El mundo de la caballería medieval II: el ser Caballero


Una larga Edad Media

El historiador francés Jacques Le Goff defendía la idea de que la Edad Media no terminaba en el siglo XV con el renacimiento italiano, ni con la caída de Constantinopla en 1453, ni con la llegada de los europeos al Nuevo Mundo desde 1492. Para él, la influencia medieval en la cultura Occidental podía extenderse hasta el siglo XVIII y en algunos casos aún hasta nuestra época actual. Bastaría con leer las crónicas de los conquistadores europeos que intentaban alcanzar las Antillas (Anti-isla) o el reino del preste Juan, para darnos cuenta de toda la cultura medieval que aquellos traían consigo y que, en muchos casos, no desaparecieron sino hasta el siglo de las Luces.

Pero quizá una de las prácticas más emblemáticas de la contemporaneidad y que sin duda podemos asociar con la Edad Media, es la idea que tenemos respecto a “ser un buen caballero” y “ser buena una dama”. ¿Cuántos no hemos escuchado estas frases de nuestros padres, o ser repetidas constantemente por los medios de comunicación? Aunque ahora el contenido de estas frases significa poco para las nuevas generaciones, hubo un tiempo en que ser caballero significaba pertenecer a un estamento superior, sinónimo de orgullo, riqueza y honor.

 

Una dama atiende a su caballero mientras éste se postra ante ella.

Una dama atiende a su caballero mientras éste se postra ante ella.

En la entrega anterior vimos el ideal literario que se tenía en la corte sobre el ser caballero, y con lo cual se formó un círculo en que la producción literaria marcaba las pautas de cómo debía comportarse la caballería, pero al mismo tiempo, también la literatura se inspiraba en la realidad caballeresca. Esta vez nos concentraremos en la realidad tangible del “ser caballero”.

La evolución del caballero

Más allá de “los buenos modales”, ser caballero era una forma de vida que se demostraba a través de las riquezas, la fama y las buenas costumbres. Por lo tanto, no cualquiera podía ser caballero, pues no era fácil que una persona ajena al estamento accediera a estos privilegios, especialmente en una sociedad tan rígida y cerrada como la que se vivía en el feudalismo europeo. Recordemos que en el imaginario medieval, la sociedad se dividía en tres estamentos: los laboratores que se dedicaban a trabajar la tierra; los oratores que rezaban por la salvación de las almas; y los bellatores que defendían a los otros dos estamentos. La caballería, entonces, comprendía enteramente a los bellatores.

Pero no debemos confundir el significado de “caballero”, que en el idioma español se usa para definir prácticas militares y sociales distintas. Por un lado, caballero lo entendemos como el soldado que lucha a caballo, sin que por ello pertenezca a la orden de caballería, pues se refiere a los contingentes de soldados que luchan montados; por otro lado, caballero también hace referencia a quien pertenece a la orden de caballería y, a diferencia del anterior, sólo pueden ser nombrados como tales aquellos pertenecientes a un orden social exclusivo.

El caballero-noble, como ha quedado plasmado en la cultura popular, no comenzó a manifestarse sino hasta los siglos IX y XI d.C. Antes atestiguamos la consolidación de la caballería como una importante fuerza militar en los ejércitos occidentales. En este sentido, aún no se presentan como nobles-guerreros, aunque sí como tropas de élite que luchan montadas a caballo en formación cerrada y con lanza en mano bajo las órdenes de reyes y emperadores. Pero que a pesar de sus triunfos contra vikingos, musulmanes y paganos, no gozan de un reconocimiento generalizado por parte de la Iglesia.

Así pues, desde el siglo XI observamos una nueva forma de organización política, en la que los reyes y emperadores pierden poder ante los señores feudales, quienes dominan el paisaje europeo desde sus castillos y fortalezas. Esta nueva aristocracia se enriquece gracias a una mayor producción agrícola y nuevos contratos de vasallaje, con los cuales reciben más tierras y más recursos a cambio de un servicio militar que cada vez es más demandante. Por lo tanto, la nobleza puede dedicarse exclusivamente a la guerra de tiempo completo: compra más caballos, armaduras (cotas de malla y yelmos en un primer momento) y armas (espadas y lanzas); invierte en entrenamiento tanto individual como colectivo y, de esta forma, logra monopolizar la violencia organizada. Es en estos momentos cuando nobleza y caballería comienzan a fusionarse para definir al personaje más famoso de la Edad Media: el Caballero como sinónimo de noble.

Los tres órdenes del imaginario del feudalismo: los que oran, los que luchan y los que trabajan.

Los tres órdenes del imaginario del feudalismo: los que oran, los que luchan y los que trabajan.

 

El código de caballería

El libro de la orden de caballería (Ramon Llull) y La orden de caballería (siglo XIII) son dos de las obras más conocidas que muestran el ideal del ser caballero. En este sentido, no existe un “código de caballería” único y que perdurara por siempre sobre las funciones y características de los integrantes de la orden. Aun así, ninguno dudaba de la función de la caballería como reguladores del orden social establecido, por lo que el caballero debía defender a su señor en todo momento, así como a todos aquellos que trabajan la tierra. Al mismo tiempo, el caballero tenía que llevar la justicia en todo lugar a donde hiciera falta, especialmente para proteger a las viudas, huérfanos, desvalidos y a los pobres.

