Lo “sublime” en Kant y la obra de Turner.

Lo “sublime” en Kant y la obra de Turner.


¿Cómo se puede hablar de lo sublime en una obra ―la del pintor inglés Joseph Mallord William Turner[1], en este caso― que materialmente no se conoce? Es posible, aun cuando no se tenga acceso al objeto material que contiene su trabajo, sino sólo a representaciones de éste, en tanto entendamos el concepto de lo sublime en el arte como un efecto y no como una obra o hacer. Hablamos de lo sublime en los mismos términos en que lo hizo el filósofo alemán Immanuel Kant, el cual es nuestro punto de partida con una cuestión esencial: ¿Qué es el arte para Kant?

¿Qué es el arte para Kant?

Para Immanuel Kant, el arte no es un obrar ni un hacer, sino un efecto.[2] Es el efecto que se causa en las sensaciones y no el objeto, ni la técnica con la que se crea ese efecto. De tal que el arte no es una obra material o el objeto que perciben los sentidos. Conviene decir que el arte se diferencia de los actos naturales en tanto que aquellos tratan la obra de la naturaleza, por sí misma identificable, mientras que el arte sólo puede referirse a un producto de la libertad; es decir, el arte sólo puede estimarse como a un producto de la voluntad que toma sentido por el principio de acciones, por esa razón debemos reiterar que, el arte no es el objeto sino el efecto.[3]

Además, no se necesita de un objeto físico para la producción de tales sensaciones, existen determinadas artes que no tienen un objeto corpóreo que las concentre, son intangibles y aun así producen alguna sensación. Ejemplo de esto es la poesía y la lírica cuyo efecto se manifiesta en un mecanismo que está reservado en exclusiva al espíritu, pues carecen de materialidad. Esta distinción también se encuentra en Walter Benjamín, quien nos incita a reflexionar sobre el arte profano y el aurático, distinguiéndolos de acuerdo a su reproductibilidad.[4]

También hay que tener presente la distinción respecto a las bellas artes, en primer lugar  que éstas tienen por finalidad inmediata el sentimiento del placer,[5] escribe Kant:

Las bellas artes, por el contrario, son especies de representaciones, que tienen su fin en sí mismas, y que sin otro objeto, favorecen sin embargo, la cultura de las facultades del espíritu en su relación con la vida social.

La propiedad que tiene un placer de poder ser universalmente participada, supone que aquél no es un placer del goce, derivado de la pura sensación, sino de la reflexión; y así las artes estéticas, en tanto que bellas artes, tienen por regla el juicio reflexivo, y no la sensación.

El arte no se concentra, ni puede concentrarse en el objeto porque este es inmanente, no cambia, y es perecedero; en cambio las acciones y el espacio que se abren en el juicio por medio del arte no lo son. Es decir, que si habremos de buscar lo sublime en el arte, no podemos encontrarlo en los objetos materiales, sino en algo más allá incluso de la sensación: en el juicio.

¿Qué es lo sublime para Kant?

Para poder comprender lo “sublime” en la noción de Kant nos concentraremos en la Crítica del Juicio, en el Libro Segundo de la “Analítica de lo sublime”.  El filósofo nos dice que, con este concepto de “sublime”, “llamemos a lo que es absolutamente grande”; con ello afirma que debe usarse el concepto en el sentido de que algo está fuera ―excede― de toda comparación.[6]

Esto es, que una cosa es sublime en la medida en que se halla en sí misma, y que su magnitud sólo es igual a la de sí. Esta idea de lo “sublime” como magnitud infinita, inconmensurable, resulta similar a la que sostuvo Hegel al expresar que sublime “es la tentativa de expresar lo infinito sin encontrar en el reino de las apariencias un objeto que se preste a esta representación”.[7]

En esos términos, la comparación de la magnitud de una cosa, de lo “sublime”, no puede buscarse en la naturaleza, sólo en nuestras ideas, porque no se juzga lo sublime en función de las cosas del mundo natural, sino en función del sentimiento y de la disposición del espíritu que el objeto despierta en el juicio.[8]

Esta idea de lo “sublime” nos sirve para demostrar esa cualidad en Turner, aun cuando no tengamos un acceso directo a su obra, porque su arte no es el conjunto de objetos inmateriales en que se concentra su trabajo, sino que encontramos lo sublime en las sensaciones que provoca mirar sus pinturas, pues al dar ideas de paisajes mediante meros rasgos, que anteceden al impresionismo, avoca al sentimiento, pudiendo encasillarlos de acuerdo a sus obras en lo sublime terrorífico, noble o magnifico. En cualquier caso, vislumbrar lo infinito en las intensidades de sus cuadros provoca un goce que se aparta de la pura sensación y abre el juicio reflexivo. Dicho de otro modo, mediante sus pinceladas ha plasmado en sus trazos intensidades infinitas, por tanto sublimes.

