La Historia, el Estado-nación y el proyecto político del porfiriato. Algunas aproximaciones


En la Europa del siglo XIX comenzó la construcción política y social de los Estados modernos y sus nacionalismos, los países plantearon sus identidades bajo una tendencia ideológica regida a través de la historia. Por un lado, los discursos históricos se preocuparon por encontrar el origen nacional en los pueblos del mundo antiguo, y por otro, la recuperación del pasado más cercano, por ejemplo las revoluciones del siglo XVIII. Según Eric Hobsbawm, esta composición historiográfica se hace de manera “ficticia” o “inventada”, es decir, se inventa la tradición por la cual se personaliza la nación1. Como influencia y agente de la conciencia histórica y definición política del Estado-nación, este proceso de re-significación del pasado fue de Europa a América, en el caso mexicano, la invención de su tradición tiene como base la historia indígena. 

En este proceso de construcción nacionalista, la figura del Estado-nación tiene un papel fundamental como el ente o sujeto de la historia. Es decir, en el desarrollo historiográfico de cada país fueron modificados los momentos en que la nación hace su aparición y cómo se construye en el tiempo. Contamos entonces que la idea y función del pasado cambió, la explicación histórica tenía por objetivo homologar cultural y políticamente la colectividad, pues para el Estado moderno, la sociedad se trata de “un conglomerado de individuos que se asumen iguales”2.

Estudiosos de los procesos de construcción del Estado-nación, como Benedict Anderson, han definido que el nacionalismo puede entenderse como una “comunidad política” o “imaginada”, porque cuando se definió el Estado las “comunidades políticas” fueron inventadas en la historiografía y algunas prácticas culturales, en contraste con la “comunidad histórica” o “étnica”, vinculadas dominantemente a la tradición y particularidades culturales como la lengua y las estructuras sociales. 3

La composición historiográfica e ideológica del Estado-nación del México moderno con las características anteriormente descritas, la identificamos con claridad desde el segundo período de Porfirio Díaz como presidente de México y su proyecto político en 1884. Su objetivo era consagrar la modernidad, el orden y el progreso del país; asimismo, legitimar la figura del gobernante como autoridad central y, lo más importante, integrar y unificar el país en una única idea de nación que comprendiera los diferentes ámbitos de la vida social. Díaz “se valió para ello de diferentes expedientes en lo político y administrativo, en lo económico, en lo educativo y en lo cultural”4; en suma, la cuestión histórica del país y los diversos sectores que comprendía su población, con especial atención a la parte indígena.

El presidente Porfirio Díaz junto a La Piedra del Sol

La historiografía mexicana de la segunda mitad del siglo XIX se caracterizó por ser el período de profesionalización de la historia como parte de la formación del Estado, consecuencia de una restructuración del modo de escribir y trabajar la disciplina, fenómeno que fue desplazado por los conflictos políticos de la época, desencadenado por las diferencias entre los partidos conservador y liberal, separados ideológicamente, pero empatados en un mismo objetivo: modernizar y hacer progresar al país.

Después del triunfo de los liberales en 1867, comienza la trasformación historiográfica de México y el proyecto de su nacionalismo. La historiografía alrededor del problema por la definición e identidad nacional es abundante, cuestión que se caracteriza por la búsqueda histórica de unidad cultural, étnica y política de los individuos que han de formar la nación, teniendo como fin una ruptura con el pasado agrario, relacionado simbólicamente con el indígena; para dar paso al progreso, industrialización y “la aceleración del cambio social y político”, características que son más claras en el período porfiriano.5

La posición ideológica del régimen porfirista se basó en la construcción de un nacionalismo a través de los relatos históricos, la apropiación del pasado, el reordenamiento de símbolos y la institucionalización de prácticas como ejes fundamentales para conformar o  inventar la tradición.

Para formular la identidad nacional, funcionarios políticos que también eran intelectuales, como Justo Sierra y Guillermo Prieto, trataron de construir una idea de nación con base en una serie de preceptos dogmaticos a través de relatos sobre la historia del país, personajes arquetípicos y momentos medulares. Contaban para esto con los recursos y apoyo del Estado para así lograr la difusión de dichas ideas, en ese sentido la historia tenía una función pedagógica, como dice François Xavier Guerra, “la transmisión de esos conceptos se hace no sólo por medio de la enseñanza cívica propiamente dicha, sino también y sobre todo por medio de la historia; […] reestructurar el pasado en función del fin buscado”. 6

La importancia de la labor histórica del período fue tal que la disciplina tuvo un repunte, incluso hay quienes consideran la etapa como “un renacimiento de la ciencia histórica del país”.7

De tal manera que la historia se concibió como una especie de mito de la nación, el cual fija y ordena su devenir en periodos nítidos que son la narración de su suerte y desgracia, alinea un perfil constituido ideológicamente que involucra héroes, villanos, santos, acontecimientos divinos, enemigos y horrores.

