A 37 años de Las batallas en el desierto, “el amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio”.


Las batallas en el desierto cumple 37 años desde que fue publicado por primera vez en el suplemento “Sábado” del periódico Unomásuno, aquel 7 de junio de 1980. Así pues, aprovecho este aniversario para hablar de la obra que inauguró mi biblioteca personal cuando sólo tenía diez años de edad. Sé que muchos habrán leído esta obra en la infancia o en la adolescencia. Por ello, en esta ocasión quisiera señalar, mediante mi experiencia, uno de los aspectos destacados de este libro: la doble lectura.

Otro infante enamorado

Cuando tenía diez años, Las batallas en el desierto era un libro que me presentaba un mundo que no conocía. Las referencias a programas de televisión, libros, películas o a la situación política de México me eran desconocidas:

Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél? Ya había supermercados pero no televisión, radio tan sólo: Las aventuras de Carlos Lacroix. Tarzán, El llanero Solitario, La Legión de los Madrugadores […]. Circulaban los primeros coches producidos después de la guerra […]. Fue el año de la poliomielitis: escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos; de la fiebre aftosa: en todo el país fusilaban por decenas de miles reses enfermas; de las inundaciones: el centro de la ciudad se convertía otra vez en laguna, la gente iba por las calles en lanchas. […] La cara del Señor presidente en dondequiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre. (Pacheco, 1999, págs. 9-10).

A pesar de no saber mucho de ese México, fui encontrando cada vez más y más vínculos con el libro mediante Carlos, pues yo también me había enamorado de una persona mayor; entonces, la incertidumbre y los pensamientos del niño, representaban los míos. También me frustraba que la gente encontrara algo malo en que un infante amara a una persona, no comprendía por qué algo tan simple y sencillo como un sentimiento provocara tanto susto a los mayores. No obstante, a diferencia de Carlitos, yo guardé silencio y no hice otra cosa más que convencerme de que mi cariño no era más que una emoción por algo nuevo. No tuve el valor de Carlos. Tal vez pude hablar de mi amor a no ser porque, al recorrer las líneas de mi libro, descubrí que a Carlitos le fue como en feria y yo no quería eso para mí, le temí al loquero y a los regaños de mis padres. En ese sentido, de alguna manera, José Emilio Pacheco fue mi primer consejero amoroso.

Utopía y desencanto

Las batallas en el desierto no sólo habla de un amor imposible ya que también trata sobre ese tiempo que ya casi nadie recuerda, cuando la gente todavía tenía esperanza, cuando aún se creía en el porvenir. En la obra, el sexenio en el que acontecen los hechos narrados es el de Miguel Alemán (de 1946 a 1952). Éste apoyó inversiones extranjeras que fomentaron la industrialización y el incremento de empleos. Durante su mandato la clase alta ganó más riquezas, mientras la población de la clase baja se incrementó al mismo tiempo que disminuyó su calidad de vida.

Los tiempos de Alemán prometían que México llegaría a 1980 de esta manera:

Para el impensable 1980 se auguraba ―sin especificar cómo íbamos a lograrlo― un porvenir de plenitud y bienestar universales. Ciudades limpias, sin injusticia, sin pobres, sin violencia, sin congestiones, sin basura. Para cada familia una casa ultramoderna y aerodinámica (palabras de la época). A nadie le faltaría nada. Las máquinas harían todo el trabajo. Calles repletas de árboles y fuentes, cruzadas por vehículos sin humo ni estruendo ni posibilidad de colisiones. El paraíso en la tierra. La utopía al fin conquistada. (Pacheco, 1999, pág. 11).

Sin embargo, 1958 fue el año de los levantamientos obreros que pedían mejores oportunidades; 1968 el de la matanza estudiantil perpetrada por Díaz Ordaz sin olvidar los períodos de devaluación del peso. Así, México fue perdiendo la fe en sus gobernantes. La utopía se convirtió en desencanto.

La vida

José Emilio Pacheco expone las diferentes formas de vida en México mediante los recuerdos de Carlos. Detrás del enamoramiento del niño, el autor nos muestra la política y las reglas morales de ese tiempo. Así pues, doble lectura no implica leer dos veces, sino encontrar el trasfondo de una historia, en este caso el retrato de la industrialización.

El narrador de la obra expone la manera en que su familia fue perdiendo sus privilegios debido a la entrada de empresas   extranjeras:

Mi padre no salía de su fábrica de jabones que se ahogaba ante la competencia y la publicidad de las marcas norteamericanas. Anunciaban por radio los nuevos detergentes: Ace, Fab, Vel, y sentenciaban: El jabón pasó a la historia. Aquella espuma que para todos (aún ignorantes de sus daños) significaba limpieza, comodidad, bienestar y, para las mujeres, liberación de horas sin término ante el lavadero, para nosotros representaba la cresta de la ola que se llevaba nuestros privilegios. (Pacheco, 1999, pág. 23).

