San Jorge y el Dragón, Paolo Unccello, ca. de 1456.

El mundo de la caballería medieval I: la literatura.


La literatura: creación y reproducción del mundo

Ricardo Corazón de León (1157-1199), uno de los reyes medievales más famosos de Inglaterra, no pasó a la historia por demostrar dotes de estadista o por ser un sabio regente de su pueblo. En realidad, se encontraba más preocupado por buscar fama y riquezas en los hechos de armas, hacerle la guerra a los franceses y sitiar los castillos. Ricardo I no era nada parecido a lo que sus contemporáneos creían que debería ser un buen monarca (Flori, 2003, p.26). A diferencia del rey que gobernaba, Ricardo prefería ejecutar él mismo sus disposiciones; más que un jefe del ejército, no dudaba en luchar al frente de batalla junto a sus soldados. Ricardo Corazón de León actuaba más como los caballeros de las historias que se leían en la corte de Aquitania, que como señor del imperio angevino.

En el periodo en que Ricardo vivió, los valores y actitudes de la caballería se generalizaron gracias a la literatura cortesana. De cierta forma, los jóvenes nobles fueron atrapados por las historias de caballeros andantes que luchaban en tierras lejanas, donde adquirían fama en las justas y los torneos, ganándose la admiración y el amor de las mujeres del reino. También gustaron de aquellas historias en las que los caballeros marchaban a la cruzada y derrotaban en batalla a los terribles ejércitos comandados por reyes infames, adquiriendo riqueza y prestigio en cada una de sus victorias. Un mundo que se leía demasiado romántico, pero que logró convencer a los llamados “segundones” de las familias nobles, de que había una alternativa a la falta de riqueza que estaban destinados a padecer si se quedaban en su tierra.

No es de extrañar que la producción literaria se volviera una especie de círculo creador, en el que los literatos establecían y reproducían los modelos caballerescos, al mismo tiempo que la nobleza cortesana, ávida de estas historias, financiaba y consumía aquella literatura. En este sentido, la literatura ayudó a generalizar, crear y repetir la forma en que se veían y querían ser vistos los caballeros. El ciclo artúrico, por ejemplo, creo los modelos del caballero guerrero al que aspiraba la nobleza y ayudó a difundir la imagen del caballero perfecto según como lo entendía la Iglesia. Y por supuesto, el amor cortés ideó una nueva relación entre el hombre y la mujer en la corte: contrario al mundo cínico y brutal del hombre medieval, surge un mundo sublime en su apreciación hacia la belleza, las buenas formas de comportamiento y del amor sensibilizado.

Dos caballeros en una justa mientras son contemplados por un grupo de mujeres.

Dos caballeros en una justa mientras son contemplados por un grupo de mujeres.

 

San Jorge y el Dragón, arquetipo del caballero y la princesa

¿Quién no ha leído o escuchado la historia de San Jorge? Según nos la cuenta el autor de la Leyenda Aurea, San Jorge fue un tribuno oriundo de Capadocia, que durante uno de sus viajes terminó en Silca, en la provincia Libia. Ahí se decía que un dragón infectaba el lago que suministraba agua al reino, por lo que obligaba a los pobladores a que le ofrecieran un tributo de ovejas todos los días, pues de lo contrario causaría muchos y terribles males a los pobladores. Cuando las ovejas estaban a punto de terminarse, los pobladores decidieron sustituir los animales por jóvenes elegidas al azar; desafortunadamente, una de las víctimas resultó ser la hija del rey, quien devastada por su trágico destino, marchó en lágrimas a entregarse a la bestia. Cuando la princesa estuvo a punto de llegar al lago, casualmente se encontró con San Jorge, quien se apiadó de la joven y de inmediato se puso en marcha; mató al dragón y triunfal regresó al pueblo junto a la princesa. Así, San Jorge logró que todos los pobladores adoptaran el cristianismo y se bautizaran.

Por supuesto que la Leyenda Aurea, al ser una obra sobre la vida de los santos, tenía el objetivo de servir como una guía espiritual para los lectores; pero la historia de San Jorge trascendió más allá del terreno sacro y evolucionó hacia la historia que todos hemos escuchado: un malvado Dragón secuestra a una princesa y un caballero debe salir a su rescate.

La historia de San Jorge y el Dragón se popularizó en Europa durante el siglo XIII (Martín Lalanda, 2009, p.133) en el periodo conocido como Plena Edad Media (s. XI-XIII), momento en que podemos observar la consolidación definitiva de las instituciones medievales y, en especial, de los valores caballerescos que se repetían a través de la literatura y la práctica de la guerra. Es el momento en que podríamos afirmar que se vivió más intensamente la Edad Media. No es extraño, entonces, que San Jorge fuera representado como un caballero ataviado con armadura y con lanza, del mismo modo en que vestía un caballero de la alta nobleza.

 

San Jorge y el Dragón, Paolo Unccello, ca. de 1456.

