Las minorías antidemocráticas. Un ensayo sobre nuestra pérdida de la Libertad de “ir en contra”.


Aunque usted no lo crea: Occidente

Occidente, a pesar de los muchos matices y rencillas que podríamos achacarle, históricamente siempre ha defendido dos ideas que hoy en día definen nuestro mundo contemporáneo: la democracia y las libertades individuales. Aunque claro, no podemos afirmar que en todos los periodos históricos y en todas las áreas de influencia occidental se hayan respetado estos valores sin contratiempos, pero al menos podemos asegurar que a diferencia de muchas otras culturas, ha sido Occidente quien de mejor manera ha logrado consolidar estos valores y alcanzarlos de forma mucho más generalizada.

Hoy día, pareciera que la democracia ha alcanzado su máxima expresión en la sociedad, a tal grado de posicionarse como la mejor forma en que se pueden gobernar los hombres y mujeres modernos ―si bien no la mejor, quizá sí la menos “peor”, en palabras de Churchill―. En este sentido, los movimientos sociales del siglo XX ayudaron a extender la idea de la democracia a su máxima expresión: gobierno del pueblo, de la ciudadanía, de los hombres y mujeres, independientemente de su color, educación, origen, riqueza y preferencia sexual.

De igual forma, el mundo del siglo XXI puede jactarse sobre las muchas libertades que posee, muy a pesar de que la mayoría de los individuos no se den cuenta de todo el proceso que significó alcanzar esas libertades. Aspectos tan banales como elegir qué ropa usar, qué comida comer y en qué gastar el dinero, hoy nos parecen tan inmediatos que los reconocemos como un derecho perpetuo, sin darnos cuenta de que nuestros antepasados murieron por ideas que se entendían como privilegiadas o reservadas sólo para algunos pocos: la libertad de pensar, de elegir con quién pasar una vida, o sencillamente por la “libertad” misma de los Hombres.

Aunque usted no lo crea, las ideas de democracia y libertad se gestaron y se defendieron desde el mundo occidental. No es de extrañar que los movimientos sociales más importantes del nuevo milenio tengan su origen o fueran apoyados por Occidente. Así pues, no debemos perder de vista estos dos valores: democracia y libertad, pues los retomaremos a lo largo de este escrito.

Incertidumbre e individualismo.

Vivimos tiempos inciertos. No sólo porque el sistema económico moderno no ha hecho más que crear toda una generación de individuos cuyo futuro es incierto económicamente, sino también por la propia fragmentación del significado de las cosas del mundo posmoderno, donde las palabras se cargan de tantas connotaciones y se utilizan como armas de legitimidad moral. En efecto, la incertidumbre es el pan de cada día y no parece que ello vaya a cambiar en el futuro inmediato. Sin embargo, en medio de esta vorágine de inseguridad social, atestiguamos lo que parece ser el triunfo de los valores Occidentales: podemos elegir casi cualquier cosa de nuestro entorno ―en la medida de nuestras posibilidades― y hemos llevado el individualismo a tal extremo que incluso Adam Smith se sonrojaría al echar un vistazo a nuestra sociedad. En un mundo incierto, el individuo, al encasillarse en la experiencia del YO, consigue un poco de seguridad en medio del caos.

En este nuevo milenio nos encontramos ante una paradoja: socialmente estamos atados a la incertidumbre, pero individualmente creemos que hemos alcanzado la máxima capacidad de elección. Encontramos en lo individual una barrera contra el caos del mundo externo, y a partir de esa misma experiencia personal, extrapolamos nuestras vivencias y generamos juicios universales de lo que ocurre en el mundo según nuestra experiencia inmediata. Es en este punto cuando surge el problema que nos aqueja hoy en día: en el momento en que las vivencias individuales escapan de nuestro nicho gracias a la globalización de las telecomunicaciones, nos damos cuenta que no estamos solos en nuestro individualismo y atestiguamos la aparición de comunidades que buscan abanderar ciertas ideologías compartidas por minorías surgidas de los movimientos sociales. El peligro no recae en que nosotros tengamos una visión del mundo, sino que esa visión puede llegar a ser compartida por colectivos radicales que buscan extrapolar esa visión del mundo y justificar la violencia que ejercen.

