar de manera directa los principios democráticos y evitar un proceso de consolidación de las instituciones.

Ahora bien, la teoría arrojada por el PNUD es que aumentando los índices de la democracia se disminuye la brecha de la pobreza y la desigualdad. Sin embargo, a los expertos del PNUD se les escapan los verdaderos actores en la toma de decisiones que realmente afectan a la población en general. Moncayo Jiménez (2006) señala que el advenimiento de la democracia no se traduce inmediatamente en un incremento del nivel de ingresos o del bienestar de los países que realizan la soñada transición hacia la democracia, esto debido a que no existe una relación causal que implique el aumento de la democracia con el aumento en la calidad de vida de las personas.

Moncayo Jiménez, a manera de crítica de la propuesta del PNUD, señala que ha habido en la historia casos en los cuales ha existido desarrollo sin democracia, como ejemplo cita a Corea del Sur durante el régimen de Park Chung Hee, Chile en la época de Pinochet y China. En razón de ello, es factible pensar que el desarrollo económico no depende de la democracia, sino al revés. El citado autor expresa que el hecho de que los países más ricos del mundo sean los más democráticos debe demostrar una relación ingreso-democracia, convirtiendo a la democracia en un artículo de comercio que es adquirido únicamente por las sociedades que deciden consumirla, destinando para ello parte de sus ingresos. Situación que sería difícilmente aplicable ―si aceptamos esta teoría como válida― en los países en vías de desarrollo en donde la población tiene bajos ingresos económicos y no puede destinar un porcentaje de ello a algo tan etéreo como la democracia, cuando sus necesidades más básicas tienen una obvia prioridad.

Y es que uno de los problemas principales de la democracia actual, es que ésta no es una democracia en sí; más bien, pueden llegar a ser poliarquías (Dahl, 1956) que no necesariamente responde a esa noción del “poder del pueblo” de la democracia. La belleza de la “poliarquía” es sublime y hasta artística. La poliarquía permite que se puedan ocultar democracias delegativas o controladas, dando la impresión de democracias “puras” o de niveles altos de desarrollo. Krueger (2004), citado por Moncayo Jiménez, expresa que los políticos que detentan el poder y ciertos grupos de empresarios y representantes de los poderes facticos, reconocen sus intereses comunes y conciertan y actúan como compinches.

Esta misma idea fue expuesta por Mill (1987) quien sostuvo que “[…] no todos los hombres son corrientes u ordinarios en este sentido. Como los medios de información y poder están centralizados, algunos individuos llegan a ocupar posiciones en la sociedad norteamericana desde las cuales pueden mirar por encima del hombro, digámoslo así, a los demás, y con sus decisiones pueden afectar poderosamente los mundos cotidianos de los hombres y las mujeres corrientes […]”; y es que efectivamente no todos los hombres somos iguales, por decirlo de alguna manera. Las juntas directivas de las grandes corporaciones, por ejemplo, son las que dictan cuál será el porcentaje de interés que se debe pagar a las instituciones bancarias, o cuál será el tipo de educación que los estados deben brindar para que con los años las nuevas industrias tengan mano de obra calificada. Mill continua explicando que “[…] dentro de cada uno de los órdenes institucionales más poderosos de la sociedad moderna hay una gradación del poder. El dueño de un puesto callejero de frutas no tiene tanto poder en ninguna zona decisiva social, económica o política, como el jefe de una compañía frutera multimillonaria […]”; argumento que vendría a reforzar la noción de que realmente la democracia funciona como sistema de camaradillas de aquellos que buscan su interés personal, ya que el capitalismo busca un interés personal mientras que la democracia un interés colectivo.

¿Dónde está el Estado que debe protegernos? Pues esa es una pregunta que no tiene una respuesta sencilla, pero puede tratar de responderse con los aportes de Olson (1965), Buchanan  y Tullison (1972) quienes son de la teoría de que el Estado no es un elemento exógeno y neutral sino que tiene intereses propios, siendo éstos de índole particular, corporativo y partidista, y al tener intereses más económicamente viables, es dable pensar que no buscará generar pugnas o divisiones entre las grandes élites sociales.

Para finalizar, ¿existe democracia en un sistema capitalista? Teóricamente ambas figuras son incompatibles entre sí y no pueden coexistir, y en los países altamente desarrollados que se postulan como altamente democráticos no se encuentran exentos del capitalismo de camarilla. Sin embargo, puedo señalar, tal como los autores antes señalados, que no, los pilares de la democracia no compaginan con la teoría del capitalismo, por lo que es procedente disminuir la democracia y fortalecer el sistema capitalista.

Walter Flores Castro

Abogado autorizado por la Corte Suprema de Justicia de El Salvador, Colaborador Judicial de la Cámara Primera de lo Laboral, Diplomados en Derecho Constitucional &Estudiante de Maestría en Ciencia Política en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de El Salvador.

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