La Ciudad de México como escenario predilecto del cine mexicano

Ciudad, escenario y caos.


Ciudad, escenario y caos.1

Para el lector no resultará complicado enumerar la cantidad de veces que se ha sentido amenazado por el monstruo llamado Ciudad de México, y para quien no resida en esta localidad, será sencillo colocarse en tal situación sólo imaginando que el tentáculo de una bestia de olores extraños le asfixia en forma de multitudes caminando en sentidos opuestos al suyo, o saberse atormentado por ensordecedores motores y bocinas de furiosos automovilistas. Por momentos la ciudad y sus camaleónicos habitantes acaban con la paciencia hasta del individuo más tolerante.

No obstante, y aunque pueda parecer una auténtica pesadilla, el lector, también podrá evocar momentos felices en este lugar. Y es que de vez en cuando el monstruo baja la guardia y muestra un rostro neutral, no oculta sus defectos, pero tampoco se torna del todo violento; la aparente calma que emana de ella permite apreciar sin severidad tanto su belleza como sus deterioros.

De tal suerte que además de presentarse ante nosotros como un lugar caótico y sobrepoblado, la Ciudad de México, también se ha caracterizado por capturar la atención de algunos cineastas pasando a ser uno de los escenarios predilectos de las historias vistas en pantalla grande, al menos en lo que a producciones nacionales respecta. Y es que el peculiar encanto que la ciudad muestra sólo a unos cuántos a través de amontonadas y diversas construcciones ha sido parte fundamental de distintas piezas fílmicas, haciendo de ella escenario y protagonista más allá de la temporalidad o la temática. Así, la ciudad ha cobijado a personajes únicos y ha dado pie a narraciones que han logrado perdurar en la memoria del espectador en gran medida por los espacios en los que éstas se desarrollan.

Por supuesto tenemos a la metrópoli del cine de oro, que a grandes rasgos podemos decir es representada con un pie en lo tradicional y otro en las novedades de la modernidad; ahí aparece, por ejemplo, la ciudad descorazonada que es testigo de la vida violenta de Los Olvidados (Buñuel, 1950), desde la Plaza Romita, hasta las oxidadas vías de trenes o edificios en proceso de construcción de Nonoalco, así como algunos de los espacios solitarios de la naciente colonia Doctores, cada una de estas ásperas locaciones dan cuenta de lo complejo que es el día a día de los protagonistas de la cinta. La furia desbordada de El Jaibo (Roberto Cobo), parece estar en perfecta comunión con el escenario citadino, aparece ahí, escapando de la correccional, moviéndose entre las calles como si fuese amo de cada espacio que pisa. La parte incómoda de la querida ciudad se plasmaba así en Los Olvidados, y claro, no resulta descabellado encontrar en lo trágico de sus escenas enmarcadas por la lúgubre fachada citadina destellos de belleza.

De igual forma las producciones cinematográficas nos recuerdan la existencia de un rostro citadino menos cruento con los suyos, incluso en el mismo ambiente, mencionemos el filme Los Fernández de Peralvillo (Galindo, 1952) y el retrato de los paseos realizados por Mario (David Silva) en los largos pasillos del moderno Multifamiliar con la intención de vender algún electrodoméstico y cuyo fin sólo significaba volver a su hogar, aquel sitio con calles aún sin pavimentar y escaso alumbrado público, pero rodeado de la “alegría familiar”. Otro ejemplo es el visto en el drama Del brazo y por la calle (Bustillo, 1956) en donde la redención de un amor lacerado por las carencias y la infidelidad se adorna con la vista panorámica de una ciudad dispuesta a crecer a la par de su población.

Demos un salto en el tiempo para dimensionar la relevancia del papel protagónico que la urbe ha tenido en el quehacer fílmico, tanto en interiores como en exteriores, ha permanecido la imagen de una ciudad complicada de habitar y albergue de múltiples problemas socioeconómicos. Tenemos como ejemplos la infinidad de cintas producidas entre 1970 y 1980 que, con tono de tragicomedia y expuestas entre centros de baile y vecindades, han dando gran protagonismo a lugares como Tepito y demás barrios populares, desde películas como Tívoli (Isaac Ahumada, 1974) hasta Lagunilla, mi barrio (Araiza, 1981) pasando por La banda de los Panchitos (Velazco, 1987), la ciudad ha sido,  entre otras cosas, testigo de constantes representaciones de la vida nocturna, marginación y amor nacido en tiempos difíciles. Así, las comunidades de la periferia citadina y los barrios céntricos dedicados al comercio se hicieron presentes con mayor fuerza, en gran medida por la forma en la que sus historias se adaptaron a los cambios propios de la ciudad.

Más cercana a nosotros, temporalmente hablando, encontramos a una Ciudad de México que a pesar de ser difícil de transitar mantiene cada una de sus calles y rincones a disposición de quienes los caminan. Hallamos a personajes que han logrado adaptarse a la perfección a este sendero que es a veces ríspido y peligroso, a tal grado que consiguen memorizar atajos y crear santuarios en medio de las situaciones más turbias.

 

Ya vimos a los jóvenes protagonistas de Te prometo anarquía (Hernández, 2015) encontrar un cómplice en la ciudad, moviéndose con toda comodidad tanto en mercados como en las oscuras y angostas calles para así hacer “negocios” y sobre todo quererse sin sentirse vigilados, las ruedas que les transportan sólo les sirven para confirmar que son dueños cada lugar. Y qué decir de lo que hace la cinta Güeros (Ruizpalacios, 2014) que si bien se encuentra ambientada entre los años 1999-2000, nos permite ver cómo los lugares comunes adquieren significados especiales hasta volverse referencia en sus historias de vida, cada locación en ella nos recuerda que hay infinidad de ciudades dentro de la propia Ciudad.

 

No descartemos que en algún momento de fastidio provocado por la cotidianidad citadina, el espectador/lector pueda encontrar refugio en un recorrido a través de la memoria fílmica y que éste le permita tener presente que hay distintas formas de enfrentarse y hasta llegar a amar al lugar en el que se vive, ya sea por suerte o elección. Incluso si el reto de salir a sus calles por momentos nos llegase a superar, hay posibilidad de tomar a poco el control viviéndola con la mirada.

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Viridiana Ramírez Neria

Viridiana M. Ramírez Neria, habitante del D.F., pasante de licenciatura en Historia por parte de la UNAM. Con gran cariño hacía el cine, la fotografía y las letras indomables. Participaciones en coloquios y menciones honorificas en concursos fotográficos, han sido una parte de su trayectoria.

Referencias

  1. Luis Buñuel, Los Olvidados, 1950.
  2. Alejandro Galindo, Los Fernández de Peralvillo, 1952.
  3. Juan Bustillo Oro, Del brazo y por la calle, 1956.
  4. Isaac Ahumada, Tívoli, 1974.
  5. Raúl Araiza, Lagunilla, mi barrio, 1981.
  6. Arturo Velazco, La banda de los Panchitos, 1987.
  7. Alonso Ruizpalacios, Güeros, 2014.
  8. Julio Hernández Cordón, Te prometo anarquía, 2015.

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