El triunfo de la libertad

Quizá no hemos logrado todos los triunfos sociales que nos gustarían, pero sin duda estamos mejor de lo que estaban nuestros antepasados. Hace casi cien años, las mujeres no podían votar ni ejercer cargos de elección popular. Hasta el siglo pasado, las personas de color eran considerados ciudadanos de segunda en algunas partes del mundo. Hasta hace menos de diez años, los homosexuales eran discriminados por sus preferencias sexuales. ¿Y hoy día? Sin duda, Occidente ha alcanzado triunfos sociales muy importantes. Las mujeres han logrado acceder a los mismos derechos y obligaciones que antes sólo se restringían a los hombres; las personas de color lograron romper los prejuicios y segregaciones derivadas del racismo; las personas ―sin importar sus preferencias― pueden elegir con quién compartir su vida. En el fondo, independientemente de los objetivos específicos de cada movimiento social, el fin último que se ha buscado ha sido la “libertad”, libertad para que las personas sean reconocidas como iguales y que no se les discrimine por aquello que las haga felices.

Una vez alcanzadas tales victorias, ¿qué ocurre con las facciones que se abanderan de los movimientos sociales legítimos para imponer una postura extremista y contraria en gran medida a la libertad individual?

Víctimas que son verdugos

Ser libre implica pensar y actuar como a uno mejor le convenga, al menos hasta que esa libertad se vea restringida por las libertades de las demás personas. Palabras más sabias jamás se pronunciaron: “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Desafortunadamente, de la legítima lucha orquestada por los movimientos sociales, hemos presenciado hoy día el surgimiento de alas radicales que, de cierta forma, buscan imponer una ideología de choque en la que las experiencias individuales de esas comunidades se representen como un común denominador, a tal grado que se extrapolan hacia una realidad concreta, aunque no necesariamente correcta.

Estas minorías pretenden imponer una ideología que puede rayar en la agresividad, la cual más que cerrar filas hacia un consenso común en el cual la mayoría de la población se sienta identificada, intentan apropiarse de las luchas sociales y justificar una postura radical a partir de discursos violentos. ¿Qué quiero decir con esto? Movimientos radicales que se identifican con el feminismo, con los derechos LGBT o con cualquier otra minoría, buscan imponer agendas sociales basadas en experiencias individuales que ellos asimilan como universales, en el que éstas minorías se ponen en el papel de víctimas de un sistema “opresor” y, a través de un discurso de “liberación”, justifican la violencia en contra de las comunidades que no se identifican con su postura. Más aún, en algunos casos incluso rechazan el apoyo de agrupaciones ajenas a sus nichos, con la idea de victimizarse aún más.

El problema surge porque el discurso extremista de estas comunidades suele acompañarse por acciones violentas, con las cuales intentan imponer sus ideologías. De esta forma, cualquier debate se extingue y ocurre lo que muchas veces ya hemos visto: se desacredita la crítica externa con base en argumentos victimisistas y morales, mismos que se explotan hasta el cansancio para desprestigiar las posturas que no comparten el mismo discurso de las minorías con el fin de imponer posturas radicales a las del consenso social. Pero aún hay más, pues estas minorías impiden que se tomen posturas distintas a las que ellas promulgan, recayendo en el mismo discurso de ultraderecha contra el cual se manifiestan desde un principio.

Así pues, las minorías antidemocráticas impiden el libre tránsito de ideas, especialmente cuando éstas chocan con los postulados que defienden. En este sentido, no hablamos de posturas radicales y discriminatorias defendidas por sus detractores; más bien la gente puede o no estar de acuerdo con ciertas ideas o discursos y no por ello se le debe restringir su derecho a manifestarse. Más allá de la homofobia, el sexismo o xenofobia, la lucha está en la idea de libertad misma que tienen las personas para estar en desacuerdo. ¿Acaso las personas que estén en contra de ciertas posturas deben ser calladas, a pesar de que no lo estén haciendo de forma violenta y discriminatoria? La gente tiene derecho a dar su opinión y creer en lo que la haga feliz por más en contra de norma que vaya, mientras ello no le haga daño a terceros. ¿No estamos recuperando los viejos discursos fascistas, en los que las opiniones contrarias eran acalladas, censuradas y cerradas al diálogo?

En mi opinión, las personas pueden elegir a quién amar, los hombres y mujeres pueden elegir si quieren trabajar o cuidar a una familia, incluso deberían poder elegir respaldar o no los movimientos sociales. Lo único que importa es defender esas libertades, y cuando ciertas minorías nos quieren robar nuestro derecho a la libertad de elegir, es momento de pronunciarse y decir “ya basta”. El debate sigue, los medios están abiertos al diálogo.

Firma: “Don Plateado”

 

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