Junto con los nuevos productos vinieron nuevas costumbres. Dice Carlos: “La cocacola sepultaba las aguas frescas de Jamaica, chía, limón. Únicamente los pobres seguían  tomando tepache. Nuestros padres se habituaban al jaibol que en principio les supo a medicina” (Pacheco, 1999, pág. 12).

Los compañeros de escuela de Carlos son el medio por el cual el autor expone el devenir de las familias mexicanas, pues por una parte Rosales, niño brillante y pobre, abusado por el esposo de su madre, es obligado a dejar la escuela y a trabajar en las calles, mientras Harry Atherton es un niño rico al que le hacen hablar español para aprender a relacionarse con los que serían sus futuros empleados:

“A Harry no lo habían puesto en el [colegio] Americano sino en el México para que conociera un medio totalmente de lengua española y desde temprano se familiarizara con quienes iban a ser sus ayudantes, sus prestanombres, sus eternos aprendices, sus criados” (Pacheco, 1999, pág. 25).

Repensar el mundo antiguo

Estamos en el 2017 y desde que Federico Gamboa escribió Santa, México ya era el país de la doble moral por excelencia, la obra de Pacheco lo remarca. Por ejemplo, la descripción que Carlos hace de su hermano:

“Héctor, quién lo viera ahora. El cincuentón enjuto, calvo, solemne y elegante en que se ha convertido mi hermano[…] Pero en aquella época: sirvientas que huían poque ‘el joven’ trataba de violarlas (guiado por la divisa de su pandilla: “Carne de gata, buena y barata”…” (Pacheco, 1999, pág.51)

Por otra parte, nuestro presente lo confirma esta doble moral todos los días al ver las bajezas de nuestros gobernantes. Gracias a esto el país se ha hundido en el desencanto, se ha resignado: no ha cumplido la utopía. Nuestras ciudades son sucias, padecemos crímenes sin castigo todos los días, la contingencia ambiental nos asfixia, hay basura, pobreza, sobrepoblación, miseria, tristeza. Estamos llenos de edificios, plazas comerciales, fábricas, marcas que sólo sirven para resaltar la distinción de clases sociales e impulsar la discriminación, sin saber que

…en México todos éramos indios aun sin saberlo ni quererlo, y si los indios no fueran al mismo tiempo lo pobres nadie usaría esa palabra a modo de insulto. Me referí a Rosales como “pelado”. Mi padre señaló que nadie tiene la culpa de estar en la miseria, y antes de juzgar mal a alguien debía pensar si tuvo las mismas oportunidades que yo. (Pacheco, 1999, pág. 24).

Las batallas en el desierto es una obra de doble lectura: en ella confluyen la anécdota amorosa y la realidad histórica de un México cuyas costumbres nos resultan lejanas. La situación de Carlos revela que “el amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio” (Pacheco, 1999, pág. 56). He releído este libro tantas veces y, sin embargo, no deja de sorprenderme lo poco que ha cambiado nuestra sociedad. Tal vez valdría la pena pensar si ese mundo antiguo nos es realmente ajeno. Las modas, los usos y costumbres ya son diferentes; no obstante, la impunidad, la corrupción y la desigualdad siguen vivos. Carlos tiene razón, “No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia. Todo pasó como pasan los discos de la sinfonola” (Pacheco, 1999, pág. 68).  Carlos recuerda, se aferra a no olvidar pues hacerlo sería borrar por completo el rastro de Mariana., nuestra sociedad se empeña en olvidar. No obstante, mirar hacia el pasado nos ayudará a crecer como sociedad. Siempre hay que recordar los viejos errores para poder enmendarlos, para crecer.

Muchos dirán que la literatura no tiene utilidad en la vida diaria pero no es así. Cada que cerramos el libro somos otros, al releer comprendemos cosas nuevas, cuando pensamos un poco, comprendemos mejor el mundo. Posiblemente en México muchas cosas no sirvan; sin embargo, tenemos aún la luz brillante de los escritores que nos han regalado sus obras para ayudarnos a vivir en este país. Hace 37 años, Las batallas en el desierto nos era presentado por primera vez y desde ese entonces no ha dejado de maravillarnos y enseñarnos. Sólo puedo agregar una última cosa: no dejemos de leer a José Emilio Pacheco.

 

Imágenes tomadas de @JEP.textosaladeriva

 

Abi L. Cortés

Nació en la Ciudad de México, estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente estudia la obra de Juan Rulfo y colabora en el Seminario de Escritura Autobiográfica de la UNAM. medium: @abibuendia Twitter: @lyla_ae

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