Yo soy la felicidad de este mundo

Yo soy la felicidad de este mundo.


Después de dos años, de haber tenido su corrida festivalera, llega al circuito comercial Yo soy la felicidad de este mundo, el cuarto largometraje del mexicano Julián Hernández (El cielo dividido, 2003). Este es el opus con la ejecución más pulcra y clara en su filmografía, con guion del mismo Julián, tiene un equilibrio estético bien logrado, presentando una historia que va desarrollándose de buena manera. Todo esto hace que en su conjunto la cinta tenga momentos de lucidez, de lo mejor del cine mexicano contemporáneo.

El metraje inicia mostrándonos al afamado director de nombre Emiliano (Hugo Catalán) filmando un documental de danza. Durante el rodaje se encuentra con Octavio (Alan Ramírez), un bailarín con problemas físicos, que a partir ese momento quedará sumamente enamorado de la figura del director; no así Emiliano, quien refugiado en las pastillas y en los encuentros ocasionales con prostitutos, se aleja de sí mismo y de Octavio.

Posteriormente vemos un relato, que considero una “cinta” dentro de la propia cinta; mejor aún, este es un momento de lucidez excepcional en el cine de Hernández, del cual hablaré más adelante. En la forma vemos una historia que se desarrolla a través de encuentros entre homosexuales/lesbianas/heterosexuales, (vaya, etiquetar a la cinta en un trabajo de género y preferencias me parecería absurdo); tales encuentros físicos son los hilos conductores del tema de fondo: la imposibilidad de amar y la soledad, tópicos que se ven reflejados en un primer momento en la figura de Octavio y posteriormente en Emiliano.

La cinta muestra aciertos sumamente relevantes, porque desde el inicio vemos una cámara que se desplaza con soltura haciendo que el movimiento de la misma se sienta natural. Al mismo tiempo, vemos un desfile de cuerpos bellos y musculosos que retratan con mucho respeto a la “minoría” homosexual ―aunque, personalmente, cuando hablo de sentimientos y/o deseos, lo hago de manera  universal, refiriéndome a todo el ser; la preferencia sexual es lo de menos―.

Sin duda, el filme de Hernández es un ejercicio arriesgado, los temas de la institución del matrimonio sirven como eje conductor para el espectador, quien a lo largo de la cinta está expectante ante un relato lleno de affairs, de encuentros sexuales, de cuerpos desnudos y de provocadores declaraciones que ponen a reflexionar sobre nuestras ideas de relación, el amor, y la soledad.

Ahora, revisemos en concreto aquellos treinta minutos de los que hable previamente. En sí, esta parte intermedia es lo mejor, no sólo de la cinta en sí, sino acaso, en toda la filmografía de Hernández. Bien podría ser un cortometraje por sí solo. Este segmento tiene como protagonistas a dos hombres y una mujer de los cuales nunca sabemos sus nombres, anónimos, entre ellos y para nosotros. Este threesome poético es delirante, perverso y bello, en el que Gabino Rodríguez se lleva la cinta por completo con grandiosa gesticulación y grandioso movimiento corporal. Un encuentro ―o encuentros― sexual entre estos tres personajes, que se intercala con un guion recitado en voz en off por los mismos tres, aumentando el poder de las imágenes.

Otro punto a favor es el soundtrack, en donde la canción conductora, que tiene participación en momentos cumbres del filme, es “Dos” de José José; sin embargo, pese a que la cinta cuenta con una selección musical que funciona bien, a ratos suena de una manera incompresible ―me refiero a Los Ángeles Azules, vaya, no encontré un sentido a aquello―. Un gusto o disgusto personal no tiene que influir para nada en la percepción de la totalidad de la película.

En algún momento de la cinta, Jazen, un prostituto encarnado por Emilio Von Sternenlfes, dice a Emiliano que sus amigos: “No entienden el cine de arte, los actores no hablan y la película es larga”, quizá como guiño a su obra, el mismo Hernández podría batallar con eso en el espectador convencional mexicano; sin embargo, en su conjunto la película fluye a paso lento pero seguro, con interpretaciones brillantes de sus actores principales. Es, sin duda, la mejor cinta de Julián Hernández, que no cambia y sigue en la misma tónica sobre el tema “gay”, pero que sin duda hoy demuestra arriesgue y arrojo. Bien por él, por la cinta y por el cine mexicano.

Fernando Teodoro Gabino

Egresado de la Licenciatura en Historia por parte de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán.

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