Lo sublime del arte no se encuentra en el objeto material, en lo especifico en los cuadros de Turner, porque estos objetos no pueden contener la magnitud del objeto, de ser así la definición kantiana de sublime como lo “absolutamente grande” resultaría inaplicable porque encontraríamos en la naturaleza objetos más grandes que los retablos y la pinturas del paisajista inglés; tampoco podrían juzgarse como sublime los objetos inconmensurables o los fungibles. En tanto que las obras de Turner nos hacen visualizar y sentir lo infinito, rompe con la forma, se centra en algo superior, lo sublime.

Lo sublime, la magnitud, lo absolutamente grande, en cualquier arte está concentrado en el efecto, no en la obra ni en el hacer, sino en ese juicio reflexivo contemplativo al que nos invita la obra. Entonces se percibe la cualidad de lo sublime en Turner aun cuando sólo se accede a la representación de su obra, gracias al juicio estético por el cual la razón reflexiona sobre lo observado.

En “Lo bello y lo sublime”, Kant expone tanto a lo bello como lo sublime cual sentimientos agradables, pero de modos distintos. Así, Kant hace un rescate del sujeto desde su sentido racional, donde también se vuelve sublime ya que si la razón y el entendimiento penetran en el sentimiento humano; también elaborará marcadas diferencias entre lo mundano que se dirige a lo sensorial, posteriormente a lo bello y finaliza en lo sublime. Es decir, que cuando el sujeto se encuentra en su estado más humano, a través de los sentidos podría llegar al entendimiento de los objetos, para posteriormente meditar en su belleza y culminar en lo sublime. La razón y el entendimiento conducen así al sujeto a un plano sublime del pensamiento.

Para cerrar estos argumentos en términos kantianos, al situarnos frente a la obra de Turner, nos situamos en lo absolutamente grande que se muestra ante nosotros. El trabajo de Turner será grande no porque en sí mismo lo sea, sino por la disposición del espíritu ante cierta representación que ocupa el juicio reflexionante, sino por el impacto que ese objeto tiene para nosotros.

De ello se infiere que lo propiamente sublime no puede estar encerrado en la forma de un objeto, sino que se refiere a ideas de la razón. Dicho de otra forma, no es el cuadro lleno de pintura que refleja un oleaje del mar o la tormenta devastadora, o cielos oscuros amenazantes que circundan un barco preso en el océano, lo que nos atrapa, sino el impacto que tiene para la razón que, no puede hacerse ni alcanza a encontrar una medida a tal grandeza, al presenciar una magnitud infinita.

En Turner se encuentra algo absolutamente grande, que rompe con la forma y que trasciende, pues con trazos simples avoca a lo sublime.

 

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[1] Joseph Mallord William Turner “el pintor de la luz” (1775 -1851), fue un pintor inglés reconocido por sus paisajes; alcanzó muy joven reconocimiento lo que ayudó a que rompiera fácilmente con los cánones predominantes, siendo así un impresionista precoz, el mérito de su obra radica principalmente en generar una relación visual con sensaciones; por medio de esbozos abstractos  despega de lo figurativo dando una idea espacial.Es decir que por trazos indeterminados genera atmosferas completas.
[2] Veáse KANT Immanuel, Crítica del juicio, Editores Unidos, segunda edición, México 2000. Acápite XLIII, Del arte en general.
[3] Op. Cit. 122
[4] BENJAMIN, Walter, La obra de arte  en la época de su reproductibilidad técnica, Itaca, primera edición, México 2003, 31.
[5] Op. Cit. 121.
[6] Op cit pág. 71
[7] ABBAGNANO Nicola, Diccionario de Filosofía, Fondo de cultura económica, cuarta edición, México 2012 pág. 994.
[8] Kant, Óp. Cit pág. 73

 

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Paulina Monserrat Pérez Navarro

(Colima, Colima). Egresada de la Facultad de Filosofía y letras de la UNAM, carrera de Filosofía y Egresada de la Facultad de Derecho de la Universidad Panamericana. Además, cursó un Diplomado en “Bioética y Derecho” impartido por el Instituto de Investigaciones Juridicas de la UNAM y ha ganado el 1° Lugar en el Concurso Internacional de Ensayo sobre Trata de Personas, organizado por la UNAM y CNDH.

Referencias

  1. KANT Emmanuel, Crítica del juicio, Editores Unidos, segunda edición, México 2000
  2. KANT Emmanuel, Lo bello y lo sublime, libro electrónico consultable en: http://www.ugr.es/~encinas/Docencia/Kant_sublime.pdf
  3. ABBAGNANO Nicola, Diccionario de Filosofía, Fondo de cultura económica, cuarta edición, México 2012

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