San Jorge y el Dragón, Paolo Unccello, ca. de 1456.

 

El ciclo artúrico y su influencia en la caballería

Pero San Jorge no fue la única fuente literaria de inspiración para los caballeros medievales. El ciclo artúrico ayudó a crear un ideal del deber ser del caballero a partir de los personajes de la mesa redonda. Arturo se representaba como un rey sabio que regía con su buen juicio sobre los felices pobladores de Camelot, arquetipo del reino perfecto. Junto a él marchaban sus caballeros, representantes del gobierno feudal que se desarrolló en el siglo XI, y quienes le habían rendido vasallaje y lealtad ante cualquier peligro. A pesar de ello, todos eran iguales entre sí cuando se sentaban en la tabla redonda y ninguno estaba sobre el otro en la búsqueda del Santo Grial. Aun así, de entre ellos Lanzarote del río destacaba por su gallardía y habilidad en el combate, pero en el contexto del amor cortés, pecó al enamorarse de Ginebra, la esposa de su rey. Por esta razón nunca pudo encontrar el Grial e incluso sufrió de humillación cuando se vio obligado a disfrazarse de mendigo y andar sobre una carreta, como cualquier paisano. Sin embargo, ello no evitó que fuera la fuente de inspiración para un sinfín de caballeros amantes de las aventuras, de los combates y, por supuesto, de enamorar a las doncellas. En este sentido, Lanzarote simbolizaba al caballero-guerrero del siglo XII y XIII.

Percival, quien no destacaba por ser el mejor combatiente, pero sí el más piadoso (no mata, sólo desarma a su oponente), representaba el ideal que tenía la Iglesia cristiana respecto a los caballeros. Para la Iglesia, el caballero debía ser devoto de la religión y guardarse de combatir en los días santos, como el domingo y las fiestas religiosas. Tampoco debía derramar la sangre de sus enemigos, tan sólo desarmarlos. La gloria y la fama no se encontraban en las banalidades terrenales; el caballero debería atenerse a las funciones de su orden: defender a la iglesia y a la población civil. Es por ello que Percival fue uno de los pocos caballeros de la mesa redonda que pudo alcanzar el Santo Grial.

Las gestas y la trova, dos ideales en conflicto

Los cantares de gesta que narraban la vida de los grandes guerreros también ayudaron a construir una imagen de cómo tenía que comportarse un caballero. En ellos se exaltaban los valores del honor, la belicosidad, la sumisión al rey (más que a la Iglesia) y a la defensa de la tierra, aspectos que deberían portar los caballeros en el mundo real. Roldán luchó valientemente contra los musulmanes en Roncesvalles y, aunque superado en número, su honor fue más importante y decidió no retirarse ni pedir ayuda. Algunos caballeros lucharon por su rey contra los sarracenos (Guillermo en Le Coouronnement), mientras que otros murieron como mártires en la defensa del reino (Vivien en La Chanson de Guillaume) o partieron como vasallos del rey en la conquista de nuevas tierras (Guillermo en Le Charroi de Nines) (Flori, 2001, p.239). Pero en todos estos cantares se ennoblece el papel agresivo que debe guardar el caballero en la sociedad.

Caballeros luchando en la batalla de Roncesvalles.

Caballeros luchando en la batalla de Roncesvalles.

Los trovadores, por otro lado, crearon una cultura en torno al amor distinta a la forma en que se concebía hasta ese entonces. El amor cortés que se reproducía en los cuentos y baladas, mostraba una relación sublime entre el caballero y las mujeres de la alta nobleza, después de todo, esta clase de amor estaba restringido a la aristocracia medieval (Verdon, 2008, p.88). A diferencia de lo que se mostraba en los cantares de gesta, el amor cortés alababa la “cortesía”, los buenos versos y los buenos modos que se intercambiaban los hombres y mujeres durante el cortejo. Al mismo tiempo que era alegre, también se sufría por amor: el caballero debía estar siempre al pendiente de su dama a tal grado de la sumisión, complacerla en lo que le pidiera y mostrarle que sus intenciones son las mejores, rechazando el acto carnal como prueba de su amor. En este caso, el caballero se volvía pasivo, pues no podía someter a la dama sin su consentimiento previo.

 

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José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

Referencias

  1. Flori, Jean, Caballeros y caballería en la Edad Media, trad. Godofredo González, Barcelona, Paidos, 2001, 270 p.
  2. Flori, Jean, Ricardo Corazón de León, el rey cruzado, trad. Mari Carmen Llerena, Barcelona, Edhasa, 2003, 586 p., ils., mapas.
  3. Martín Lalanda (ed.), Javier, La orden de caballería & Libro de la orden de caballería, Madrid, Ediciones Siruela, 2009, 155 p. ils.
  4. Verdon, Jean, El amor en la Edad Media, la carne, el sexo u el sentimiento, trad. Marta Pino Moreno, Barcelona, Paidos, 2008, 268 p.

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