Respecto a sus funciones militares, los caballeros debían entrenarse en el noble arte de montar a caballo y cazar animales de acuerdo a su estamento social (jabalíes, ciervos, leones); también debía practicar sus habilidades marciales en las justas y torneos, pues ello les ayudaba a mantenerse en forma al practicar la lucha en formación cerrada y de manera individual. Sin duda, un caballero que no pudiera luchar en batalla era poco apreciado en la sociedad, por lo que en algunos casos tenían que ganarse su rango en combate. Por ejemplo, en 1346, durante el desembarco inglés en Francia, lo primero que hizo el rey Eduardo III fue nombrar a su hijo como caballero y, un mes después, cuando se libró la batalla de Crécy y salió triunfante el príncipe, Eduardo lo felicitó porque realmente había probado su valía como guerrero.

Pudiera parecer que la Edad Media era un tiempo violento, lleno de luchas constantes entre los distintos reinos europeos. Si bien la guerra era la principal función de la caballería, ello no implicaba que los integrantes de este orden pudieran disponer de la violencia en todo momento. Ya hemos tenido oportunidad de observar en la entrega anterior, cómo la Iglesia influyó mucho en el deber ser del caballero, pues veía a estos hombres como los defensores de la Europa cristiana en contra de los paganos y el Islam. Así pues, la Iglesia intentó crear la imagen del caballero piadoso, que nunca debería luchar sin razón ni derramaría sangre en vano (especialmente de sus semejantes cristianos); además, siempre defendería a los clérigos y a los bienes de la Iglesia; combatiría en favor del cristianismo y llevaría la religión a quienes no la conocieran. Los clérigos combatirían contra el mal a través de la palabra de Dios, los caballeros, por otro lado, lo harían con la espada y la lanza.

¿Cómo ser un caballero?

Hemos visto las funciones del caballero según la sociedad y la propia Iglesia, pero nos queda la pregunta: ¿Cómo se entra a esta orden? Ya lo hemos dicho: no cualquiera tiene acceso, sólo los hijos de la nobleza guerrera. Entre los 10 y 12 años, los aspirantes son puestos al servicio de un caballero (generalmente es el tío o un señor feudal) quien se encargará de enseñarles a montar a caballo, a alimentar las bestias, limpiar las armas y armaduras; el escudero debe primero conocer, sufrir y entender la vida del mozo antes de tener acceso a la noble orden de caballería. Ellos también acompañan a su señor en sus aventuras por tierras lejanas, le asisten en los combates, torneos y justas, con lo cual el aprendiz realmente aprende cuál es el oficio de las armas.

En cuanto el caballero al que presta el servicio considera que el joven escudero ha adquirido los conocimientos suficientes sobre la noble orden de caballería, es devuelto a su hogar, donde es recibido con gran júbilo y preparado para la ceremonia de iniciación. De nuevo, no existe un ritual único que se haya generalizado en toda Europa y durante toda la Edad Media, por lo que los pasos a seguir para armarse caballero pueden variar. Ramon de Llull sugiere que el escudero debe esperar a que acontezca alguna fiesta importante, en la cual se reúna la mayor cantidad de nobles caballeros para que presencien su iniciación. Por supuesto, el futuro caballero debe confesar sus pecados y hacer penitencia, así como pasar toda la noche velando sus armas y encomendándose a Dios. Al día siguiente, el aún escudero debe oír misa y jurar cumplir los mandamientos cristianos y todos los sermones que le procure el padre. A continuación, se presentará el caballero que haya decidido armarlo como caballero y desenvainará su espada, con la cual golpeará los hombros del joven (depende del rito, el “espaldarazo” puede variar en la fuerza con que se propina al iniciado) para que recuerde sus juramentos. Al final, se le ordena al otrora escudero que se levante, pues un nuevo caballero ha nacido.

El caballero ha sobrevivido en el imaginario de los hombres y mujeres de la época contemporánea. Aunque ahora la “caballerocidad” se entiende por buenos modales, no hay que olvidar que en el pasado el Ser caballero se relacionaba con la riqueza, la fama y la gloria; pero también con las aventuras, las leyendas y las grandes proezas. Pero más que nada, el caballero tenía una función social en el mundo medieval: el protector, no sólo del equilibrio social, sino también de los débiles y desamparados, así como de los hombres y mujeres que reclamaban justicia o se hallaban desamparados y sin esperanza. ¿Por qué no bajarlo del ideal y llevarlo a la práctica? En una sociedad tan dividida, individualista y violenta como la de hoy día, hacen falta más caballeros que quieran protegernos de los demonios.

“The Accolade” de Edmund Leighton, 1901

“The Accolade” de Edmund Leighton, 1901

José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

Comentarios