El relato histórico ofrece afinar y exaltar los valores nacionales, la imposición de actividades cívicas y efemérides, con las cuales los ideólogos del porfiriato como Justo Sierra, “buscan inculcar determinados valores o normas de comportamiento por medio de su repetición, lo cual implica automáticamente continuidad con el pasado”.8

Justo Sierra y su labor educativa para las edades tempranas

A favor de construir esta intelección del pasado con el presente, la educación y la historia se encontraban relacionadas íntimamente para fundamentar o solventar el proyecto político, los textos educativos planteaban los hechos históricos de forma que entregaban lecciones cívicas y constituían una historia patriótica, el ejemplo más claro de lo anterior son los textos de Justo Sierra, titulados: Elementos de historia patria y Catecismo de historia patria.9 Estos fueron elaborados para constituir el amor a la patria desde las edades tempranas y, por otro lado, inculcar en la población nacional una idea mucho más profunda, que era lograr una conciliación o unificación del pasado indígena y colonial, considerados los núcleos principales de la nación y en constante conflicto y discrepancias.

La historia de la nación como la relación del pasado con el presente, se escribió para responder a la idea de que ésta existe desde los tiempos prehispánicos, donde diferentes procesos y personajes la configuraron hasta llegar a los periodos más cercanos, que también tienen relevancia dentro de la exaltación del pasado, los cuales son el período colonial,  la independencia, la pugna entre conservadores y liberales, y sobre todo la imposición de estos últimos.

La partición política y social que habían dejado la división de indios y españoles desde la Colonia, y los conflictos de todo el siglo XIX, requirió para su solución que las nuevas interpretaciones historiográficas se enfocaran en aglutinar a la sociedad en una única conciencia histórica que funcionara políticamente y consagrara la nación; fue necesario entonces una obra histórica que presentara los procesos y personajes de la nación a lo largo del tiempo; con ese ideal, fue planeada una interpretación general de México y su historia: México a través de los siglos. Una de las obras más representativas del período a cargo de Vicente Riva Palacio, el primer tomo que trata su historia antigua se presentó en el mismo 1884.10

A manera de cierre consideramos que es fundamental cuestionarnos acerca de las visiones sobre la historia que fueron hechas en el pasado, pues este análisis es uno de los medios por los cuales nos acercamos a comprender las sociedades anteriores a la nuestra. Y así producir una reflexión sobre cómo fueron construyéndose los discursos que dieron explicación a un pasado del que todavía somos parte y que sigue transformándose, al cual aun le debemos el trabajo de retomarlo con crítica y conciencia histórica.

Omar Tapia Aguilar

Omar Tapia Aguilar (Estado de México). Historiador por la FES Acatlán-UNAM. Especializado en estudios mesoamericanos, sus líneas de investigación son la historiografía sobre Mesoamérica (autores, contextos e interpretaciones) y el fenómeno conocido como las fiestas de las veintenas.

Referencias

  1.  Eric Hobsbawm, “Introducción: La invención de la tradición” en Eric Hobsbawm y Terence Ranger (Eds.), La invención de la tradición, Barcelona, Crítica, 1983, p. 7.
  2. Enrique Florescano, Memoria Mexicana, México, FCE, 3ª Ed., 2002, p. 542.
  3. Federico Navarrete, “1847-1949: el siglo que cambió la historia indígena mexicana” en Miradas sobre la nación liberal: 1848-1948. Proyectos, debates y desafíos, Libro 1, Josefina  Mac Gregor (Coord.), México, UNAM, 2010, p. 122. Dichas observaciones Navarrete las plantea desde la propuesta de Anderson en su obra Comunidades imaginadas, reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo.
  4.  Fausto Ramírez, “Vertientes nacionalistas en el modernismo” en El nacionalismo y el arte mexicano, México, UNAM, 1986, p. 127.
  5. Natividad Gutiérrez Chong, Mitos nacionalista e identidades étnicas: los intelectuales indígenas y el Estado mexicano, México, UNAM, 2ª Ed., 2012, p. 17.
  6. François Xavier Guerra, México del Antiguo Régimen a la Revolución, Tomo I, México, FCE, 1988, p. 429, 430.
  7. José C. Valadés, El Porfirismo. Historia de un régimen, Tomo I, México, UNAM, 2ª Ed., 1987, p. 413.
  8. Hobsbawm, op. cit., p. 8.
  9. Mílada Bazant, Historia de la educación durante el porfiriato, México, COLMEX, 1993, p. 66.
  10. La obra ha sido objeto de análisis desde el mismo siglo XIX, en esta entrega no podemos profundizar en ella, sin embargo proporcionamos la referencia de uno de sus principales estudios. José Ortiz Monasterio, México eternamente. Vicente Riva Palacio ante la escritura de la historia, México, FCE- Instituto de investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2004.

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